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sábado, 15 de septiembre de 2012

CAPITULO 16

Lali estaba furiosa cuando regresó a casa a la mañana siguiente para darse una ducha y vestirse antes de ir a trabajar. Un rasguño sin importancia, había dicho Peter la noche anterior, asegurándole que estaba bien. Había sido muchísimo más que un maldito rasguño. Cuando despertó, lo había sorprendido intentando vendarse él mismo, creyendo que de esa manera podría ocultarle las heridas. Maldita sea. Tenía tres largas cuchilladas en la parte superior del cuerpo. Una en el bíceps, otra en el abdomen y una tercera en la cadera. Y todas bastante profundas. Lo suficiente para que ella hubiera insistido en que fuera al médico. El se había negado. Por un segundo, cuando Peter le había dejado bien claro que las cosas se harían a su manera, Lali  habría jurado que tenía la misma mirada, el mismo gesto tenso, e incluso la misma manera de apretar los labios que había tenido su marido cuando estaba furioso y decidido a no ceder. Aquello era algo que le asustaba reconocer. Porque algunas veces notaba esas pequeñas cosas, y temía estar tratando de convertir a Peter en el hombre que había perdido sólo para justificar su deseo, su necesidad de él. Por supuesto, Peter no le había contado lo ocurrido ni cómo se había hecho esas heridas. Se había limitado a decirle que todo había sido un «malentendido». Estaba tan enfadada que, en vez de ir en coche a trabajar, había bajado andando la colina para tranquilizarse. Al entrar en el taller observó que Peter salía por la puerta de la tienda limpiándose las manos con un trapo, y que saludaba a Toby, que estaba cruzando la calle en esos momentos. Algunas veces, Toby iba al trabajo caminando. Decía que de esa manera se mantenía en forma. De pronto, Lali vio que Peter cruzaba el asfalto agrietado frente a la gasolinera y que entrecerraba los ojos, tensando el cuerpo. La joven se detuvo de golpe y miró a su alrededor, preguntándose qué había llamado la atención de Peter, pero no vio nada raro. Negó con la cabeza y dio un paso observando cómo Toby llegaba a la esquina de la calle, bajaba la acera y comenzaba a atravesar la ancha calzada. Fue entonces cuando escuchó el sonido de un motor acelerando.. Un coche negro con las ventanillas tintadas se acercaba con rapidez a la gasolinera, directo hacia Toby. 
—¡Toby! —gritó la joven al ver cómo el coche enfilaba hacia él. El muchacho levantó la cabeza sorprendido ante su grito, y se dio la vuelta, de cara al vehículo que aceleraba hacia él. Lali corrió, aunque sabía que no llegaría a tiempo. Como también sabía que el conductor tenía intención de atropellar a Toby. Ella no lograría llegar a la calzada y el muchacho no alcanzaría la acera. Como si todo transcurriese a cámara lenta, vio cómo Toby daba un salto y echaba a correr. El coche siguió directo hacia él mientras Lali gritaba e intentaba correr más rápido. Bajo el implacable sol de la mañana, la joven se debatió entre el miedo y la furia. No podía permitir que eso ocurriese. No podía permitir que hicieran daño a Toby. Era un niño, sólo un niño. Volvió a gritar su nombre, horrorizada, y entonces Peter cruzó como un rayo la carretera colocándose durante unos instantes delante del coche, estiró el fornido brazo en torno a la delgada cintura de Toby, y ambos rodaron por la acera hasta caer en una zanja. Las llantas del coche rozaron el bordillo de la acera antes de acelerar todavía más y desaparecer.
Un segundo después, el enorme gigante rubio que Rory había contratado para sustituir al mecánico que había despedido, cruzó la calzada y se arrodilló junto a Peter y Toby. Peter. Oh, Dios mío. Oh, Dios mío, Peter. Tenía que estar bien, se dijo a sí misma Lali al tiempo que cruzaba la calle. Le había visto caer en la zanja antes de que el coche golpeara contra la acera, así que seguro que estaba bien, ¿verdad? No se dio cuenta de que estaba gritando su nombre hasta que alguien la agarró por detrás para detenerla, mientras el resto de los mecánicos cruzaban la calle.
. —¡Noah! —sollozó, intentando librarse de los brazos que la retenían—. ¡Noah!
 —Lali. Quieta. ¡Ya basta! —gritó Rory con la voz más dura que nunca. La sacudió, la hizo girar y bajó la mirada hacia ella.
 —¡Suéltame! —Le golpeó con los puños, en la mandíbula, en la espalda y cuando por fin consiguió soltarse se dirigió tambaleante hacia la zanja. Vio que Toby se había incorporado, pero Peter no se movía. La sangre le corría por el brazo, oscureciéndole la camiseta y la cinturilla de los vaqueros. El enorme mecánico, Nik, estaba inclinado sobre él, palmeándole la cara con manos ásperas y duras.
 —¡No le toques! —Empujó a Nik, haciéndole perder el equilibrio—. ¡Llamad a una ambulancia! —les gritó a los hombres que la miraban inmóviles como si estuviera loca—. ¡Llamadla ya si no queréis que os despida a todos! 
Deslizó las manos por el cuerpo de Peter, le levantó la camiseta y vio la sangre que manaba de los crueles cortes que le habían hecho en el abdomen y en el costado la noche anterior. Los vaqueros estaban empapados en sangre, demasiada sangre. Y además, ahora tenía un nuevo corte en la pierna. Maldita sea. Maldita sea. Sabía que sus heridas eran más graves de lo que él le había dicho esa misma mañana. Lo sabía. Lali se quitó la bata de trabajo, la desgarró por las costuras y, haciendo una bola con ella, la apretó contra el corte de la cintura al tiempo que le tendía al enorme rubio el otro trozo de tela. Nik la miró con aquellos ojos claros llenos de furia y separó los labios como si quisiera decirle algo.
. —Si no va a presionarle el hombro, apártese para que me pueda encargar yo —le espetó Lali. Él siguió sus instrucciones mientras la joven examinaba el cuerpo de Peter con las manos. Brazos, costillas, muslos. No parecía tener nada roto. Alzó la vista y echó un rápido vistazo a los hombres que los rodeaban.
 —Pedid una ambulancia. 
—Nada de ambulancias. 
Al oír aquella furiosa voz, Lali giró la cabeza y se enfrentó a la aturdida mirada de Peter. 
—Estoy bien. —Peter sacudió la cabeza y miró a Nik—. ¿Pudiste ver la matrícula? 
—No tenía matrícula —dijo el otro hombre con una voz que parecía salir de lo más profundo de su garganta—. Si ella me lo permite te llevaré a mi casa. Si no quieres ir al hospital, yo puedo curarte esas heridas. 
—¡Ni hablar! Por supuesto que irá a un hospital. —Lali fulminó a ambos hombres con la mirada. En su interior se mezclaban el miedo y la cólera. 
—Nada de hospitales, Lali. —Peter se incorporó—. ¿Dónde está Toby?
 El muchacho estaba bien, aunque todavía seguía sentado en la zanja mirándolos a todos en estado de shock.
. —Algún hijo de perra ha intentado atropellarme —consiguió decir.
 —Sí, un maldito bastardo —masculló Peter, incorporándose y clavando la mirada en Lali. Tenía los ojos encendidos, febriles. Resplandecían con un brillo antinatural que la dejó paralizada y sin habla mientras los mecánicos se movían a su alrededor.
 —Ven aquí. —Le tendió el brazo y le dirigió una mirada exigente—. Ven aquí, Lali.
Ella se acercó lentamente a él, sin apartar la mirada de sus ojos. Peter la rodeó con el brazo y la estrechó con tanta fuerza contra su cuerpo, que si Nik no los hubiera estado sosteniendo, ambos habrían acabado tirados en la zanja. 
—Mantén la calma —susurró Peter en su oído—. Nada de ambulancias ni de hospitales. No puedo permitir, bajo ninguna circunstancia, que nadie sospeche que no estoy en buena forma. No me lleves la contraria, pequeña. Aún no. Te lo explicaré todo más tarde. 
Lali se estremeció ante el ronco sonido de su voz y asintió con la cabeza. Quizás existiera una buena razón para que Peter no quisiera ir a un hospital, pero él tendría que explicársela con todo detalle. 
—Venga, vamos. —Rory se colocó a un lado y Nik al otro. Lali se sintió aplastada cuando movieron a Peter por la carretera. Su brazo le rodeaba la espalda de tal manera que ella se preguntó si él era consciente de su propia fuerza. 
—Tenemos que llevarte a mi casa —insistió Nik—. Tengo un amigo que puede curarte las heridas si de verdad no quieres ir a ningún hospital. 
Peter negó con la cabeza. 
—Al apartamento. 
—Le llevaré arriba —le dijo Nik a Lali con un gruñido siseante que sólo oyeron Rory y ella—. Ya he pedido refuerzos. Rory, quédate abajo y vigila el taller. Encárgate del sheriff cuando venga. 
¿Qué estaba pasando allí? ¿Qué demonios tenían en común Peter y Nik además de los coches? Los coches y los ojos peligrosos. La debilidad que Lali percibió en el cuerpo de Peter cuando lo arrastraron por las escaleras de la parte trasera la aterrorizó. Tenía la mano mojada con su sangre, podía olería, fuerte y metálica.
. —Las llaves —le pidió Nik una vez llegaron a la puerta.
 Lali rebuscó en el bolsillo de los vaqueros de Peter, y apenas pudo contener un jadeo al percatarse de la gruesa erección que presionaba contra los pantalones. Al sacar las llaves, levantó de nuevo la mirada hacia él. Los cálidos y brillantes ojos de Peter estaban llenos de lujuria a pesar de la debilidad que invadía su cuerpo. No tenía los ojos oscuros, no eran del azul brumoso al que ella estaba acostumbrada. Eran brillantes, casi de color zafiro. Casi... oh, Dios. Eran, casi, ojos irlandeses. Se obligó a girarse, a meter la llave en la cerradura, y habría entrado en el apartamento si Peter no la hubiera hecho retroceder. A pesar de sus heridas, se apoyó contra la pared de la terraza y metió la cabeza en el interior del apartamento mientras le hacía algún tipo de indicación a Nik. El gigante rubio se deslizó en el apartamento y el movimiento le recordó a Lali a un depredador, o alguno de aquellos condenados documentales del gobierno que mostraban a militares o a agentes federales adentrándose en territorio enemigo. Ahora estaba segura de que Nik y Peter eran agentes de algún tipo. No era estúpida; había estado casada con un SEAL, por el amor de Dios. ¿Por qué pensaban que nunca había prestado atención a su marido? Incluso cuando estaba en casa, Thiago había sido muy cuidadoso. Comprobaba los alrededores de la casa, las puertas y ventanas, con ojos siempre duros y cautelosos, hasta que se convencía, más allá de toda duda, de que no les amenazaba ningún peligro. Lali se sentaba en la salita, se limaba las uñas y fingía no darse cuenta de nada. Pero siempre había prestado más atención al hombre que amaba que a sus uñas. Era parte de estar casada con él. Una parte oscura y peligrosa que había aceptado incluso cuando deseaba su tenso y duro cuerpo.
. —Vamos a llevarle adentro. —Nik no tardó más de un minuto en salir para ayudarla a sostener a Peter.
Le metieron en el apartamento y fueron derechos al dormitorio. Cuando abrió la cama, Lali se quedó mirando las sábanas con horror. Estaban manchadas de sangre. Mucha sangre. Peter tenía  que haber estado sangrando durante casi toda la noche. Se giró y clavó la mirada en Peter, observando cómo Nik le ayudaba a sentarse y le desataba las botas antes de quitárselas.
 —Ve a la salita. —Peter la miraba fijamente con unos ojos hambrientos y feroces—. Vete. Ahora, Lali. 
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurró ella con voz ronca—. ¿Por qué no me dijiste que estabas sangrando de esta manera? - la miró y luego observó la cama. —¿Cuánta sangre habías perdido cuando te despertaste? —preguntó. 
—Intenté lavarme mientras ella dormía —masculló Peter sin dejar de mirar a Lali—. Vete a la salita y no te muevas de allí. Ahora.
 Ella negó con la cabeza, acercándose a él para coger el dobladillo de la camiseta y sacársela por la cabeza. De pronto, la mano de Peter salió disparada y agarró con fuerza la muñeca de la joven.
 —¿Recuerdas lo que sucedió anoche?- Lali le devolvió la mirada sin decir palabra, con el corazón acelerado por el miedo. —Si no te vas en este mismo instante, volverá a ocurrir. Y me dará igual quién esté mirando. Vamos a tener compañía pronto. Avisa a Nik cuando lleguen a la puerta, pero no la abras, ¿me has comprendido?
 —Tranquilízate, Peter —masculló Nik con cautela, claramente preocupado. —Respóndeme, Lali —rugió—. ¿Me has comprendido?- La joven tiró inútilmente de la muñeca tratando de liberarse. —Lali. —Peter dijo su nombre con un gruñido que llevaba implícita una orden, un indicio de la determinación que formaba parte de su ser—. ¿Me has comprendido? 
 —Esperaré en la salita —dijo ella con voz rota—. Cuando oiga a alguien en la puerta, avisaré a Nik. 
Peter le sostuvo la mirada. Sus ojos ardían, eran como fuego azul clavado en los de Lali. Finalmente, asintió con la cabeza y la soltó, liberándola dedo a dedo, hasta que ella pudo retroceder y salir lentamente del dormitorio. Aturdida, atravesó el pasillo y entró en silencio en la cocina. Era la viuda de un SEAL. Había conocido a muchos agentes de varios organismos del Estaba su padre había sido detective en el departamento de policía de Atlanta. Sabía muy bien cómo se movían aquel tipo de hombres, cómo miraban, y cuándo le estaban mintiendo. Tragó saliva y observó la salita. Las cortinas estaban echadas y podría jurar que las ventanas estarían firmemente cerradas. ¿Qué tipo de agentes serían? Rebuscó en su memoria frenéticamente y tuvo que sentarse en el sofá al empezar a temblar. ¿Quizá de la patrulla fronteriza? No, parecían demasiado duros para ser de la patrulla de la frontera. La única razón que se le ocurría para que estuvieran allí era lo de aquellas muertes acaecidas en el parque nacional durante el año anterior. La caza de inmigrantes y lo de aquella chica que había desaparecido de la universidad unos meses atrás. ¿Cómo se llamaba? ¿Lisa? Había sido amiga de Toby. ¿Serían del FBI? ¿De la CÍA? Sí, un agente de la CÍA actuaría así, tendría aquella mirada dura e inflexible, emanando poder en cada orden que daba. O quizá fueran SEAL’s. Sintió un estremecimiento. Un SEAL también actuaría así; sin embargo, su presencia en Tejas no estaría justificada. Los SEAL’s eran una fuerza de ataque, no una agencia de investigación. Quizá Peter hubiera formado parte de los SEAL’s en algún momento de su vida. Un antiguo SEAL tan alto como su marido, que tenía la misma edad que   hubiera tenido Thiago ahora, que la abrazaba como lo había hecho él y que tenía unos ojos que habían ardido como zafiros sólo unos instantes antes, igual que los de su esposo. Lali negó con la cabeza. Dios, ¿tan culpable se sentía que tenía que creer que Peter era Thiago para excusar la atracción y el deseo que sentía por él? No había excusas. Sabía que existían algunas similitudes ambiguas. Incluso Duncan las había notado. Pero Peter no era Thiago. Thiago estaba muerto. El hombre que ella amaba se había ido, ¿verdad? Sintió que la tensión la desgarraba por dentro e intentó buscar diferencias entre Thiago y Peter. A Peter le gustaba el sexo duro, mientras que Thiago siempre había sido tierno en la cama. No obstante, ella siempre había sospechado que algo oscuro habitaba en su interior, que había más de lo que parecía. Peter, por el contrario, no se contenía en absoluto. Se mordisqueó la uña del pulgar. Su Thiago no tenía cicatrices y su voz había sido clara y profunda, un sonido puro que le acariciaba los sentidos. Pero Thiago giraba la llave inglesa de la misma manera que lo hacía Peter. Y mascaba chicle cuando trabajaba en el taller.

viernes, 14 de septiembre de 2012

CAPITULO 15

Lali abrió los labios y la lengua de Peter se deslizó entre ellos. Pero ella no los había abierto para él, se dijo a sí misma, sino para respirar. Sólo para respirar, no para que aquella lengua cálida y voraz se rozara contra la de ella, saboreándola. 
—Peter, ¿te encuentras bien? —le preguntó sintiendo que se le aceleraba el corazón. 
—Más tarde. —Sus labios se amoldaron a los de ella, mordisqueándolos y devorándolos con una demanda hambrienta y ardiente. Lali gimió de placer. Se había mentido a sí misma. Lo sabía. No había ido allí para preguntarle nada, sino para que él la hiciera sentir viva de nuevo. —Llevas demasiada ropa —-rugió Peter, deslizando los labios por la barbilla y la mejilla de la joven—. Te quiero desnuda. —Le recorrió el vientre con la mano en una devastadora caricia hasta ahuecar la húmeda calidez que Lali sentía entre los muslos, por encima de la tela elástica de los pantalones cortos—. Quítate la camiseta. —La joven no se había puesto sujetador. Algunas veces dormía con esa ropa. Era cómoda y fresca y, al parecer, demasiado fina, porque el calor de la palma de Peter contra su monte de Venus la estaba volviendo loca. El presionó la palma contra ella.
 —Estás herido —susurró Lali sin aliento—. ¿Qué te ha sucedido? 
—Nada.
 —Peter... 
—Dios mío, sí, vuelves a decir mi nombre de esa manera —gruñó él—. Dime que me deseas salvaje y ardiente una vez más. Que me quieres dentro de ti, llenándote. Ahh... Te siento tan dulce, tan caliente y estrecha en torno a mí cuando te penetro... Ella contuvo el aliento. Podía sentir su sangre cálida bajo la mano, su miembro desnudo a través de las capas de tela que los separaban. —Peter, detente. ¿Estás sangrando? —Creía estar oliendo sangre.
 —No. Confía en mí. Es sólo un rasguño. —Le rozó la barbilla con los dientes y ella se estremeció ante la sensación que le produjo, como si estuviera siendo atravesada por pequeñas descargas eléctricas. 
—¿Qué tipo de rasguño? —gimió Lali. 
—Luego podrás curarme. —La voz de Peter era vibrante, más dura y profunda que de costumbre—. Más tarde. 
—Peter. —Ella exhaló su nombre al sentir que apartaba la mano de la unión entre sus muslos y la metía dentro de los pantalones y las bragas para acariciar la carne húmeda e hinchada que le esperaba allí. 
—Estás mojada, Lali. —Introdujo los dedos entre los suaves pliegues y la acarició de forma enloquecedora—. Dime que me deseas. Pídeme que te folle. Lali jadeó. Allí, contra la pared de la cocina, sólo podía pensar en sentirle en su interior. —Quiero sentir tu boca en mi polla otra vez. 
La excitaba oírle hablar así, de una manera tan desinhibida. 
—Quiero verte de rodillas ante mí, sentir tu boca succionándome el glande de nuevo. Dios, fue tan bueno correrme en tu boca de esa manera, viendo lo mucho que te gustaba... 
Introdujo un dedo en el interior de Lali. Sólo un dedo. Lo deslizó dentro de ella rozando sus terminaciones nerviosas, mientras apretaba la palma de la mano contra su tierna carne, girándola sobre su clítoris. El estaba sangrando, herido. Temblando, Lali se dijo que debería tratar de averiguar qué tipo de herida se había hecho, en vez de concentrarse en el dedo que ahora bombeaba en su interior. Cerró los ojos, separó aún más las piernas y un gemido tembloroso escapó de sus labios cuando él comenzó a usar aquel dedo para volverla loca. Penetrando lenta y profundamente en su interior, buscando, encontrando su zona más sensible y torturándola. 
—Peter. Es perfecto. —Lali movió la cabeza de un lado a otro contra la pared, sintiendo que se le aflojaban las rodillas-—. Es tan bueno.
-Condenadamente bueno —recalcó él—. Te siento mojada y tensa en torno a mi dedo, Lali. ¿Emitirás esos dulces gemidos que hacen que me excite al punto del dolor? ¿Te correrás para mí, pequeña? ¿Con mis dedos en tu interior? ¿Harás que me vuelva loco por el deseo de saborear cada milímetro de ti? 
Oh, Dios. Oh, Dios. Peter no debería hablar así. Lali podía sentir cómo sus fluidos seguían manando, mojando la mano masculina mientras empujaba las caderas contra aquel dedo que se movía en su interior. 
—Ahora vas a ser una buena chica —jadeó él—. Aprieta mi dedo con los músculos internos de tu vagina, Lali. Déjame sentir cómo te corres a su alrededor. 
Ella gimió. Aquello era demasiado escandaloso. Demasiado turbador. La joven jamás había hecho nada así, nunca había oído palabras como las que susurraba aquel hombre mientras la tocaba.
 —Dímelo —le murmuró Peter al oído—. Habla conmigo, pequeña. Dime lo que deseas. Ruégame que te haga mía con los dedos y te meteré otro dedo más. Te penetraré con dos dedos. ¿No te gustaría eso? ¿No quieres arder por mí? ¿No podía estar hablando en serio? ¿O sí? —Podría hacer que te corrieras de esta manera. —Le mordisqueó la oreja y presionó su miembro contra la cadera de Lali hasta conseguir que ella temblara violentamente—. Todo lo que necesito es oír tu dulce voz pidiéndomelo.
 Le lamió la sensible piel de debajo de la oreja, arañándola con los dientes. 
—Esto es una locura —gimió ella. 
—Dime lo excitada que estás —le exigió, jadeando ásperamente en el silencio de la noche. 
—Oh, Peter, voy a explotar... —Apenas las palabras abandonaron sus labios, Lali sintió cómo sus sensibles músculos internos palpitaban en torno a él, y que su vientre se contraía con fuerza. Peter se apretó contra ella, penetrándola dura y profundamente con el dedo. —No te detengas. —Lali quería gritar, pero apenas pudo emitir un gemido entrecortado cuando Peter enterró con rudeza el dedo de nuevo y luego se detuvo. 
—Dime que te folle con los dedos. —Le mordisqueó el cuello y ella se arqueó hacia él—. Dime que quieres tener dos dedos dentro de ti. Dime que quieres arder, Lali. 
—Fóllame —gimió ella, sintiendo que el calor crecía en su interior—. Por favor, Peter. Ahora. 
—Más. —La orden impresa en la voz masculina enardeció sus sentidos—. Dame más, Lali. 
Ella jadeó. Lo que le exigía era demasiado escandaloso. Demasiado escandaloso y demasiado tórrido. 
—Dos dedos —jadeó ella—. Peter, por favor, quiero que me metas dos dedos. Él sacó el dedo bruscamente, y cuando volvió a meterlo, eran dos. Dos dedos presionándola, abriéndola, estirando sus músculos internos y haciéndola sentir aún más. Lali gritó al sentir que sus fluidos internos se deslizaban por su cuerpo y cubrían los firmes dedos que se movían lenta y suavemente en su interior. —Quiero correrme —susurró—. Deja que me corra, Peter.
 Él gimió, gruñó. La penetró con fuerza con los dedos y ella casi explotó en torno a ellos.
. —Quítate la camiseta. —Peter se echó hacia atrás para que ella pudiera alzar la mirada y ver el salvaje brillo de sus ojos—. Quítatela, quiero verte los pezones.
. —Peter. 
—Dios, esos dulces y duros pezones rosados. Quiero succionarlos. Quítate esa condenada camiseta. —La dureza de su voz, el deseo que parecía desgarrarlo, atravesó a Lali haciéndola arder por dentro y provocando que un fuego devastador corriera a toda velocidad por sus venas. Estremeciéndose, emitiendo roncos jadeos que eran casi gemidos, la joven se agarró el dobladillo de la camiseta, se la sacó por la cabeza y la dejó caer al suelo.
-Mantén los brazos arriba —le ordenó Peter cuando ella comenzaba a bajarlos—. Bien arriba. —Le agarró las muñecas con una mano y se las apretó bruscamente contra la pared—. Así, pequeña. Así. —Clavó la mirada en sus pezones y ella sintió como si se los hubiera tocado. 
—¿Por qué me haces esto? —gimió. 
—Porque quiero devorarte viva. Quiero arrodillarme ante ti, Lali. Beber y saborear ese cálido néctar que me cubre los dedos. Lamerlo con mi lengua. 
Ella se arqueó hacia él. 
—Cuando haya terminado, quiero observar cómo te arrodillas ante mí. Ver cómo mi polla se hunde en esos hermosos labios y follarte la boca hasta correrme en tu garganta. —Movió los dedos en su interior y el sonido de las húmedas caricias inundó los oídos de Lali , resonando en su cabeza. —¿Tú también quieres eso, pequeña? 
—Sí. Oh, sí. —Quería todo eso y más. Lali sintió cómo Peter le deslizaba los pantalones cortos por las caderas, al tiempo que inclinaba la cabeza. Él dobló las rodillas lo suficiente para atrapar su tenso pezón con los labios y, por un momento, la joven temió desmayarse ante la intensidad de lo que sentía. Quería que la penetrara. Quería sentir los labios de Peter por todo el cuerpo y deslizar los suyos por su piel. Quería llevar a cabo todas y cada una de las escandalosas acciones que él le había susurrado al oído. Lali se retorció contra la boca que succionaba su dolorido pezón y una oleada de placer la atravesó por completo. Desesperada, se arqueó contra él ansiosa de recibir más. Peter estaba perdido en un mundo de turbadoras sensaciones debido a la violencia anterior y a la adrenalina que corría por sus venas. Durante los últimos años, la recuperación había sido un infierno. El entrenamiento había provocado en su cuerpo una oleada de lujuria tan fuerte, tan intensa, que nada había podido aliviarla. Más de una vez, había creído que perdería el juicio por desear precisamente aquello. A Lali entre sus brazos. Ardiente y salvaje por él, susurrándole aquellas atrevidas palabras al oído, exigiéndole que la poseyera, que hiciera todos esos actos carnales y pervertidos que habían llenado su cabeza cuando estaba bajo la influencia del afrodisíaco que Diego Fuentes le había inyectado. Ahora Lali estaba allí con él, y Peter ardía por ella al igual que ella ardía por él. Empujó de nuevo dos dedos en su interior, sintiendo el calor de su cuerpo mientras le mordisqueaba sin piedad los pezones. Todo en Lali era pequeño, comparado con él. Tan dulce y curvilínea, tan delicada, y con aquella voluntad de hierro que sólo conseguía ponerle más duro.
. —Peter, me estás matando —gimió ella en su oído, haciéndole arder la piel con su cálido aliento—. Me estás matando. Sólo un poco más. 
Peter gimió sobre su pezón, lo lamió y lo succionó. Quería oír más. Quería oír la voz de su Lali rota por la lujuria, exigente y carnal. 
—Dime cómo quieres que te tome. —Le mordió la curva del seno—. Dime cómo te gusta.
 La joven se estremeció, y él casi perdió el control al percibir que sus jugos le inundaban los dedos de nuevo. 
—Duro —jadeó ella—. Muy duro. Ahora. Hazlo ahora. 
—¿Aquí? ¿Contra la pared? 
—Oh, Dios. Donde quieras —jadeó ella—. Maldita sea. Métemela. Ya. 
—¿Estás lo suficientemente caliente? —La besó en el hombro y luego se lo mordió—. Hum... Creo que todavía no lo estás.
 Peter quería más. Quería oírselo decir. Jamás había necesitado oír las palabras antes, pero ahora sí. Quería que ella estuviera tan caliente que él se olvidara de sí mismo, que olvidara cómo solía amarla, acostumbrarla a aquella oscura lujuria que ahora lo consumía. 
—Estoy lo suficientemente caliente —musitó ella.
-Dime lo caliente que estás. —Le rodeó las caderas con el brazo libre, la alzó contra su cuerpo y buscó a tientas la mesa, ignorando el gemido femenino cuando colocó su trasero desnudo sobre el borde y se arrodilló entre sus muslos—. No, todavía no estás preparada. Déjame ayudarte. 
Colocó sus labios sobre los pliegues hinchados y tuvo que apretarse la base de su grueso miembro para no correrse. Dios, iba a estallar. Podía sentirlo en los testículos, en el glande palpitante. Sabía tan dulce. Los muslos de Lali se separaron cuando Peter le levantó uno de los pies y se lo colocó en el hombro, abriéndola todavía más. Allí había más luz, pero no la suficiente como para que ella pudiera ver la herida que él había estado intentando limpiar. Algunas cuchilladas habían sido lo bastante profundas para necesitar puntos y lo más lógico sería ir al Centro de Operaciones para que alguien le curara las heridas. Pero seguía allí, con los labios enterrados en el húmedos pliegues de su esposa, y disfrutando de cada instante. Lamió y saboreó cada centímetro de la sensible y rosada piel de la joven. Era tan dulce... El sabor de Lali explosionaba contra su lengua y él parecía no tener suficiente. La penetró con la lengua, sintiendo cómo sus músculos internos se contraían, oyendo el gemido de Lali cuando se echó hacia atrás para permitirle un mejor acceso a aquellos fluidos que era tan adictivos como cualquier droga. Oh, demonios. Quería pasarse la vida entre sus muslos. Quería sumergir sus sentidos en aquel dulce y suave sabor y en el limpio perfume femenino. Quería degustarla en el desayuno, en el almuerzo, en la cena, como tentempié a medianoche.
. —Háblame. —Las palabras de Peter eran duras, salieron bruscamente de sus labios cuando los desplazó al brote endurecido en que se había convertido el clítoris de Lali—. Dime cómo lo deseas. Suplícame que te devore. Que no pare de torturarte. 
Peter no aguantaría mucho más y antes quería arrancar esas palabras de los labios de su esposa, tal y como había soñado. Como había imaginado tantas veces. 
—Peter, lámeme el clítoris —gimió ella—. Hazlo. Oh, Dios. Sí. 
¿Le gustaba que le hiciera eso? Le abrió más los muslos para tener un mejor ángulo y trazó ardientes círculos con la lengua alrededor de su clítoris, dándole lo que le pedía, lo que necesitaba. Deslizó los dedos arriba y abajo por la gruesa erección, y un salvaje y agonizante gemido de deseo escapó de sus labios mientras ella retorcía las caderas, arqueándose y gritando su nombre. —Peter. Oh, sí. Así —jadeó con voz quebrada—. Oh, Dios. Voy a correrme. —Todavía no. —Él se retiró y ella casi gritó. Le cerró los puños sobre el pelo, reteniéndolo, y lo atrajo hacia la húmeda y cálida carne que ansiaba su lengua y sus labios.
 —Sigue lamiéndome. —El control de Lali había desaparecido, se había perdido en el placer. Peter le metió bruscamente la lengua en la prieta abertura de su cuerpo, la folló con ella y saboreó el dulce y caliente néctar que no dejaba de fluir. Maldita sea. A ese paso, se correría en su propia mano, y no quería eso. Quería alcanzar el placer hundido hasta el fondo en el cuerpo de su esposa, llenándola, colmándola. Quería marcarla con su semen. Quería estar tan profundamente enterrado en ella que Lali  jamás pudiera olvidar quién era el dueño de su cuerpo. Pero antes, tenía que apartarse de su sabor. Cielos, aquel sabor era tan dulce... Su aroma era tan caliente en su lengua, tan líquido y lleno de vida que no quería dejarlo. No quería detenerse. 
—Métemela. —La voz de Lali le enardeció los sentidos—. Maldita sea, métemela ya, Peter. Tómame de una vez. Quieres que te suplique. Oh, Dios, te suplicaré, pero métemela ya. 
Peter se puso en pie con la mano todavía cerrada en torno a su erección y con los sentidos inundados por el sabor de la joven, por su calor. Se impulsó hacia delante y la vio abrir los ojos. Hizo que el glande le acariciara el clítoris y observó cómo Lali jadeaba, cómo deslizaba la mano sobre el vientre. Luego, cuando él  recorrió con el glande sus suaves tejidos y empezó a presionar contra la prieta abertura de su cuerpo, aquellos dedos bonitos y gráciles se movieron hacia el clítoris. Tímidamente. Con vacilación. Durante su matrimonio, jamás la había dejado tocarse a sí misma mientras él la poseía. Había considerado que era su responsabilidad proporcionarle todo el placer. Pero ahora, ella ya no esperaba, y verlo casi le hizo correrse. Sólo había introducido un par de centímetros de su grueso miembro en el interior de Lali  y casi estaba fuera de control. Peter no dejó de mirar ni un solo instante los dedos de Lali mientras la penetraba, apretando la base de la erección para contener la furiosa liberación por la que clamaban sus testículos.
 —Sigue. —La voz de Peter era ronca y áspera—. Mueve los dedos. Enséñame cómo te gusta, pequeña. Maldición. Voy a follarte tan dura y profundamente que jamás volverás a rechazarme. ¿Me has oído, Lali? Jamás. Ella lo había rechazado esa mañana negándole su cama, negando lo que él sabía que había entre ellos. El porqué no importaba. Peter la estaba engañando, lo sabía. Le mentía en lo más elemental, y sabía que no podría arreglarlo con palabras. Pero aun así no iba a permitir que le negara aquello. La agarró por las caderas sin dejar de observar sus dedos. Oh, Dios, los movía con agilidad y elegancia sobre los rizos de su monte de Venus, sobre los húmedos pliegues de su sexo. Peter se sintió arder. Su duro miembro era puro fuego y aquello lo destruía. La embistió sin piedad apretando los dientes y haciendo una mueca ante el puro e intenso placer de sentirla. De observarla. Empujó una y otra vez, con envites duros y cortos, penetrándola mientras ella deslizaba los dedos sobre el clítoris, rodeándolo, mojándolo con sus propios jugos. El vientre de Peter se tensó. Tema los testículos tan duros que era una agonía. 
—Acaríciate —gruñó él—. Tócate el clítoris, pequeña. No aguantaré mucho más. Oh, demonios. —Se introdujo en ella hasta la empuñadura, sintiendo que los músculos internos de Lali palpitaban, ciñéndolo con firmeza. No podía detenerse. La sostuvo con fuerza y la joven le rodeó las caderas con las piernas, presionando los talones contra su trasero cuando él empezó a bombear con violencia dentro de ella. Lali gimió su nombre. El de él. No el nombre de su marido. Que Dios tuviera misericordia de Peter, ¿cómo había podido permanecer separado de aquella mujer tantos años? Cada día había sido una tortura.
 —Tómame —gimió Peter, casi sin poder contener las palabras que revelarían quién era en realidad—. Tómame, maldita sea. Tómame por completo.
 La joven se arqueó y sus músculos internos se contrajeron sin control en torno a él. Lali era pura sensación, sólo sentía un devastador y arrollador placer cuando se derrumbó en los brazos de Peter. Muriendo y renaciendo en ellos. Gritando su nombre y sintiéndose arrastrada hacia una insondable oscuridad por aquel placer. Un placer que sólo había sentido una vez. Con otro hombre. Con otro corazón. Pero no pudo evitar sentirlo latir a través de su cuerpo y el de Peter. Pulsando entre los dos. El eyaculó en lo más profundo de su interior, llenándola con su semen caliente mientras se hundía en ella hasta que se fundieron en un solo ser. Lali se estremeció con violencia, se retorció, se arqueó salvajemente cuando aquel intenso orgasmo la atravesó, y luego, finalmente, se desplomó sobre la mesa. Sudando, demasiado cansada para moverse, para respirar, para existir sin la ayuda de Peter. Y él todavía estaba duro. La joven abrió los ojos cuando Peter la alzó contra su cuerpo para llevarla al dormitorio, permaneciendo todavía en su interior. La depositó sobre la cama y se movió dentro de ella otra vez, con los ojos azules tan oscuros que dolía mirarlos.
-Te necesito. —Peter cerró los puños, negó con la cabeza y apretó los dientes con fuerza. Su voz fue ronca y áspera al volver a sentir los músculos internos de Lali contra la sensibilizada piel de su miembro—. Te necesito otra vez. «Para siempre». Lali apartó ese pensamiento de su mente. Nada duraba para siempre. Nada excepto el amor por el marido que la había poseído. Pero a medida que la noche avanzaba inexorable hacia el alba, la joven sintió como si aquello fuera realmente para siempre. Y cuando, finalmente, Peter se dejó caer a su lado con la respiración más calmada, húmedo de sudor, y la rodeó con sus brazos estrechándola contra su pecho, Lali se preguntó soñolienta, si, tal vez, él se sentía un poco como «su» Thiago.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

CAPITULO 14

-No quiero volver a verte llorar por otro hombre cuando estés en la cama conmigo. 
Lali soltó la cafetera y se giró lentamente para observar al hombre que entraba en la cocina. Peter era demasiado grande, demasiado fuerte, demasiado dominante incluso a esa hora de la mañana. La joven todavía no había reflexionado sobre lo sucedido la noche anterior, y se había obligado a escabullirse de la cama y a meterse en la ducha antes de que aquello volviera a repetirse de nuevo. Ahora, vestida con vaqueros y camiseta, y las botas puestas, volvió a darse la vuelta ignorándolo, mientras luchaba por no hacer caso a los desbocados latidos de su corazón. La noche anterior había ocurrido algo que no podía explicarse. Algo que la llenaba de miedo y de una vibrante energía que no sabía manejar. Y estar con él por la mañana no la ayudaba en absoluto. No era sólo por el aire dominante de Peter. Había algo en su postura, en la mirada de sus ojos, que oprimía el pecho de Lali y la excitaba hasta límites que la asustaban. Lali estaba segura de que la mezcla de irritación y excitación que la hacía sentir no podía ser buena para ella. 
—Es mi cama. Mis lágrimas. —Se apartó de la cafetera para hacerle sitio cuando él se acercó al aparador para coger una taza. Por supuesto, abrió la puerta correcta. 
—¿Te acuestas conmigo y luego te echas a llorar? —rugió Peter—. La próxima vez que eso ocurra, Lali, te montaré hasta que dejes de llorar. 
—¿Cómo sabes que estuve llorando? —Observó el movimiento de sus hombros, la tensión de sus músculos—. Te quedaste dormido.
 —Tengo el sueño ligero —Peter se sirvió el café y se giró hacia ella, peligroso e inquietante, con el pelo  húmedo. La barba parecía más oscura tras la noche y enfatizaba aún más los profundos ojos verdes. Vestía las mismas ropas que había llevado el día anterior, y que le dotaban de un aspecto desaliñado y poderoso a la vez. No era el mejor aspecto para la tranquilidad de espíritu de Lali. 
—No vas a tener que preocuparte por ello —dijo ella al cabo de unos segundos, encogiéndose de hombros—. Estoy segura de que ya nos hemos liberado de esa molesta tensión sexual. Podemos volver a guardar las distancias; y tú a dormir en tu cama.
 Colocó la taza de café sobre la encimera y le miró con determinación. Peter la hizo esperar. La estudió por encima del borde de su taza mientras tomaba un sorbo del oscuro brebaje y sus ojos turbulentos, aunque desprovistos de cólera, brillaron en protesta. 
—¿Crees que ha sido cosa de una sola noche? —le preguntó finalmente. Lali frunció el ceño ante el tono de Peter.
 —Saciamos nuestra curiosidad —mintió ella—. Ahora tú puedes seguir con tu vida y yo con la mía. 
—¿Para que puedas seguir construyendo ese santuario a tu marido muerto? —gruñó él. Aquella pregunta debería de haberle dolido, pero, por alguna razón, no lo hizo, al menos no como lo hubiera hecho antes de que Peter apareciera en su vida. ¿En qué demonios había estado pensando? Peter no llevaba tanto tiempo allí. Se había acostado con él, había hecho el amor con un hombre que conocía desde hacía menos de un mes. Su marido había tardado un mes entero en conseguir llevarla a la cama y Lali había sido virgen hasta ese momento. Pero aquel hombre había aparecido en el pueblo con su Harley negra, sus pantalones de motorista y aquella mirada feroz, y lo siguiente que ella supo era que tenía que devorarlo vivo. Lali sacudió la cabeza ante aquel pensamiento.
-Lo que yo haga es única y exclusivamente asunto mío. Finjamos que lo de anoche no ocurrió.
 Pero Lali era consciente de que eso no iba a ser posible. No podía ignorar la certeza de que entre ellos había ocurrido algo que iba a cambiar su vida para siempre. 
—¿Es eso lo que quieres? —Se terminó el café mientras Lali seguía allí, observándole, obligándose a parecer tranquila—. ¿Fingir que jamás he hundido mi polla profundamente en tu cuerpo? ¿Qué no nos hemos corrido como locos? 
Dejó la taza en el fregadero, se apoyó contra la encimera y cruzó los brazos sobre el pecho sin apartar la mirada de ella. 
—¿Qué quieres decir? —preguntó la joven finalmente, sintiendo cómo la tensión se cerraba a su alrededor como un nudo corredizo. Él curvó los labios. —No va a funcionar, lo sabes. Puedes luchar contra ello tanto como quieras, Lali, pero esto no ha acabado.
 —Sí, ha acabado. 
Peter negó con la cabeza. 
—Me voy al apartamento. Tengo que cambiarme de ropa. Después iré al pueblo a hacer un recado, pero regresaré aquí por la noche. 
—No, no lo harás. 
El le dirigió una mirada que casi la hizo temblar. Casi. Lali cruzó los brazos sobre el pecho y le sostuvo la mirada, deseando poder ignorar el destello de lujuria en los ojos de Peter. Finalmente, él curvó los labios lo suficiente como para provocar que ella ensanchara las fosas nasales, inflamándose ante el reto que le lanzaba.
 —Te veré esta noche —le advirtió antes de atravesar la cocina, pasar junto a ella y salir de la casa. Lali apretó los dientes y lo siguió con la vista. Rory debía haber traído su coche en algún momento de la noche anterior. El todoterreno de su cuñado no estaba y el maldito Peter bajaba la pequeña colina hacia el taller, recorriendo el camino con sus largas piernas mientras ella cerraba la puerta de la casa y se dirigía al coche. Sin embargo, él llegó antes que ella al taller, igual que lo había hecho Rory. Sonriendo entre dientes, Lali se encaminó a la oficina, cerró la puerta con suavidad y se enfrentó a su cuñado. Rory levantó la cabeza de los documentos que había estado leyendo. Sus ojos azules la estudiaron con cautela y sus rasgos duros se suavizaron adoptando una expresión neutra. 
—No te sale tan bien como le salía a tu hermano —le dijo ella con voz queda, recordando cómo Thiago la miraba con aquel mismo aire de superioridad masculina cuando sabía que estaba furiosa con él. 
—¿No me sale tan bien el qué? —preguntó Rory aclarándose la garganta. Lali se apoyó contra la puerta y lo miró detenidamente.
 —Esa mirada —le explicó ella—. Como desafiándome a cuestionar algo que has hecho. Thiago lo convirtió en un arte, pero tú necesitas practicar un poco más. Puede que fuera diversión lo que se atisbo por un momento en el rostro masculino. Rory levantó la mano y se rascó la mejilla, haciendo que las mangas de la camiseta se tensaran sobre sus bíceps. 
—Estás enfadada conmigo —masculló finalmente, dirigiendo la mirada a la puerta que conducía al apartamento.
 —Él no va a ayudarte —le aseguró Lali con suavidad sin quitarle la vista de encima—. Dime, ¿a quién de los dos se le ocurrió la brillante idea de que podrías convencerme de hacer cualquier cosa que quisieras?
 La puerta que daba al apartamento se abrió de pronto y Peter bajó las escaleras. Se había cambiado de ropa. Era condenadamente rápido en eso también.

-Rory, tienes que ir a Odessa para conseguir esas piezas —dijo Peter, mirando a su hermano—. Ahora. Rory se levantó de la silla.
 —Ni lo pienses —le advirtió Lali con suavidad. El pobre muchacho hizo una mueca y tragó aire. Paseó la mirada de Peter a ella y se dejó caer de nuevo en la silla. Bien. Había elegido bien. 
—¿De quién es el taller? —preguntó ella entonces. Rory se rascó la mejilla de nuevo, se aclaró la garganta y volvió a pasear la mirada de ella a Peter, como si en aquel asunto él fuera totalmente inocente. Inocente, ja. Aquellos dos estaban tramando algo, y ella lo sabía.
 —¿Nuestro? 
Ella lo miró con los ojos entrecerrados. 
—¿Acaso le has vendido a él tu parte? —inquirió dulcemente, señalando a Peter con la cabeza. Rory se percató de que su hermano no apartaba los ojos de Lali. Aquella mirada debería haberla puesto nerviosa y en guardia, pero que no lo hizo. Hacía mucho tiempo, su marido la había mirado de esa manera.
 —No. —Rory frunció los labios, observándola con cautela. Ignorando a Peter, Lali atravesó la estancia, apoyó las manos en el escritorio y se inclinó sobre su cuñado. 
—¿Quieres comprar mi parte del negocio? Puedo hacer las maletas ahora mismo y regresar a Georgia, de esa forma, serías el dueño de todo. ¿Es eso lo que quieres? 
La sorpresa y el impacto inundaron los ojos de Rory. 
—No. Lali, maldición, no —negó sacudiendo la cabeza con firmeza. Después miró a Peter y le dijo con voz furiosa—: ¿Qué demonios le has hecho? —¿Acaso él es el propietario de una parte del taller? —continuó Lali. Rory suspiró. 
—No. —Así que su opinión no cuenta, ¿verdad?
 —Yo no diría eso. —Rory hizo una mueca—. Vamos, Lali, sabes tan bien como yo que Peter conoce muy bien este negocio. 
—¿Y yo no? —Lali se enderezó, alzando la barbilla—. ¿Dónde estuvo los últimos seis años? ¿Acaso estuvo aquí, tratando de arreglar el infierno en que se convirtió todo esto cuando Thiago desapareció? 
—No, claro que no. —La voz de su cuñado era firme y su expresión tensa.
 —La próxima vez, Rory, consúltame primero -—le exigió ella—. No vuelvas a cometer el mismo error. Mi marido me dejó la mitad de este negocio, y eso quiere decir que es a mí a quien le corresponde tomar la mitad de las decisiones. No a un desconocido o a un intruso que cree que puede llegar aquí y apropiarse de todo lo que Thiago poseía. ¿Ha quedado claro? 
Rory se frotó la nuca. 
—Clarísimo —dijo finalmente, asintiendo con la cabeza. Lali no se molestó en mirar a Peter ni una sola vez. 
Se dio la vuelta, cogió una bata de trabajo del perchero y volvió al taller, satisfecha de haberse enfrentado al menos a aquel problema. Peter se quedó mirando la puerta, cruzó los brazos sobre el pecho y luego se volvió hacia Rory. Su hermano tenía una fina película de sudor en la frente y sus ojos azules brillaban con temor. 
—¿Quién era esa mujer? —preguntó señalando la puerta con la cabeza. Rory negó con la cabeza. 
—La misma que entró en el taller casi tres años después de que su marido desapareciera y que se encargó de sacarlo a flote. —Se puso en pie de un salto y lo fulminó con la mirada—. Y tiene razón. ¿Dónde demonios estabas tú mientras Lali estaba sufriendo y a punto de perder todo lo que significaba algo para ella? Si quieres que se haga un trabajo sucio, hazlo tú mismo. — Agarró las llaves del escritorio y se dirigió a la puerta—. Y si eres listo, te mantendrás alejado de ella. El último hombre que la cabreó de esa manera, acabó con una llave inglesa en la cabeza. Tengo el presentimiento de que a Lali no le importaría hacer lo mismo contigo. Yo lo haría si estuviera en su lugar.
 Peter observó cómo su hermano desaparecía por la puerta que daba al taller. Luego miró la puerta que comunicaba con el apartamento, y de nuevo aquélla por la que Rory había salido.
La última persona que Peter había esperado encontrar a cargo del taller era a Lali, con aquel pelo tan bonito. Ya no se hacía la manicura. Y tenía que admitir que lo echaba de menos, pero sólo porque le había gustado que su coqueta mujer hubiera hecho lo posible para parecer más coqueta todavía. Descubrir que no lo era y que le había ocultado partes de sí misma, lo enfurecía y, a la vez, lo impulsaba a descubrir lo que todavía desconocía de ella.

 Peter montó a horcajadas en la moto despues de una terrible pelea, la arrancó y se dirigió al apartamento. Podía sentir cómo la sangre le goteaba por la ropa, humedeciéndola. En ese momento, deseaba haber matado por lo menos a uno de aquellos hijos de perra. Porque, definitivamente, le habían estropeado el plan que tenía para esa noche y no podría visitar a su esposa.
Quizá ella pudiera tolerar la visión de la sangre, pero iba a exigirle respuestas. Y Peter no estaba preparado para dárselas.

Lali observaba por la ventana, esperando. Había estado escuchando con atención desde que terminó de cenar, y para cuando oyó el duro ronroneo de la Harley detrás del taller, estaba furiosa. Era más de medianoche. Se paseó de un lado a otro de la salita, deteniéndose ante las ventanas y mirando el apartamento del taller. No se veían luces. ¿Por qué Peter no las había encendido al llegar a casa? Thiago también tenía esa costumbre. Estaba nerviosa y no podía explicar por qué. Cuanto más miraba el apartamento, más sentía el impulso de bajar para hacer el amor con Peter. Ya se había liberado de la tensión sexual, se dijo a sí misma. Ya se había acostado con él, así que ahora debería estar bien. Pero no lo estaba, y sabía que aquello ya no era sólo una cuestión de sexo. Se trataba de algo más que la impulsaba a ir con él, a comprobar si estaba bien. Maldición, Peter tenía más de treinta años, no necesitaba un guardián. En realidad, tenía treinta y cuatro años. Lali se apretó el estómago con las manos, por encima de la fina camiseta que llevaba puesta. Tenía la misma edad que tendría su marido ahora. Sacudió la cabeza. No iba a ir, no iba a bajar al apartamento a hacer el amor con él, se repetía una y otra vez mientras se ponía con rapidez las zapatillas y se las ataba. Agarró las llaves del bolso, salió de casa y al cabo de unos minutos aparcaba su pequeño coche detrás del taller. Con la llave del apartamento en la mano, subió con rapidez las escaleras traseras del taller. Se dijo que no debería entrar. Después de todo, Peter podría estar con alguien o en la ducha. No obstante, metió la llave en la puerta y entró. De repente se quedó sin aliento. Alguien la arrastró hacia el interior del apartamento, cerró la puerta a sus espaldas y la empujó contra la pared. Por un momento, la tensión de saberse en peligro le atenazó el estómago. Pero entonces se percató de que el duro brazo que se apretaba contra su cuello era el de Peter y de que el brillo casi febril de sus ojos azul brumoso era tan intenso como el de un depredador.
 —¿Te gusta vivir peligrosamente? —le preguntó él suavemente, con la cara demasiado cerca de la suya, y el cuerpo, casi desnudo, presionando contra el de ella—. Yo no puedo profanar esa sagrada cama matrimonial tuya, pero tú sí puedes dejarte caer por aquí cada vez que te venga en gana ¿verdad? 
El áspero sonido de su voz provocó que a Lali se le pusieran los nervios de punta, haciendo que se estremeciera de pies a cabeza y que levantara la mirada hacia él en la oscuridad. Peter le apartó el brazo de la garganta, pero no la soltó. La agarró por las caderas y la atrajo bruscamente hacia sí, al tiempo que ella separaba los labios con un jadeo. No estaba semidesnudo. Estaba desnudo por completo. Y duro. La longitud palpitante de su miembro se presionó contra el vientre de Lali  mientras la observaba con ardiente deseo. —Tenemos que hablar. —La joven puso las manos sobre los hombros masculinos y sintió que Peter se ponía tenso. Era obvio que él acababa de salir de la ducha. Sabella podía sentir el agua en su piel y algo resbaladizo, quizá restos de jabón. Parecía tener la piel sensible. Tema el pelo mojado y su oscura expresión no presagiaba nada bueno. 
—Parece como si te doliera algo. —Le presionó el otro hombro—. Peter, ¿qué te ha sucedido? 
—Todavía no —gruñó él. 
—¿Qué quieres decir con todavía...?
Él la interrumpió con un beso. Cubrió los labios de la joven con los suyos y lamió aquella curva plena, al tiempo que emitía un ronco gemido de necesidad desde lo más profundo de su garganta.

martes, 11 de septiembre de 2012

CAPITULO 13

¿Abrazarla? Deseaba mucho más que eso. Pero no era tan mezquino para negarle un abrazo cuando ella le había ofrecido tanto. Se quitó las botas, se tumbó a su lado y la estrechó contra sí. 
—Tengo pesadillas —susurró ella acurrucada contra su pecho. 
—Lo sé, cariño. —Le deshizo la trenza y enterró los dedos en su pelo. 
—Veo sangre —musitó—. Tengo las manos cubiertas de sangre. Y tú estás agachado delante de mí. Eres tú. Pero luego eres Thiago y luego tú de nuevo. Entonces Thiago se aleja y tú todavía sigues allí. Y, de repente, yo soy tú, y el dolor es horrible. Y todo lo que percibo es a ti pensando en mí. Rogándome que te salve mientras bailo delante de ti y te provoco para que me tomes. Pero no soy yo. Es aterrador, Peter. 
El se estremeció. Dios, ella también había padecido aquel infierno. Fuentes no había dejado de tentarle, llevándole mujeres que se parecían a Lali. Entonces estaba bajo los efectos del «polvo de afrodita», tan excitado que el dolor le ahogaba, pero, de alguna manera, lo sabía. Sabía que las mujeres que le llevaban no eran su esposa.
 —No pude salvarle —murmuró ella mientras se quedaba dormida—. El me rogó que le salvara y no pude hacerlo. —Su voz era ronca por las lágrimas y el sueño—. No pude salvarle... 
Peter  inclinó la cabeza sobre la de ella y la estrechó con fuerza, haciendo que se relajara. 
—Lo salvaste —susurró contra su pelo. Lali no tenía ni idea de lo ciertas que eran esas palabras. El hombre que había sido ya no existía, pero el hombre que amaba a Lali, que lloraba por ella, que había podido soportar el infierno gracias a los votos que le había hecho, había sobrevivido. La acunó cuando gimió en sueños, la tranquilizó y la abrazó. Se quedó mirando la oscuridad, deseando poder llorar él también. Porque ella había sufrido en vez de seguir adelante con su vida, tal y como él había pensado que haría. Porque su abuelo había tenido razón. La había amado tanto que a veces hubiera jurado que podía sentir su corazón latiendo junto al suyo. Porque sabía que su abuelo no había mentido sobre los ojos irlandeses. Porque en los recuerdos de la infernal existencia que él había vivido, recordaba haber visto imágenes que no estaban allí. Estaba en su dormitorio, mirando al espejo, mirando a Lali. Y parecía que ella también había podido ver a través de él el infierno al que le habían sometido. Tensó los brazos y la meció contra sí. Inclinó la cabeza sobre ella y se obligó a respirar a pesar del dolor, a reprimir la agonía que fluía sin control en su interior. —
-Lali —musitó saboreando su nombre. Ella se arqueó contra él. Dormida, sensual, tentadora. 
—Te he echado de menos, irlandés.
Peter ignoró la lágrima que le resbaló por la mejilla. Dolor. Pérdida. Ella sabía la verdad. En lo más profundo de su ser se negaba a ver quién era él, pero lo sabía, porque aquel vínculo entre ellos, aquellos votos, todavía seguían allí. Al haberse mantenido alejado de Lali, la había dejado vagando entre la realidad y el infierno. Todavía unida a él, pero sola, enfrentándose a las pesadillas sin su esposo a su lado. Resistiendo a pesar de haber vislumbrado el horror que él había experimentado. Peter había pensado que Lali no sería lo suficientemente fuerte para asimilar lo que le había ocurrido en aquella maldita selva. Sin embargo, ahora, tenía la sensación de que ella era más fuerte de lo que nadie había creído. Quizá, en su corazón, en su alma, Lali era incluso más fuerte que él. 
Sentía calor. Lali se removió en la cama, casi gimiendo ante el calor que la envolvía. Peter la había rodeado con los brazos y apoyaba su cabeza en la de ella como Thiago solía hacerlo. Quizá fuera un gesto típico masculino. Thiago había sido su único amante, así que no tenía manera de saberlo. El brazo de Peter descansaba sobre la cintura femenina, atrayéndola hacia su pecho y había colocado una pierna sobre las de ella. Lali  había apoyado la cabeza en su otro brazo, así que no podría liberarse de él aunque quisiera. Pero tampoco deseaba hacerlo. Quería disfrutar de aquel calor. Aferrarse a él. Sin embargo, algo le aguijoneaba la mente, espoleándola, impeliéndola a despertarse. Se movió contra Peter sin querer abrir los ojos. Anhelaba quedarse allí. Por mucho que deseara otras cosas, no quería perder aquella increíble sensación de paz. Pero la mano de Peter comenzó a deslizarse bajo el dobladillo de la camiseta que ella todavía llevaba puesta y se apretó contra su vientre. Lali se desperezó, presionándose con firmeza contra el cálido cuerpo masculino que tenía detrás, y contuvo la respiración, medio suspirando, medio gimiendo al darse cuenta de que no era un sueño. Se sentía débil y llena de deseo. ¿Cómo había dicho Kira? ¿Libérate de la tensión sexual y todos los problemas se resolverán por sí solos? Tenía sentido. En aquel momento, envuelta en el abrazo de Peter, con la mano masculina recorriéndole el borde de las bragas, tenía mucho sentido. 
—No te muevas. —Ronca y gutural, la voz de Peter retumbó en su oído cuando ella apretó el trasero contra su gruesa erección. El estaba desnudo. En algún momento de la noche se había desvestido y metido bajo las mantas con ella. Lali se estremeció al pensarlo. Podía sentir la desnuda longitud del cuerpo de Peter  detrás de ella, fuerte y duro. Abrió los párpados. Todavía era de noche. La luz del amanecer aún no había entrado en la habitación, y la joven no tenía que enfrentarse a lo que debía o no hacer. Podía limitarse simplemente a sentir. Volvió la cabeza y acarició con los labios el cuello masculino, justo debajo de la barbilla. El roce de la barba recortada le resultó excitante y erótico. No había sabido hasta aquel instante que una barba de varios días podía proporcionar tanto placer.
. —Bésame —susurró Lali. Él se quedó inmóvil. Le presionó la mano contra el estómago y luego la movió a la cadera, aferrándola para mantenerla quieta. 
—No me tientes, Lali. —Su susurro resonó en la oscuridad, envolviéndola, invadiendo los sentidos de la joven.
. —Te deseo. —No había sentido deseo desde la muerte de su marido. Pero ahora sí. Lo deseaba con una fuerza que sabía que tendría que analizar más tarde, pero no ahora. En ese momento, iba a experimentarlo, a disfrutar del placer que lo acompañaba. La tensión creció alrededor de ellos, llenando y calentando el aire de la habitación.
-¿Me deseas? —gruñó Peter, dándole la vuelta. Se inclinó sobre ella y la sombra de sus anchos hombros llenó el campo de visión de la joven—. ¿Me deseas a mí, Lali? ¿O deseas a tu marido?
 Lali llevó las manos a sus hombros y los acarició. Le clavó las uñas, probando sus músculos. 
—¿Importa? —le preguntó, sintiéndose inundada por el deseo hacia ambos hombres. Odiaba esa confusión, esa sensación de no saber a qué o a quién trataba de alcanzar—. ¿Te importa?
 Peter guardó silencio durante tanto tiempo que ella se preguntó si llegaría a responderle. 
—No, no me importa —gruñó él finalmente—. Te poseeré, Lali, y cuando grites mi nombre no tendré ninguna duda de a quién deseas. Pero si esperas que te tome como lo hacía tu marido, te llevarás una triste sorpresa. 
—Tú no sabes cómo me tomaba mi marido —adujo ella. Alzó la cabeza y le pasó la lengua por el pecho, rozando con la mejilla el vello que cubría el torso masculino—. Tómame como tú quieras, Peter.
 El quería poseerla con fuerza y dureza. Lali podía sentirlo. Lo había sabido incluso antes de ese momento. No sería un amante tierno, ni ella pretendía que lo fuera. La joven quería saciar aquella necesidad oscura y salvaje que había crecido en su interior durante los últimos años. El resultado de los sueños oscuros y sexuales, de las pesadillas que la atormentaban en noches como aquella. Quería satisfacer aquella inquietante e indolente sexualidad. Quería tocarlo. Estaba cansada de luchar contra sí misma y contra él. Había deseado a Peter desde el primer día que entró en el taller, provocándola con su fiera arrogancia. El cuerpo de Lali ansiaba su contacto. Su corazón, tan roto y desgarrado, deseaba alivio. Sólo un poco de alivio. Sólo durante el tiempo que llevaría saciar el deseo que ardía en ella. 
—Lali. —Peter murmuró su nombre y apoyó la frente en la de ella—. ¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Te deseo. 
Tenía que estar dormida. Allí, en la cama de Thiago, en la cama donde su esposo la había poseído tantas veces, ella deseaba a otro hombre.
 —Haz que desaparezca, Peter—susurró la joven desesperada—. Por favor, haz que se vayan las pesadillas. El deseo. Deja de torturarme. Tómame o vete al diablo... 
La boca de Peter cubrió los anhelantes y hambrientos labios femeninos, al tiempo que Lali lanzaba un gemido salvaje y agónico. Peter sentía que la oscura necesidad de poseerla lo presionaba, le consumía los sentidos. La besó, deteniéndose el tiempo suficiente para quitarle la camisa por la cabeza y desgarrarle las bragas. Estaba dolorosamente duro. Su erección se erguía resuelta y furiosa, y sus testículos estaban tensos por la necesidad de sentir una liberación mayor de la que había encontrado en el pasado con su propia mano. Luchó por recobrar el aliento y le deslizó la mano entre los muslos, encontrando los suaves rizos mojados, resbaladizos por el deseo. Húmedos y calientes. Como la miel. Presionó más con los dedos, acariciando los pliegues hinchados del sexo de Lali, buscando la entrada a su cuerpo. Estaba apretada, se ceñía en torno a su dedo como la noche que había tomado su virginidad, hacía ya tanto tiempo. Le separó las piernas y se ubicó entre ellas. Se prometió a sí mismo que la estimularía más tarde. Habían pasado tantos años... Oh, Dios, tanto tiempo... Meses interminables bajo el yugo horrible de una droga tan potente que la necesidad de follar con su esposa casi le había vuelto loco. La mirada gris de Lali estaba clavada en la suya, llena de anhelo, pero su voz resonaba en su mente, deteniéndole.
-Maldita sea. —Peter echó la cabeza hacia atrás para interrumpir el beso y se quedó mirándola, percibiendo apenas sus rasgos en la oscuridad que los rodeaba—. ¿Tienes alguna idea de cuánto te deseo? —Apretó los dientes y se mordió la lengua.
 —Entonces, tómame —jadeó ella—. Tómame, Peter. Tómame de la manera que necesitas. De la manera que necesites.
 Negó con la cabeza y echó los hombros hacia atrás, queriendo aullar de furia. Quería amar a su esposa, tocarla, besarla y saborear cada centímetro de su cuerpo. Peter se estremeció una y otra vez, apretó el duro glande contra la pequeña entrada al cuerpo de Lali y gimió al sentir la cálida, resbaladiza y dulce humedad con la que lo recibía. Presionó hacia delante, prometiéndose a sí mismo que sólo sería un momento. Había esperado demasiado tiempo para poseerla de nuevo. Podía esperar lo suficiente para darle placer a ella primero. También había querido hacerlo el día que Rick Grayson los había interrumpido. O el día anterior, cuando ella había tomado su semilla, haciéndole alcanzar un placer que estuvo a punto de destruirlo. Lali le deseaba, igual que él la deseaba a ella. Peter anhelaba darle todo lo que era, y en lo que se había convertido. Empujó un poco más y le cogió las muñecas cuando comenzó a golpearle el pecho, apretándoselas contra la cama mientras la penetraba. Se detuvo ante las puertas del éxtasis, sintiendo un placer indescriptible en la punta roma de su miembro. 
—Di que no ahora —masculló él—. Dilo ahora o luego no podrás retractarte. ¿Me has oído? 
Ella alzó la cabeza para mordisquearle los labios. 
—Bésame —susurró Lali—. Bésame mientras me haces tuya, Peter. 
¿Así que no iba a pedirle que se detuviera? ¿Así que no iba a gritar su nombre queriendo decir otro? 
—Oh, Lali —gimió él—. Oh, Dios mío, pequeña.
 Le cubrió los labios con los suyos y se permitió saciar el deseo que lo consumía. Había pasado demasiado tiempo desde que había tenido a su esposa bajo él. Demasiado tiempo desde que había sentido el ardiente placer de sus músculos internos abriéndose para tomarle, desde que había oído sus gritos bajo sus labios, sabiendo que Lali sentía la misma oleada de placer que él. Impulsó las caderas adentrándose en ella con firmeza y rapidez, abriéndose paso en su interior mientras la joven se tensaba y se arqueaba bajo él. Ahogó los gritos de Lali con los labios, le llenó la boca con la lengua y fundió su cuerpo con el suyo para introducir aún más su erección en la dulce dicha que le esperaba en aquellos muslos. Siguió empujando, embistiéndola, y cuando no pudo soportar ni un minuto más la tortura, echó la cabeza hacia atrás apartando la boca de sus labios y le soltó las muñecas. Se aferró a las caderas de Lali y las mantuvo pegadas a su cuerpo al tiempo que se ponía de rodillas. Le alzó el trasero hacia sus muslos y comenzó a moverse con el ritmo duro y controlado que necesitaba. Peter oyó los sonidos que salían de la garganta de Lali, pero no le importaron. Sabía que aquellos gemidos roncos, profundos, eran producidos por el placer. Cerró los ojos y su cuerpo se cubrió de una pátina de sudor mientras sentía la cálida y apretada funda del sexo de Lali, palpitando y ciñéndose en torno a su miembro. Se hundió completamente en ella, incapaz de detenerse, gozando, amando cada penetración con su alma maldita para siempre, ofreciéndole a su esposa cada furioso centímetro, cada onza de aquella agonizante lujuria que bullía en su interior. Lali cerró los puños sobre el edredón tratando de aferrarse a cualquier cosa. Aquellos duros movimientos que colmaban su cuerpo la estaban llevando al peligroso abismo de la locura.

Nunca antes había estado tan excitada. No necesitaba más estímulos. Aquel beso y las embestidas casi brutales con las que la estaba poseyendo, la llenaban de un oscuro y seductor placer que nunca antes había sentido. Lali jamás había tenido lo que Peter le estaba ofreciendo. Deseo puro y desesperado. Lujuria descarnada. Los rápidos y duros envites la dominaban, la quemaban como flechas ardientes que atravesaran su cuerpo. Peter la tomó con dureza, sin disculparse. La hizo suya como un hombre a punto de perder la cordura, pensando sólo en la liberación que ella podía proporcionarle. Sólo ella. Nadie más. Sólo eso, tomándola, fundiéndose con ella hasta que Lali gritó su nombre. Gimiendo, suplicando, estallando bajo él cuando sintió que el orgasmo la alcanzaba en una brutal oleada de turbadoras sensaciones. Se sintió devastada. Como si la estimulación previa hubiera sido eterna, cuando, de hecho, no había existido. Como si él hubiera estado jugando con ella sin piedad, empujándola más y más alto, hasta que ella se sintió flotar. Se movió sensualmente bajo su cuerpo, sintiendo que Peter emitía un gemido hambriento y eyaculaba en su interior mientras seguía embistiéndola y pidiéndole más. 
—¡No es suficiente! —El gruñido de Peter rasgó el aire. Se retiró de Lali y la hizo girar sobre su estómago para luego atraer su trasero hacia sí. Volvió a penetrarla de inmediato, haciéndola arquearse con unos envites profundos, incorporándola hasta que la joven lo sintió contra la espalda. Entonces Lali estiró los brazos hacia atrás y le sujetó el cuello al sentir sus manos sobre ella, recorriéndole todo el cuerpo. Petera le acarició los muslos y el vientre mientras la hacía suya sin piedad, le amasó los senos y le pellizcó los pezones con los dedos, separándole más los muslos, meciéndolos a ambos sin dejar de penetrarla con rápidos movimientos. El calor los envolvió y los atravesó, hasta que los gritos de ella rasgaron el silencio de la noche. 
—Eres tan estrecha —gimió él, deteniéndose con la respiración jadeante—. Tan dulce y apretada. Muévete contra mí, Lali. Enséñame cómo te gusta. 
La joven obedeció y empujó las caderas hacia atrás, rotándolas, levantándolas y bajándolas. Se retorció contra él y no pudo evitar jadear al sentir los labios de Peter en el cuello y el rudo roce de la barba contra su piel. —Dímelo —le susurró Peter roncamente al oído, al tiempo que sus manos se aferraban a las caderas femeninas—. ¿Cómo te gusta? ¿Duro? —Se enterró en su interior profundamente—. ¿Lento? —Se retiró un momento y luego volvió a llenarla con un movimiento lento y palpitante que la hizo gemir en protesta.
 —Duro —confesó Lali—. Lo deseo duro y rápido... Lo sabes. 
La joven se estremeció violentamente entre los brazos masculinos, temblando por la necesidad de alcanzar el orgasmo de nuevo al sentir que Peter bajaba una mano y comenzaba a deslizar las yemas de los dedos sobre su clítoris. La tensión creció incontrolable de nuevo en el interior de Lali, desgarrándola con unas punzadas de ardiente y doloroso placer cuando Peter volvió a mover las caderas con dureza y rapidez. El le apartó los brazos de su cuello y la empujó por los hombros con una mano, haciendo que se inclinase sobre la cama. Los movimientos se volvieron más salvajes, más descontrolados. Sus cuerpos, húmedos y calientes, se unieron una y otra vez. Los sonidos de sus movimientos, de sus gemidos y sus gritos se hicieron desesperados cuando el climax los hizo estallar con una detonación silenciosa de insoportable placer. Lali se quedó sin respiración. Sólo podía arquearse y abrir los ojos totalmente aturdida, mientras un gemido escapaba de sus labios y su cuerpo volaba libre hacia el éxtasis más puro. A su espalda, Peter se quedó rígido y gritó con fuerza, haciendo resonar en el aire algo que podía haber sido su nombre o una maldición mientras se derramaba en su interior otra vez. La cálida eyaculación hizo que Peter se estremeciera de pies a cabeza y que otra oleada de placer los inundara por completo antes de remitir, lenta y suavemente, y los hiciera caer temblorosos sobre la cama. El se quedó tendido a medias sobre ella, aún duro en su interior. Los corazones de ambos retumbaban en sus pechos y, cuando el agotamiento se apoderó de ellos, Lali se dejó llevar hasta que creyó oír algo que sabía que no podía haber escuchado.
. —Go síoraí. 
Abrió los ojos y parpadeó, escuchando, tensa y llena de miedo. Pero no oyó nada más. Las palabras se habían desvanecido, igual que los sueños habían desaparecido para siempre, igual que la esperanza la había abandonado hacía ya mucho tiempo. Sin embargo, Peter todavía estaba allí. Se arrastró sobre ella, la envolvió en sus brazos, y unos minutos más tarde, Lali lo sintió respirar lentamente, como si se hubiera quedado dormido. En silencio, la joven se quedó mirando la oscuridad, parpadeando para hacer desaparecer las lágrimas mientras se aferraba al brazo que le rodeaba el estómago y que la estrechaba contra Peter. 
—Para siempre —susurró ella. No fue más que un suspiro, demasiado leve para que nadie pudiera oírlo. Pero ya no existía un para siempre. Se le escapó una lágrima, silenciosa e inútil, porque las lágrimas no curaban y, finalmente, se dejó llevar por un sueño que jamás había creído volver a conciliar. El sueño reparador que sólo había alcanzado en los brazos de su marido y que ahora volvía a alcanzar en los brazos de otro hombre. 
A su espalda, Peter permaneció quieto y en silencio. Totalmente inmóvil. La tristeza y el dolor en la voz de Lali le habían provocado una agonía en el alma que casi le dejó sin respiración. La abrazó, la sintió, y, en su interior, aquel vacío desgarrador que una vez había sido su alma, lloró con ella.

lunes, 10 de septiembre de 2012

CAPITULO 12

Se obligó a darse la vuelta y regresar al taller. Se obligó a leer la lista de tareas pendientes y a trabajar. Se obligó a concentrarse. Sabía cómo hacerlo. Había pasado seis años haciéndolo. Podía esperar un poco más. Sólo un poco más. Y luego, ella aprendería que era suya. Ya había sido suya antes, pero ahora, volvería a serlo de nuevo. 
Una hora más tarde, levantó la cabeza del motor que estaba arreglando al tiempo que giraba distraídamente la llave inglesa entre los dedos, mientras observaba cómo el coche de Lali se alejaba de la casa en dirección al pueblo. Entrecerró ojos y apretó los labios. Lali estaba huyendo y Peter odiaba que lo hiciera. De pronto, vio que su hermano se acercaba a él y le quitaba la llave inglesa. 
—Creo habértelo dicho en alguna ocasión —dijo Rory con suavidad, asegurándose de que nadie más lo oía—. Mi hermano giraba la llave inglesa entre los dedos de la misma manera. —Le devolvió la herramienta y se alejó de nuevo. 
Lali estaba cabreada. Rory estaba cabreado. Pues que se jo-dieran, porque Noah había vuelto a casa y estaba dispuesto a recuperar todo lo que pensaba que había perdido. Pronto se libraría de la escoria del pueblo y reconquistaría a su esposa.
Lali ya había tenido suficiente. Volvió a aparcar el coche delante de la casa de Kira por segunda vez ese día y respiró hondo. Le resultó extraño que Sienna todavía no se hubiera marchado. Su amiga no solía quedarse mucho tiempo después de que Lali se marchara. Algunas veces, se había preguntado incluso si Sienna y Kira se llevaban bien.
. —Lali, vamos entra. —La atractiva cara de Kira se iluminó con una sonrisa cuando le abrió la puerta y la invitó a pasar. Lali se tiró del dobladillo de la camiseta. Se había cambiado de ropa. Se pasó la trenza por encima del hombro y pensó que quizá debería haberse arreglado también el pelo.
 —¿Sienna todavía está aquí? He visto su coche. —Eran cerca de las tres de la tarde.
 —Regresó de nuevo hace más o menos una hora —le explicó Kira con una sonrisa—. Hemos abierto una botella de vino y estamos dedicándonos a despellejar a los hombres. 
. —Ian se quedó preocupado por ti cuando te vio esta mañana —le dijo a Lali con una sonrisa tranquila, casi suave—. Quería a Thiago como a un hermano. —Y todavía lo hacía, aunque Kira preferiría darle una buena patada en el trasero. 
—Lo sé. —Lali suspiró y se llevó el vaso de vino a los labios mientras su anfitriona la observaba con los dientes apretados por la ira. Kira no quería tener que ser testigo de la conversación que se avecinaba. Lali  había permanecido fiel a su marido muerto durante más de seis años. Los recuerdos del amor que había compartido con él la habían hecho sufrir hasta límites inimaginables y Kira pensaba que, durante por lo menos la mitad de ese tiempo, Thiago podría haber aliviado su dolor. Lali se lamió los labios, juntó las rodillas y pareció estar conteniendo las emociones que la invadían. 
—Me está volviendo loca —confesó—. Está intentando asumir el control de todo, como si tuviera derecho a ello.
 —Y a pesar de eso lo deseas —señaló Kira. El silencio cayó sobre ellas como una pesada losa tras aquellas palabras.
 —No lo necesita —afirmó al fin Sienna—. No es del tipo de hombre que se queda en casa y ella lo sabe.
. —No es eso. Sé reconocer la expresión de una mujer que se siente culpable y atemorizada porque finalmente ha conocido a un hombre que podría amenazar el lugar que ocupaba su marido en su corazón —indicó Kira con suavidad—. Y eso no tiene nada que ver con si él es o no es de los que se quedan. Tiene que ver con si Lali dejará de pensar en Thiago o no. 
Kira no se andaba con rodeos. Lali había aprendido hacía mucho tiempo que lo peor que podía hacer una mujer era engañarse a sí misma. 
—Sí, bueno, pero eso no quiere decir que tenga que hacer nada al respecto. —Lali frunció el ceño. Kira se reclinó en la silla y observó a su amiga durante un buen rato. 
—Pues deberías hacerlo. —Negó con la cabeza—. Ian quería a Thiaho como a un hermano. —Miró fijamente a Lali y continuó—: Me contó que cuando le dijeron que había muerto, fue muy duro para él. Hemos llegado a ser buenas amigas, Lali, y te he estado observando durante estos últimos años. Ríes, sales con tus amigas, y de vez en cuando tienes una cita. Pero no has tenido un amante desde que Thiago murió, ¿no es cierto? 
—Ha sido lo mejor —dijo Lali sacudiendo la cabeza—. Así no he tenido que soportar que ningún hombre me dijera lo que tenía que hacer. 
—Emborráchate —le aconsejó Kira, frunciendo el ceño al ver el dolor que reflejaban los ojos de Lali—. Enfádate. Dinos lo imbécil que fue Thiago
 al abandonarte. 
—¡Kira! —gritó Sienna, con la ira brillando en sus ojos verdes—. Ya es suficiente. —Cada vez que ella ha intentado alejarse del recuerdo de Thiago, tú le has recordado lo mucho que perdió, en vez de decirle que hay más hombres ahí fuera, ¿no es verdad, Sienna? —le dijo Kira con suavidad—. Te he visto hacerlo durante todos estos años. Soy una espectadora neutral, pero tengo ojos y oídos y además estoy casada con el que fue el mejor amigo de ese imbécil. 
—Thiago no era ningún imbécil —la interrumpió Lali. 
—Era un SEAL, cariño. Y estoy casada con uno. Son tan dominantes y feroces, tan seguros de sus habilidades y opiniones que a veces se muestran tercos como muías —señaló, divertida—. Incluso los más tiernos, como Thiago. Pero se ha ido. Ya no existe. Y aquí estamos nosotras, varios años después, viendo cómo te sientes atraída por otro hombre y luchas contra esa atracción por la culpa que sientes al recordar a tu marido.
 —No voy a meterme en la cama con cada hombre que conozco —le espetó Lali.
-Pero tampoco tienes que enterrarte en vida. -Lali la miró, viendo la simpatía en los ojos de la otra mujer, a la que no la unían los recuerdos que compartía con Sienna. Los recuerdos que la mujer del sheriff y ella compartían de Thiago. Sin embargo, Kira estaba en lo cierto. Puede que a Lali no le gustara reconocerlo, pero tenía que hacerlo. 
—Duncan dijo que él es como Thiago —susurró—-. Y puede que tenga razón. Es muy dominante. Ha entrado en mi vida y me la ha puesto patas arriba.
 Kira se inclinó un poco más hacia delante. 
—Es más misterioso y peligroso de lo que fue tu marido, a pesar de que Thiago era un SEAL. Ian me ha dicho que este hombre es más duro y más dominante. Pero tú ya no eres la esposa formal de un SEAL ¿verdad?
 —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Lali con el ceño fruncido. —Tu marido salía a una misión y se negaba a dejarte llorar cuando se iba. Se negaba a dejar que te preocuparas mientras estaba fuera. Y como tú tampoco querías que él se preocupara, reprimiste todo lo que sentías. Cuando él estaba en casa, hacías todo lo que Thiago quería; lo consentías. Pero esos días ya han pasado, ¿verdad, Lali? Porque cuando Thiago se fue, descubriste muchas cosas sobre ti misma. Te hiciste independiente, maduraste a pesar del dolor. Y ahora, este hombre que podría ser tan dominante como lo fue Thiago  no va a acabar con esa vena independiente, ¿verdad? 
—Cada vez que Thiago se iba era un infierno —replicó Lali enfurecida—. Deseo que vuelva. No deseo esto. —Se puso en pie de un salto y señaló la puerta con la mano, como si reclamara al destino por aquella injusticia—. Deseo a mi marido. 
No lo hacía. Thiago se había ido y ella lo sabía, pero no tenía más excusas para las emociones que la embargaban, para la furia que hervía en su interior. Peter estaba destrozando su mundo. Con él no estaba a salvo. No era un hombre manejable y deseaba más de lo que ella estaba dispuesta a ofrecer a un hombre en ese momento. Peter quería que se ofreciera a él por completo. Incluidas esas partes de sí misma que Lali le había ocultado a su marido. Partes que la atormentaban. Partes que formaban parte de su alma. Como aquella sexualidad con la que nunca se había sentido cómoda, y que la llevaba a desear ser salvaje y atrevida, a devorar a Peter por completo y provocarlo para que la poseyera con dureza, fuerza y desesperación.
. —Tu marido no está. Y tú casi has hecho el amor con otro hombre. —Su anfitriona se puso en pie lentamente—. Y te ha gustado.
 Kirа llevaba semanas esperando aquello. Hacía años que se había cruzado en las vidas de aquellas dos mujeres, que se había hecho amiga de Lali sabiendo que llegaría ese momento. Thiago  había cometido un error ocultándose de su esposa, y como Kirа había sabido todo ese tiempo, había sido Lali la que había pagado el precio más alto. 
—Maldita sea, Kirа —masculló Sienna, sirviéndose más vino y tomando un trago—. No deberías haber dicho eso. 
Lali volvió a mirar a la esposa del sheriff buscando apoyo, pero a pesar de la mirada compasiva de Sienna, era obvio que estaba de acuerdo con Kira.
. —De cualquier manera esto no es algo de vuestra incumbencia —gimió Lali—. ¿Por qué de repente todo el mundo quiere meterse en mi vida?
 —Porque nos hemos cansado de ver cómo intentas morir con Thiago —fue la dolorosa réplica de Sienna—. Siéntate, Lali. Vamos a emborracharnos como solíamos hacer antes. Nos desahogaremos hablando sobre lo arrogantes que son Rick y Peter, y luego podrás irte a casa y vivir de nuevo —murmuró entre lágrimas—. No me importa si Peter es un tipo extraño. No te había visto así desde hacía mucho tiempo. Casi viva. Le besaría por haber conseguido que tus ojos brillen de esa manera.
 Lali se dejó caer en la silla y las miró a ambas, aturdida.
-No lo entendéis. Thiago... —hizo una mueca—... todavía me retiene. Sueño con él. Aún sigue formando parte de mi vida. 
Kirа volvió a sentarse y le sirvió más vino a Lali. 
—No lo olvides si no puedes, Lali. Pero no te sientas culpable por sentirte mujer. Necesites que te toquen y que te abracen, así que acepta lo que te ofrece Peter. —Se reclinó en la silla mientras Sienna y Lali vaciaban sus vasos de un trago y volvían a llenarlos.
. —Quiere asumir el control de todo —protestó Lali—. Del taller. De mí. Es como si pensara que todo lo que pertenecía a Thiago debiera ser suyo.
 —Puede que sólo le guste ser dominante. —Kirа hizo un gesto con la mano quitándole importancia—. Demonios, haz el amor con él, descárgate de una vez. Las cosas suelen ser complicadas cuando hay sexo de por medio. Libérate de la tensión sexual y todos los problemas se resolverán por sí solos. 
Lali miró a Kira reflexivamente. Sienna no dijo nada. Se bebió el vino y observó a Lali por encima del borde del vaso.
 —¿Podemos emborracharnos de una vez? Si tengo que hablar de este tema, prefiero tener una excusa para ser franca. De cualquier manera, Rick se va a enfadar por haberse metido en esto. Y ya sabéis, tiendo a prescindir del sexo cuando él está enfadado. 
Lali vació su vaso y lo alzó para que le sirvieran más vino. Kira las observó a ambas con diversión. Bebieron esa ronda y se sirvieron otra antes de que Lali soltara un largo suspiro. 
—Hice que se corriera en mi boca. 
Kira dio un brinco cuando Sienna escupió el vino sobre la mesa. La esposa del sheriff se había atragantado y tosía, cubriéndose la boca mientras miraba a Lali. 
—¿Que hiciste qué?
 Lali se acabó el vino con una sonrisa al ver a su amiga tan conmocionada.
 —Ya lo has oído. 
—¿Estuvo bien? —preguntó Kira arrastrando las palabras. Oh, no podía esperar a que Ian estuviera en casa. Aquello prometía. Mejor aún, no podía esperar a ver a Peter de nuevo.
 —Estuvo bien. —Lali estaba medio borracha. No bebía así desde hacía muchos años—. Más que bien. Incluso diría que estuvo genial. 
—¿Y te devolvió el favor? —dijo Sienna con un suspiro—. Vamos a tener problemas. Lo sabéis ¿no es cierto? Rick se va a preocupar mucho.
. —¿No irás a contarle lo que le he hecho a Peter?, ¿verdad? —murmuró Sabella horrorizada.
. —No podré contenerme si seguimos bebiendo así —gimió Sienna—, y además tenemos una apuesta. 
—¿Una apuesta? —se indignó Lali—. ¿Qué clase de apuesta?
 —El apostó a que lo echarías de una patada. —Sienna le lanzó una mirada airada—. Y yo aposté a que le arrancarías las orejas. 
Lali parpadeó desconcertada.
. —¿Por qué apostaste eso?- Sienna puso los ojos en blanco. —Ya sabes, cariño. Le agarras de las orejas y tiras cuando te corres. —Arqueó las cejas—. Todo por una buena causa. -Lali observó cómo su anfitriona lanzaba un resoplido, casi atragantándose con el vino. —Será mejor que recordemos que no debe beber —le advirtió Kira a Lali—. Se vuelve maquiavélica. ¿Lo recuerdas?
 —Sí, como aquella noche que Thiago  intentó que no salieras de casa —se rió Sienna—. ¿Te acuerdas, Lali ? Le dije que te compraríamos una manta eléctrica y un vibrador. 
Lali se rió a su pesar.
 —No sé si parecía interesado o indignado. 
—Definitivamente, se sentía interesado por el vibrador -—dijo Sienna sin parar de reír.
Lali sonrió. Era un buen recuerdo. La cargó sobre el hombro, la sacó de la casa de Sienna y la llevó a la suya para hacerle el amor.
 —Le echo de menos —musitó con suavidad, terminándose otro vaso de vino. —Pero se ha ido —le recordó Sienna con voz queda. 
—Sí —suspiró Lali, observando cómo su amiga rellenaba su vaso—
. Se ha ido. Y ahora Peter invadía su vida. 
—¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó mirando a sus amigas. 
—Estoy totalmente a favor de que le arranques las orejas —respondió Sienna. 
—Thiago te dejó, Lali —le dijo Kira con suavidad—. ¿Acaso piensas que te lo recriminaría?
 Lali guardó silencio un buen rato antes de susurrar:
 —Le prometí que sería para siempre. 
—Para siempre mientras estuviera aquí. ¿Acaso lo está? —señaló Kira—. No tienes por qué prometerle a Peter que va a ser para siempre, Lali. Dale una noche. Libérate de la tensión sexual y vuelve a vivir. 
—Eso es hacer trampa —dijo Lali, clavando la mirada en Kira. Pero, a pesar de sus palabras, algo en su interior se liberó y su lugar fue ocupado de inmediato, aunque había bebido demasiado para darse cuenta de lo que era—. ¿No? 
—Dios, confía en mí —estalló Kira—. No estás haciendo trampas. Te lo aseguro. 
Los vasos tintinearon y fueron rellenados de nuevo. Las tres mujeres se recostaron y procedieron a emborracharse escandalosamente. Bueno, pensó Lali horas más tarde, cuando Ian entró y se las quedó mirando con la boca abierta, tenía que reconocer que quizás se habían pasado un poquito.

-Oh, demonios! —gimió Rory. Colgó el teléfono y después se cubrió la cara con las manos. Peter, que estaba observando la carretera a través de las ventanas de la oficina, se giró y miró a su hermano con el ceño fruncido.
 —¿Qué pasa?
 Rory tenía aquella mirada tan suya. De inquietud, de advertencia, de auténtica diversión. 
— Lali está borracha.
 Peter se quedó paralizado y sintió que se le encogían los testículos de miedo. Miedo puro y duro, propiamente masculino. Porque Lali no paraba de hablar cuando estaba borracha.
. —¿Has dicho que está en casa de Sienna Grayson?
 —No, en la de Ian Richards. —Rory suspiró—. El sheriff ha ido a recoger a Sienna y amenaza con encerrar a Lali, a su esposa y a la esposa de Ian Richards durante toda la noche si no voy a buscarla. Al parecer, las chicas se lo están pasando en grande hablando mal de los hombres en general. Creo que oí algo sobre la tensión sexual de fondo, y a Ian riéndose sin parar. 
Sí, ése era uno de los motivos por los que a Peter se le habían encogido los testículos.
 —Vuelve a llamarle. —Peter apenas respiraba cuando agarró la chaqueta del perchero de la pared y las llaves del todoterreno de Rory del escritorio—. Dile que vamos a buscarla. 
El taller ya había cerrado sus puertas por esa noche. Sólo habían estado esperando el regreso de Lali. 
—¿Qué prefieres? ¿Que te desee suerte o que encargue rosas para tu nueva tumba?
 —Limítate a llamar a Ian y a decirle que vamos para allá —gruñó, dirigiéndose hacia la puerta—. Mientras, sacaré el todo-terreno y te recogeré delante. Debería haberlo sospechado cuando la vio salir. Demonios, claro que lo había sospechado. Una parte de él había sido consciente de que su esposa estaba muy enfadada y de que iría a reunirse con Sienna. Pero no había esperado que también estuviera Kira. Sabía que eran amigas pero no hasta tal punto. Iba a ser un infierno, y no sólo por Lali, sino por Kira. Cuando Rory y él llegaron a la casa de Ian y aparcaron detrás del pequeño deportivo de Kira, Peter negó con la cabeza. Conocía a Kira. Era toda una mujer. Había sido agente de seguridad nacional, pero ahora que se había retirado, tenía demasiado tiempo libre. Volvió loco a Ian hasta que él se casó con ella en lo que Thiago hubiera jurado que era un intento desesperado por alcanzar la paz. La puerta se abrió mientras subía los escalones de entrada, y Rick Grayson lo miró con los ojos entrecerrados por el disgusto desde el otro lado de la estancia cuando Ian dio un paso atrás para dejarlo entrar en la casa. La diversión asomaba en los ojos de su amigo y en la sonrisa que le curvaba los labios. Maldita sea, Peter no necesitaba aquello. Lali estaba desmadejada en un extremo del sofá, al igual que Sienna y Kira. Y todas lo miraban fijamente.
-Debería arrestarte —masculló Rick dirigiéndose a Peter—. Todo esto es culpa tuya. 
Peter soltó un gruñido, atravesó la estancia y cogió a su esposa suavemente del sofá. Ella lo miró con sorpresa, pero no se resistió.
 —Puedo ir andando —le aseguró. 
—Claro que sí. —Asintió con la cabeza con seriedad—. Pero Rory tiene una cita y no quiere llegar tarde. 
Lali pensó que aquello era gracioso, así que se rió apoyando la cabeza contra su amplio pecho y la mano sobre su corazón.
. —Buenas noches, Rick, Ian. Ha sido divertido —se despidió la joven al pasar junto a ellos.
. —No te metas en problemas, Lali —gruñó Rick antes de sacudir la cabeza cuando Peter los rebasó.
 —¿Sabes que todo el mundo piensa que eres un hombre muy atractivo? —comentó Lali mientras se acercaban al todoterreno. 
—¿De veras? —Bajó la mirada hacia ella. Lali lo estaba observando, adormecida y demasiado bebida. 
—De veras —suspiró—. ¿Sabes gaélico, Peter? —preguntó de repente. Peter sintió que se le encogía el corazón de dolor. 
—¿Debería? —le preguntó él a su vez, aproximándose al todo-terreno de Rory mientras su hermano se dirigía al coche de Lali. Por suerte, habían encontrado una llave de repuesto del coche en el taller. 
—Quizá no —susurró ella al tiempo que él abría la puerta del todoterreno y la acomodaba en el asiento del pasajero antes de colocarse tras el volante y poner el vehículo en marcha rumbo a casa. Durante el camino, la joven permaneció callada, mirando fijamente por la ventanilla como si estuviera interesada en el paisaje. Cuando Peter aparcó en el camino de entrada, ella miró la casa en silencio con una expresión sombría. 
—Algunas veces me siento muy sola aquí —dijo de repente al escuchar que él apagaba el motor.
. —No tienes por qué estar sola —replicó Peter con voz ronca, apretando furiosamente el volante con las manos.
. —Bueno, eso es lo que parecen pensar Kira y Sienna —suspiró Lali con la mirada todavía fija en la casa. Peter hizo una mueca.
 —¿Por qué te quedaste aquí después de que él muriera? —inquirió. Lali no lo miró, limitándose a seguir observando la casa. El pesar que se reflejaba en el rostro femenino retorcía el alma de Peter hasta dejarle seco. Al final, ella respondió: 
—Es mi hogar.
 Negando con la cabeza, él salió del todoterreno y lo rodeó hasta llegar a la puerta que Lali comenzaba a abrir. La sacó del coche, la ayudó a recuperar el equilibrio y la sostuvo mientras se dirigían a la casa. 
—No puedes entrar —dijo ella.
. —Lali, éste no es el momento adecuado para cabrearme. —Peter ya había tenido suficiente. Suficiente del profundo vacío que lo invadía, del deseo voraz que lo desgarraba. 
—Estoy borracha. ¿Piensas aprovecharte de mí? —le preguntó ella alegremente cuando él abrió la puerta y la empujó al interior. 
—Esta noche no. Pero quizás lo haga mañana.
 Le dio un beso suave en el pequeño mohín que formaban sus labios y la joven le lanzó una mirada airada.
. —Empiezas a significar mucho para mi, Thiago. Creo que deberías saberlo.

Peter se sobresaltó al escuchar que ella utilizaba su nombre de verdad. Lali  no podía saber lo que decía en aquel estado. Sin duda, se había tratado de un desliz. Sin embargo, un gemido lleno de dolor le desgarró el pecho. Lo había dicho con la misma facilidad que cuando discutía con él. Como lo había hecho años antes cuando estaba enfadada. Como si supiera o intuyera la verdad. La cogió de nuevo en brazos y subió las escaleras con un nudo de emoción en la garganta. Aquel vacío que había sentido durante tanto tiempo, parecía estar desbordado ahora por los sentimientos y las emociones. Por la pena. La depositó sobre la cama, observando cómo apoyaba la cabeza en la almohada y agitaba las pestañas adormilada.
 Le desató las botas y las colocó al lado de la cama. Le quitó los vaqueros y, como sabía que ella odiaba dormir con sujetador, se lo desabrochó y lo deslizó por debajo de la camisa. Ella lo miró.
 —-Puedes aprovecharte de mí. Prometo no enfadarme. 
—Más tarde —le prometió él, sentándose en la cama a su lado. 
—¿Vas a abrazarme?



domingo, 9 de septiembre de 2012

CAPITULO 11

Lali luchó por contener la ira que amenazaba con ahogarla. Quería pegarle. Quería gritarle y borrar de un bofetón aquella arrogante y condescendiente expresión de su cara. En aquel momento, Lali supo por qué Duncan había tenido la impresión de que Peter era como Thiago: arrogante, seguro de sí mismo y siempre dispuesto a salirse con la suya. La joven se lo había permitido porque no había madurado lo suficiente durante su matrimonio para pararle los pies mientras él estaba en casa. Pero ahora sí que había madurado. Y aquel hombre no era Thiago. Peter no era un SEAL que pudiera ser requerido en cualquier momento para una misión, y tampoco era el hombre que una vez había reclamado su alma, así que, en lo que a ella concernía, podía irse al infierno. 
—Si quisiera hacerme la manicura, me la haría. Si quisiera recostarme en una silla y hacer de recepcionista todo el día, también lo haría. Y si quisiera que un hombre me dijera cómo debo actuar, vestir o arreglarme, entonces tendría uno. Pero todo eso no es parte de su trabajo, señor Lanzani, y si lo cree así, puede irse por donde ha venido. 
Peter la miró fijamente, sin dar crédito a lo que oía.
 —¿Era tu marido quien te dictaba todas esas normas? —De pronto sintió que el hielo se extendía por sus entrañas, porque sabía que no lo había hecho. Ella guardó silencio, y Peter observó cómo su expresión se relajaba, se entristecía. Sus ojos grises brillaron de deseo y, repentinamente, el cuerpo de Lali  pareció volverse más suave, más receptivo ante lo que fuera que estuviese recordando. 
—No —admitió ella finalmente—. Fui yo quien lo quiso así, porque pensaba que era eso lo que él quería. Le gustaba tener una esposa siempre arreglada. Con las uñas pintadas, bien vestida y maquillada. Una muñeca de porcelana. —La joven sacudió la cabeza con pesar y el corazón de Peter se encogió al verla así—. Solía llamarme su pequeña Lali  y murió antes de saber lo diferente que yo era. Antes de saber que entendía tanto de mecánica como cualquiera de sus empleados. Amaba a Thiago. Era mi vida y le di todo lo que necesitaba mientras lo tuve conmigo. —Entonces le lanzó una mirada feroz—. Pero tú no eres Thiago. Y no me importa en absoluto lo que necesites.
 ¿Acaso pensaba ella que a él le había importado el jodido esmalte de uñas? La cólera lo atravesó; no era furia, ni rabia, sino orgullo herido. Maldita fuera, ¿lo único que había buscado era complacerlo? ¿Había pensado Lali  que Thiago necesitaba algo que ella no era? Peter se tensó al sentir que una intensa oleada de deseo inundaba su ser. Antes de que pudiera contenerse, se cernió sobre la joven y la sacudió con fuerza. 
—¿Y qué pasa con lo que tú necesitas? —le dijo con voz áspera—. Me has devorado vivo cada vez que nos hemos tocado, Lali. ¿Te hacía Thiago el amor como realmente necesitabas o también entonces te trataba como a una muñeca de porcelana? 
—Thiago me dio todo lo que necesitaba —le respondió ella con un gruñido. Pero él vio la verdad. La pequeña mentira, la verdad a medias. Peter recordó las noches que ella se había removido inquieta en la cama a su lado, las veces que había tenido la sensación de que su Lali  necesitaba algo un poco más duro, más oscuro, que lo que él le daba, pero luego pensaba que aquel sentimiento era sólo un producto de sus propias fantasías y necesidades. Sin embargo, no había sido así. Ahora lo veía en sus ojos. Recordó la desenfrenada lujuria de la semana anterior, cuando ella le había clavado las uñas en los hombros, y su vida juntos antes del infierno, y entonces lo supo. Supo que Lali  había deseado más de lo que él se había permitido darle. Pura y simple lujuria. Una tensa y dura sonrisa curvó los labios de Peter cuando ella finalmente se percató de que había liberado a la bestia que había en él. 
—Eres una mentirosa —susurró Peter, consciente de la ardiente necesidad que crecía en el interior de la joven—. Dímelo, Lali. ¿Nunca has deseado más? ¿Nunca has soñado con ser poseída con fuerza y rudeza? ¿Con tener sexo salvaje con tu marido? ¿Acaso temías ser la pequeña tigresa que querías ser?
 Había dado en el clavo. El rubor inundó el rostro de  Lali  y sus ojos se oscurecieron. Peter veía cómo la lujuria la invadía desenfrenadamente, mezclada con una emoción que le oprimió el corazón. Lali quería más que simple sexo. Quería algo más que ser amada salvajemente. Quería todo lo que él había soñado darle. E iba a dárselo en aquel instante.
Su esposa le había ocultado cosas; bien, él también lo había hecho. Y la necesidad de oír cómo su Lali  le decía lo que quería que le hiciera lo consumía. —Puedes tener sexo salvaje conmigo, pequeña. —La estrechó con más fuerza contra sí, permitiéndole sentir la rugiente erección bajo los vaqueros—. Te desafío. Soy un desconocido, Mariana. No te reserves nada. No seas conmigo la muñequita de porcelana que eras con tu marido. Sé todo lo salvaje que quieras y a cambio te mostraré lo salvaje que puedo ser yo.
¿Ser salvaje con él? ¿Hacer realidad todas las fantasías que había tenido cuando se acostaba con Thiago? La joven levantó la mirada hacia Peter, consciente de que estaba muy excitada y de que su cuerpo clamaba por él. Apenas podía respirar. El deseo le atravesaba las venas y la tentación ardía en lo más profundo de su ser. 
—Quieres que te penetren con fuerza, sin contención, Lali. —La voz de Peter era más ronca, más tentadora, cuando la agarró del pelo y tiró de él. Lali sintió un fuego incontenible en las entrañas y parpadeó al percatarse de que se le aflojaban las rodillas. 
—¿No quieres tirarme del pelo? Vamos, Lali. No me darás nada de lo que le dabas a él. Así que dame lo que no le dabas. 
Ella se retorció contra él al sentir sus labios contra los suyos, murmurando sobre ellos. Tenía los ojos abiertos, atrapados por los profundos y feroces ojos azules de Peter.
 —Lucí tus arañazos como otros hombres lucen sus medallas —gruñó él antes de mordisquearle los labios—. Tuve que darme placer a mí mismo mientras recordaba lo ardiente que fuiste entre mis brazos. Mientras imaginaba tu boca. Tus ojos. Sabiendo cuan voraz podías llegar a ser. 
De golpe, él la había introducido en sus fantasías. Lali se lamió los labios y se imaginó la escena a su pesar. Sentía las manos de Peter en el pelo, inmovilizándola, al tiempo que se presionaba contra ella, exigiéndole que lo tomara, que lo succionara. Peter observó su mirada, vio su deseo y su miembro se puso más duro y grueso que nunca. Manteniendo una mano en los cabellos de Lali, usó la otra para quitarle la camisa por los hombros. Su esposa se había puesto esas ropas como una defensa contra el mundo, pero Peter no iba a permitir que se escondiera más de él. Debajo tenía un top sin mangas metido en los vaqueros.
 —No pienso... 
—No pienses —le ordenó en voz baja sin apartar la mirada de ella—. A menos que quieras pensar en mí follándote la boca. Porque lo haré, Lali. Observaré cómo esos labios rosados se abren para recibir mi polla en el interior de tu boca. 
Ella ya lo había tomado en su boca antes. Había jugueteado, lo había lamido y chupado mientras bromeaba con él; incluso se había tragado su semen y luego se había relamido los labios como una gatita. Pero aquello no era lo que Lali quería ahora, no era lo que necesitaba. 
—Quítate las botas. —Peter le sostuvo la mirada al tiempo que la empujaba y la dejaba caer sobre el sofá—. Quítatelas ahora, Lali, o tendrás los vaqueros en los tobillos mientras te penetro duramente. ¿No preferirías rodear mi cintura con esas preciosas piernas para apresarme dentro ti?
 Ella se lamió los labios de nuevo observando cómo él se apartaba y se sentaba sobre la mesa de café para quitarse sus propias botas. Se las desató y se levantó cuando ella se movió. Pero Lali  no se había movido para quitarse las botas, sino para arrojarse sobre él. Peter cayó sobre la mesa, atrapándola entre sus brazos en el proceso y agarrándola por el pelo mientras ella asaltaba sus labios con un grito de necesidad y anhelo. 
—¡Demonios, sí! —Lali se deslizó sobre él, montándose a horcajadas sobre sus caderas. Le enterró las manos en el pelo cuando él abrió la boca e intentó controlar el beso. La joven se convirtió en una tigresa salvaje. Se retorció sobre él, arqueó la espalda para que su clítoris se frotara contra la gruesa erección que contenían los vaqueros y le desgarró la camisa.
Él se las arregló para quitársela antes de levantarle el top y el sujetador por encima de los pechos mientras ella le chupaba y mordía el cuello, dejándole una marca que él sabía que todo el mundo vería más tarde, algo que no le importaba en absoluto. No sería la única marca que le dejaría. Los labios de Lali se movieron a su torso y se demoraron en los pezones. La joven jamás había hecho eso antes. No le había succionado y mordisqueado nunca los duros y planos pezones, y aquello excitó a Peter más de lo que había conseguido nunca el «polvo de afrodita». 
—Maldita sea, sí —gruñó cuando la joven se movió más abajo, deslizando las manos por sus vaqueros, aflojándole el cinturón, forcejeando con la cremallera de los pantalones—. Tómame, Lali. Mi pequeña tigresa salvaje. Voy a follarte la boca hasta que me supliques que me corra. Hasta que me implores que te deje saborearme. Sentirme. Follarme con cada aliento de tu cuerpo. 
A Peter se le enredaban las palabras. Cerró los puños sobre los cabellos de Lali, dominándola, deslizándola hacia atrás hasta que quedó sentada a horcajadas sobre su rodilla doblada y le liberó la gruesa y palpitante erección de la bragueta. Levantó la mirada hacia él y Noah supo que siempre recordaría aquella expresión de su cara. Una expresión hambrienta y voraz. Lali  intentó rodear la palpitante erección con la mano, pero su grosor se lo impidió. Se la acarició de arriba abajo, deteniéndose en el sensible glande, y lo miró con los ojos llenos de deseo mientras jadeaba, levantando y bajando aquellos pechos duros y enrojecidos con cada aliento. 
—Hazlo —susurró ella entonces. La orden atravesó el cerebro de Peter, enardeciendo su imaginación y sus fantasías. Se agarró la polla con una mano, y con la otra la forzó a bajar la cabeza, observando cómo abría los labios sobre el sedoso glande.
 Lali se dejó llevar por la lujuria. Se frotó contra la rodilla de Peter, sintiendo las exquisitas sensaciones que le provocaba la áspera tela contra el clítoris hinchado mientras el cálido y duro glande de Peter empujaba dentro de su boca. Dios... Su sabor era ardiente y masculino. Carnal y lleno de lujuria. Le lamió el glande, disfrutando de su férrea dureza, de la piel suave, de la lujuria que palpitaba bajo ella. Lo miró a los ojos y vislumbró en aquella feroz mirada un brillo inquietante y peligroso, oscuro, una necesidad primitiva que la hizo temblar. Necesitaba saborearlo, atormentarlo. Lo rozó con la lengua bajo el glande, acariciándolo en aquel lugar que su Thiago  había querido una vez que ella le acariciara. Peter se tensó, se le contrajeron los músculos de los muslos, arqueó las caderas y enterró la polla profundamente en su boca. 
—Hasta el fondo, Lali. —Había un extraño y hermoso matiz en aquella voz áspera y ronca—. Tómame.
 Ella obedeció. Peter cerró con fuerza los puños sobre su pelo y le hizo mover la cabeza para follarle la boca y llenarla con la dureza y calidez de su erección. Lali lo necesitaba, estaba hambrienta de él. Podía sentir cómo el deseo crecía en su interior mientras se acariciaba su propio seno y se pellizcaba el pezón, creando un nuevo fuego y perdiéndose en el placer. —Me voy a correr, pequeña. —Se movía entre sus labios con rapidez y dureza, casi haciéndole daño mientras se tensaba bajo ella. Y a Lali le encantó. 
Peter estaba siendo salvaje. No contenía su excitación y eso era justo lo que ella necesitaba. Lo succionó con más fuerza, con mayor profundidad. Se pellizcó una vez más el pezón, tiró de él, se amasó el pecho y sintió que aquel furioso ardor se concentraba en su clítoris. 
—¡Sí! ¡Ya! —gruñó él.
Lali deslizó la lengua contra la parte inferior del glande, rozándola y acariciándola, mientras él le seguía hablando con aquella voz áspera y se movía contra ella, penetrando entre sus labios, endureciendo el cuerpo todavía más cuando la joven sintió su liberación. Alzó la mirada hacia él y lo vio moverse ante su propia cara. Observó la manera prohibida en que se estremecía, deteniéndose de repente justo antes de eyacular. El primer chorro estalló dentro de la boca femenina y el segundo ahogó el gemido de Lali cuando su clítoris explotó. 
—Demonios, sí que eres una pequeña bruja —gimió él. Lali se quedó paralizada. Sentía, saboreaba y existía, pero clavó la mirada en los ojos masculinos como si de repente hubiera retrocedido en el tiempo. «Tómame en tu boca, pequeña bruja. Mi dulce y pequeña bruja». Cuando Petrr apartó las manos de su pelo, ella se retiró temblando y lo miró aturdida. El horror y la culpa la invadían. Sentía que se le desgarraba el alma por las consecuencias y la realidad de lo que acababa de hacer. Todavía podía saborearlo en su boca. El la estaba mirando y sus ojos cada vez más oscuros reflejaban compresión mientras la veía colocarse el sujetador y el top con manos temblorosas. Peter se enderezó lentamente, observando cómo ella caminaba tambaleándose hacia la puerta. 
—No te atrevas a marcharte, Lali —le ordenó bruscamente. Ella negó con la cabeza. 
—No puedo seguir con esto. 
—Maldita sea, claro que puedes. —Se puso en pie, metiéndose la polla todavía rígida en los vaqueros y cerrando la cremallera con cuidado—. No vas a marcharte. 
Ella agarró el picaporte. A pesar de lo rápido y fuerte que era Peter, la joven salió del apartamento y bajó las escaleras antes de que él pudiera alcanzarla. Maldiciendo, Peter recogió la camisa del suelo y se la pasó por la cabeza antes de perseguirla escaleras abajo, casi tropezándose con los cordones desatados de sus botas. 
—Maldita seas, Lali —gritó él al irrumpir en la oficina y ver cómo ella salía a toda prisa del taller. 
Rory le lanzó una mirada de asombro, al igual que Toby, cuyo rostro estaba tenso por la cólera. Aquel condenado joven era demasiado protector con Lali. Peter se sentó, se ató las botas con rapidez y se dirigió a la puerta desde donde la había visto correr colina arriba en dirección a la casa. No iría lejos, se dijo a sí mismo, conteniendo la lujuria que lo impulsaba a ir tras ella, a obligarla a reconocer el motivo que la hacía huir. Cerró los puños con furia y clavó los ojos en la casa. Maldición, aquella era su casa y Lali su mujer.

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