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sábado, 8 de septiembre de 2012

CAPITULO 10

Peter no sólo sonaba razonable sino que tema razón. Mucha razón. Había pensado que Duncan la entendía. Que aceptaría que la joven no podría darle lo que él quería. 
—Lo superará —murmuró ella finalmente—. Pero creo que será mejor que tú también te vayas. Estoy cansada. 
Rodeó la encimera para acompañarlo a la puerta principal, y se vio sorprendida al sentir que él la rodeaba con un brazo y la estrechaba con fuerza. 
—Ese tipo podría haberte hecho daño —masculló—. Sin embargo, sabes que estás a salvo conmigo. Admítelo. 
—También estaba a salvo con él —adujo ella quedamente—. No soy estúpida, Peter. Sé cómo protegerme. Y lo haré cuando sea necesario.
-Demuéstramelo. —Aquella voz ronca y áspera era una oscura tentación—. Intenta librarte de mí, Lali. 
Ella casi se rió ante el reto. Pero algo en su interior la hacía arder, implorar, estrecharse más contra él cuando la alzó contra su duro cuerpo.
—Me deseas —afirmó Petrr en voz baja.
 —No quiero desearte —susurró ella en respuesta—. Duncan tenía razón en una cosa: eres peligroso. Demasiado peligroso y demasiado misterioso para lo que yo necesito. Debería haberme comportado con más inteligencia y haberme deshecho de ti la semana pasada. 
—Eres una mujer muy inteligente. —Inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos—. Lo suficientemente inteligente para saber cuáles son los brazos a los que perteneces. Lo suficientemente inteligente para saber dónde estás a salvo. 
Peter no quería forzar las cosas. Sabía que ahora no era el momento de hacerla suya de nuevo. El sentido común de Lali se rebelaría y la haría sentirse culpable cuando llegara el día, pero eso no mitigaba la adrenalina que corría por las venas masculinas. La mezcla de «polvo de afrodita» y lujuria torturaba su grueso miembro llenándolo de sangre, y sus testículos latían con fuerza contra sus muslos. Habían pasado seis años desde la última vez que había poseído a su esposa, desde que había disfrutado de la calidez y suavidad que siempre hallaba al introducirse en ella. Desde que la había devorado y lamido de los pies a la cabeza, desde que había oído los gritos de su esposa pidiéndole más. Todo lo que sentía ahora era deseo. Un deseo voraz que le impulsaba a estrecharla contra sí y reclamar sus labios. Inclinándose sobre ellos, le metió la lengua en la boca y saboreó aquel dulce y delicado sabor a pasión femenina y a vino. Quería derramar ese mismo vino sobre el cuerpo de Lali y lamerlo. Quería observar cómo el líquido se deslizaba por los pliegues femeninos y enterrar los labios entre sus muslos para beberlo. Quería emborracharse de ella, de lujuria, de necesidad y de un placer que jamás había podido olvidar. Del que nunca había podido escapar.
 —Dios, qué bien sabes —gimió él mordisqueándole los labios mientras Lali echaba la cabeza hacia atrás y lo agarraba por la nuca, hundiendo los dedos en su cabello. Oh, sabía lo que ella quería. Una dura sonrisa curvó los labios de Peter cuando, al alzarla entre sus brazos, le rozó el cuello con la barba y la sintió estremecerse. Sin previo aviso, Peter la sentó sobre la encimera y se colocó entre sus muslos. La delgada tela de los pantalones cortos de la joven no servía para protegerla de la dura longitud de su erección, cubierta por los vaqueros. Se meció contra ella, jurando que podía sentir el calor y la humedad de Lali, recordando lo estrecha y prieta que era y cómo temblaba cuando la penetraba. Los gemidos de la joven incrementaron las llamas del fuego que ardía dentro de él. Le lamió el cuello con la lengua, la acarició con la aspereza de su barba y sintió cómo ella se apretaba contra él. Ahora no los detendría ningún sheriff. Deslizó las manos por su camiseta y se percató de que Lali no llevaba puesto el sujetador. Sus hermosos pechos estaban libres y sus pezones duros y calientes. Quería saborearlos. Necesitaba saborearlos. Lali gimió, gritó ante las sensaciones que le recorrían el cuerpo. Eran peligrosas, carnales, y tan intensas que no podía pensar, que no quería pensar. El roce de la barba de Peter representaba para ella un placer oscuro y decadente, y su beso era como el vino más fuerte. Peter le hacía perder la cabeza, conseguía que se le nublaran los sentidos y que el corazón le martilleara con fuerza en el pecho. Necesitaba más. Necesitaba sus caricias. Cuando las manos masculinas se deslizaron bajo la camiseta, ella se apretó contra él, suplicando en silencio que aquellas palmas encallecidas le acariciaran los pezones, porque en ese momento lo necesitaba más de lo que nunca había necesitado nada. Más que cualquier otra cosa en el mundo. El deseo que ahora sentía por ese hombre era intenso y turbador; se le había clavado profundamente en las entrañas. Deseaba a Peter  más de lo que podía recordar haber deseado a su marido. El miedo la invadió. La sorpresa. La furia. Una furia dirigida hacia sí misma y hacia él. Lali reunió todas sus fuerzas para apartarse de él y obligarlo a soltarla, para saltar de la encimera y poner distancia entre ellos. 
—Esto es lo que no debería hacer. —Dio un paso atrás—. Esto es exactamente lo que no necesito. Ahora, por favor, aléjate de mí. Vete antes que de termine haciendo algo de lo que los dos nos acabemos arrepintiendo. Peter la miró durante un buen rato. Podía poseerla con facilidad. Podía tocarla, abrazarla, aliviar parte del dolor que veía en sus ojos. Y quería hacerlo. Lo necesitaba. Que Dios le ayudara, ¿qué le había hecho a su esposa? Ahí estaba, delante de él, mirándolo como si fuera su destrucción en vez de un hombre al que deseaba y ansiaba. Peter podía ver la culpa que la invadía. Culpa de que otro hombre pudiera conseguir que respondiera, de que otro hombre pudiera tocarla como sólo él, su marido, había hecho. Y a eso tenía que añadir aquellos malditos celos. Había partes de Thiago que no habían muerto como él había pensado. El hombre que era Peter, más oscuro, más dominante y arrogante, odiaba al hombre que había sido Thiago. Porque era a Thiago a quien ella quería. Pero era Peter quien estaba vivo y hambriento de ella. 
—Te veré mañana en el taller —le dijo finalmente, apartando de la cabeza aquellos pensamientos mientras se daba la vuelta y salía de la casa. Torturado, así era cómo se sentía. Con una palpitante y dolorosa erección y el pulso de la lujuria ardiendo como fuego líquido en sus venas.

A la mañana siguiente, Lali se arrastró fuera de la cama y caminó dando traspiés hacia la ducha. Para cuando terminó de ducharse y se dirigió a la cocina, el café ya estaba hecho gracias al temporizador de la cafetera. Se preguntó si lograría despejarse lo suficiente para llegar a tiempo al lugar donde había quedado con sus amigas, Sienna Grayson, la esposa del sheriff, y Kira Richards. Ian Richards había sido el mejor amigo de Thiago. Su boda con la famosa Kira Porter, hacía ya algunos años, había sido toda una sorpresa en la pequeña comunidad. Y todavía era más sorprendente el que regresaran cada verano a la casa de Alpine en la que Ian había vivido con su madre. Eran amigas desde hacía mucho tiempo; sin embargo, sólo durante el último año se había reunido con ellas para desayunar. A Sienna no le gustaba madrugar. Esa mañana, Lali la comprendía bien. Se sentía destrozada por los sueños que la habían atormentado durante la noche anterior. Las acusaciones de Duncan, los feroces ojos azules de Thiago clavados en los suyos con amor y dolor, y Peter, que había alargado la mano hacia ella, y que extrañamente tenía los mismos ojos de Thiago, la misma voz. Esos sueños habían sido más vividos, más aterradores, que cualquier otro sueño que hubiera tenido antes. O quizá sólo se lo había parecido porque llevaba algún tiempo sin tenerlos. Aparcó el coche delante de la casa de los Richards y vislumbró el Jeep de color marrón claro de Ian aparcado en el camino de entrada. Los Richards vivían en un rancho de una sola planta al lado del parque nacional. Rodeado de acantilados y pinos, poseía la belleza inhóspita y desolada característica de esa zona que siempre lograba robarle el aliento. Sienna aparcó detrás de ella.
 —Debería ser ilegal levantarse tan temprano, Lali —comentó su amiga cuando se bajaron de los coches—. Tendría que decirle a Rick que te arrestara. 
Lali miró a su amiga detenidamente. A pesar de su perfecto maquillaje, Sienna tenía oscuras ojeras bajo sus ojos verde lima y arrugas de preocupación en la frente. 
—Tengo que trabajar esta tarde —le recordó Lali—. Sólo puedo escaparme por las mañanas. —Frunció el ceño mientras le daba un rápido abrazo a su amiga, percatándose de que había perdido peso en las últimas semanas—. ¿Te encuentras bien? 
—¿Yo? —Sienna esbozó una sonrisa cansada—. Estoy bien. Rick ha estado muy ocupado y ya sabes cómo se pone cuando no logra resolver un caso. Todas esas muertes en un periodo de tiempo tan corto le están volviendo loco. 
—La milicia Black Collar —gruñó Lali—. Son unos bastardos. Conocía a una de las chicas que mataron.
 —Era agente del FBI. —Sienna suspiró mientras se dirigían a la casa—. No me lo podía creer cuando lo leí en el periódico. Por supuesto, Rick conocía todos los detalles, pero no me dijo nada. 
Lali sabía que Sienna llevaba años discutiendo con Rick porque él se negaba a contarle nada sobre los casos en los que trabajaba, aunque estuviera cerca de solucionarlos, y que aquello provocaba tensiones en su relación. 
—No puede contártelo, Sienna —le recordó Lali con suavidad—. Igual que Thiago no podía contarme nada de sus misiones. 
—Sí, pero tú no tenías que vivir con Thiago cuando estaba en una de sus misiones — refunfuñó Sienna—. Algunas noches ni siquiera regresa a casa —añadió con tristeza—. Odio que haga eso.
Lali no sabía qué más podía decirle. Entendía el comportamiento de Rick. Aunque Lali había comprendido que Thiago era un SEAL, Sienna jamás había aceptado la dedicación de Rick a su trabajo como sheriff.
 —Rick ni siquiera me contó el problema que tuvo con tu nuevo mecánico —dijo Sienna con un mohín cuando ya estaban delante de la puerta—. He tenido que enterarme por los rumores que corren en el pueblo.
 Intentando controlar el rubor, Lali llamó a la puerta y entornó los ojos. 
—Y te aseguro que no se equivocaron con respecto a lo del chupetón. —Sienna la miró de reojo e intentó disimular su risa—. Ese hombre sí que sabe hacer bien las cosas.
 —Buenos días, chicas. —Kira escogió ese momento para abrir la puerta e invitarlas a pasar—. El desayuno estará listo en unos minutos. Sólo me queda acabar las tortitas y podremos empezar. —Se interrumpió y miró a Lali con los ojos muy abiertos al tiempo que esbozaba una sonrisa cómplice—. Vaya, Lali, lo que se oye por ahí es cierto. Ese nuevo mecánico te ha dejado un buen chupetón, ¿no es así? 
Lali miró a su amiga con los ojos entrecerrados. 
—No quiero hablar sobre el nuevo mecánico. 
—¿El nuevo mecánico? —dijo Ian, que apareció en ese momento en la estancia—. Lali, ¿podrías decirle que luego voy a llevarle el Jeep? —Se detuvo, observó las marcas de la barbilla y el cuello de Lali, y miró a Kira arqueando las cejas. Su esposa sonrió con satisfacción. —El nuevo mecánico. Genial. 
—¿Es que acaso nunca habéis visto un chupetón?
 —Pero, ¿te has mirado al espejo? —Sienna se rió, aunque el sonido pareció forzado—. ¿O estás haciendo lo de costumbre e ignoras lo que no quieres ver? 
Lali se volvió hacia ella con los labios apretados.
 —¿Qué quieres decir? 
—Quiero decir que no sólo tienes un chupetón —se mofó Sienna—. Cariño, tu mecánico te hizo el chupetón del siglo, y lo hizo a conciencia. —Extendió la mano y tocó la marca bajo la barbilla de Lali, negando con la cabeza
—. Ojalá todas fuéramos igual de afortunadas.

 Lali  llegó al taller a media mañana y observó que había más de media docena de vehículos esperando a ser arreglados. Toby se había hecho cargo del surtidor de gasolina y varios estudiantes universitarios esperaban su turno en la tienda de suministros de la gasolinera. Rory se estaba encargando de la caja registradora en el taller cuando Lali entró en la oficina y cerró la puerta a sus espaldas. Se dirigió hacia la cafetera y, justo en ese instante, la puerta que comunicaba con el taller se abrió dando paso a Petrr. De inmediato, se sintió atraída por sus ojos. Siempre se sentía atraída por ellos. 
—Llegas tarde. ¿Va todo bien? —Peter cerró la puerta tras de sí. 
—He pasado más tiempo del que debiera desayunando con unas amigas. —Lali se encogió de hombros, se sirvió un café y fue hasta el escritorio. Casi sin darse cuenta, se ciñó la camisa que llevaba puesta. Había sido de Thiago. Estaba manchada de aceite, e imaginó que podía oler a él, aunque sabía que hacía mucho tiempo que el olor había desaparecido. Era una camisa cómoda y también una advertencia para los demás hombres. Ese día, necesitaba algo que detuviera a Peter, y rezaba para que eso funcionara. Observó cómo los ojos masculinos leían el monograma del bolsillo. El nombre de Thiago estaba bordado en él. Cuando su mirada se encontró con la de ella, Lali  pudo percibir un indicio de cólera. 
—¿Aún sigues aferrándote a él? —le preguntó suavemente con la voz más áspera de lo normal.
-Siempre. —Que pensara lo que quisiera. Había perdido las esperanzas de que Thiago volviera a casa tres años antes, pero no había olvidado lo que habían compartido. No importaba lo mucho que lo intentara.
. —Ya han pasado seis años. —Peter se sirvió un café y se sentó en la esquina del escritorio—. Demasiado tiempo para ser un frígida viuda, ¿no crees?
 —Duncan me lo dejó bastante claro anoche —le recordó—. No hace falta que me repitas el mensaje. 
Peter vio el dolor que se reflejó en los ojos de Lali y se enfureció. Era muy consciente de que se enfrentaba a unos recuerdos que él mismo compartía y eso le molestaba más de lo que quería admitir. No había esperado que ella se hiciera eso. Paralizar su vida de manera que nadie más pudiera tocarla, abrazarla. Como si fuera un animal malherido, ella se había refugiado en una madriguera para lamerse las heridas, pero éstas seguían abiertas y sangrantes. No podía culparla por ello. Él había hecho lo mismo. Se había cerrado a todo, concentrándose en el presente y en las batallas de la vida diaria. Había sido así hasta que regresó a casa y comprendió que nada era cómo él había pensado que sería. 
—Creo que necesitas vivir un poco. —Jamás había pretendido que ella estuviera sola si a él le ocurría algo. Pero, al igual que él, Lali había continuado aferrada a aquel vínculo que existía entre ellos. Peter había intentado romperlo, pero jamás lo había logrado. 
—Y yo creo que eso no es asunto tuyo. No le conociste y tampoco me conoces a mí. 
Peter gruñó al oír aquellas palabras. Bebió su café y miró fijamente la cabeza de Lali  inclinada sobre el libro de contabilidad. El había pasado por eso varias veces, intentando crear un orden perfecto. Una vez que ella había decidido salir de su estupor, se había concentrado en sacar el taller adelante. Y lo había conseguido porque, según Rory, se había negado a dormir y vivía prácticamente en el taller.
 —No necesito conocerlo —replicó Peter, apoyando el café en la rodilla sin dejar de observarla—. He tenido más que suficiente de él durante todo el tiempo que llevo aquí. Cada una de las personas que he conocido quería a ese «irlandés». —Casi escupió la palabra.
 Estaba tan celoso de sí mismo que apenas podía soportarlo. ¿Cuándo demonios habían decidido los habitantes de ese pueblo que Thiago había sido un gran hombre y que ningún otro podía comparársele? 
—Thiago tenía montones de amigos. —Ella se encogió de hombros, pasando los dedos por el borde del libro de contabilidad con expresión tensa.
 —Amigos que dejan que su viuda sufra —le recordó él—. ¿Qué sucedió, Lali? ¿Quién hizo que te dieras cuenta finalmente de que el taller estaba teniendo tantas pérdidas? Según Rory, estuviste encerrada en la casa de la colina y ni siquiera abriste la puerta durante días. ¿Cuándo te diste cuenta de que los Bedolla  estaban intentando destruirte?
 Ella apretó los labios. 
—Oh, sí, el viejo Thiago, el amado Thiago —se burló Peter—. Tan bueno, que su viuda se sintió abandonada y casi lo perdió todo mientras se encerraba en el dolor. ¿Qué demonios sucedió, Lali?
 —Te repito que eso no es asunto tuyo. —Pero su voz sonó más tensa, más afligida y su dolor desgarró las entrañas de Peter. Sabía lo que había sucedido. Su familia se había vuelto contra ella. Se rumoreaba que Mike Conrad le había ofrecido ayuda a cambio de ser su amante. Peter había tenido que contener su furia al saber aquello. Una vez que los Bedolla y el banco se habían vuelto contra ella, era difícil que alguien hubiera estado dispuesto a ayudarla. Sólo el hecho de que Thiago hubiera tenido amigos que no habían dejado de ir al taller, la había salvado de la ruina. Pero eran amigos que no tenían demasiado poder, y muchos de ellos también lo eran de Grant Bedolla o de Mike Conrad, por lo que su ayuda no había sido suficiente.
Sabía qué era lo que había querido Mike Conrad de Lali. El taller era el lugar perfecto para blanquear dinero y para que los miembros de la milicia se reunieran. Con el apartamento arriba, la fama del taller, y la buena reputación de Thiago, hubiera funcionado. El sheriff y su esposa habían permanecido fieles a Lali, aunque se rumoreaba que los amigos de Mike Conrad en el consejo municipal presionaban al sheriff para que escogiera un bando: el de Mike o el de Lali. Peter conocía a Rick Grayson, y si no formaba parte de la MBC, cuanto menos levantaba sospechas. Por suerte, el programa que Peter había instalado en el portátil de Mike les proporcionaría las pruebas que necesitaban para derrotar a aquel bastardo. A él y a sus amigos. El alcalde, uno de los amigos de la infancia de Grant Bedolla, había anulado la licencia del taller de manera ilegal, y Rory estaba asesorándose con un abogado de Odessa para demandarlo. Lo que le habían hecho a Lali era inaceptable y él no pensaba tolerarlo más. Los rumores y las habladurías que llenaban la vida pueblerina estaban allí para cualquiera que quisiera escucharlos. Y Peter había escuchado a cada uno de los clientes lo suficientemente curiosos y dispuestos a hablar con el hombre al que habían apodado «el irlandés». Había prestado atención y entre las murmuraciones había descubierto la verdad, una verdad que sólo había conseguido enfurecerlo aún más. 
—Sí que es asunto mío —afirmó Peter finalmente. La batalla que se avecinaba hubiera sido divertida si no hubiera tenido que librarla con su propia esposa. Tener que robar del corazón de Lali su propio recuerdo iba a ser un verdadero infierno.
 Observó cómo la joven levantaba la vista para mirarlo fijamente, y sintió cómo sus testículos se tensaban en respuesta. Sólo había visto esa mirada una vez en los dos años que habían vivido juntos. Lali separó los labios justo en el momento en el que la puerta que comunicaba la oficina con la tienda de suministros se abría para dar paso a Rory. La mirada de Peter se clavó en él, exigiéndole que se marchara, pero su hermano le respondió con una sonrisa y luego desvió la mirada al cuello de Lali. Ella ya comenzaba a estar harta. Menuda sorpresa, un hombre le había hecho un chupetón en el cuello. ¿Acaso nadie creía que era lo suficientemente mujer como para despertar la pasión de un hombre? Curvó los labios con ira antes de ponerse en pie, rodear el escritorio y salir dando un portazo. 
—Eres un maldito estúpido —masculló Rory mientras Peter miraba la puerta por la que ella había salido. Peter se giró hacia él. 
—Será mejor que te ocupes de ese contrato que llevas evitando todo el día. El nuevo mecánico vendrá mañana.- Rory hizo una mueca.
 —Genial, primero la cabreas y luego me envías a mí para que se descargue conmigo.
 —Hazlo —gruñó antes de ponerse en pie y dirigirse a la puerta del taller—. Y mantente alejado de mí durante un rato. 
Abrió la puerta y encontró a Lali junto al mostrador de los mecánicos, revisando la üsta de turnos. La joven frunció el ceño y luego miró en dirección al mecánico que Rory estaba a punto de despedir. Antes de que ella pudiera nada, Peter le arrancó el portapapeles de la mano, lo arrojó sobre la mesa y la arrastró de vuelta a la oficina.
 —¡Has perdido el juicio! —le gritó ella cuando la puerta se cerró tras ellos—. ¿Por qué no aparece el nombre de Timmy en la lista de turnos? Está allí, con las manos metidas en los bolsillos sin hacer nada, y quiero saber por qué. 
—Rory ha tomado cartas en el asunto —le explicó, optando por el camino más fácil—. Lo ha despedido. 
Lali entrecerró los ojos.
-Ha sido decisión de Rory o tuya? —La dulce furia sureña asomaba en su voz. Peter cruzó los brazos sobre el pecho y la retó con la mirada. 
—Rory comprendió que no hacía bien su trabajo y tomó una decisión. —Más o menos.
 —Ni hablar —rugió la joven con la cara pegada a la de Peter. Tenía los ojos grises casi negros por la ira, las mejillas enrojecidas y los puños apretados con fuerza a los costados—. Es mi taller. Mis empleados. Mis decisiones. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que Peter temió que se le desencajara. Sus labios, que formaban una línea tensa, se movieron, y él pudo observar la furia que ardía en su interior. Furia y deseo. El mismo deseo que consumía sus entrañas, y que encendió una chispa en la oscuridad que él intentaba mantener bajo control, en el ansia voraz que luchaba por no revelarle con tanta rapidez.
 —Rory jamás ha hecho nada sin preguntarme primero —siguió Lali—. Ha sido cosa tuya.- Peter se encogió de hombros.
 —Sólo se lo sugerí. 
—¡Bastardo! 
—Insúltame otra vez, Lali, y lo lamentarás —le advirtió. Ella jamás lo había insultado durante su matrimonio. Y rara vez había maldecido.
 —Eres un inadaptado y un maldito arrogante —le espetó sin medir las consecuencias. Aquello fue todo lo que Petervnecesitó para estallar. Sin darle tiempo a reaccionar, inclinó el hombro, la cargó sobre él, y se giró hacia la escalera que llevaba al apartamento, ignorando en todo momento los pequeños puños que le golpeaban la espalda, los gritos de furia, los intentos de Lali por liberarse. Su esposa no maldecía. Jamás había maldecido. Le había dirigido esa mirada recriminatoria de joven sureña cada vez que él lo hacía, preguntándole si quería que sus futuros hijos oyeran aquella sucia palabra de su boca. Casi había conseguido que él no dijera palabrotas durante dos años. Pero ahora, si ella quería decir palabrotas, iba a tener que lidiar con las consecuencias, porque eso le había puesto más caliente. Se preguntó qué otras cosas diría si usaba la persuasión adecuada. Cerró la puerta del apartamento de un golpe y luego la dejó en el suelo. Le atrapó los puños con los que pretendía golpearle la cara y le lanzó una mirada feroz.
 —¡Ya basta! -Algo brilló en la mirada de Lali, quizá una chispa de temor cuando él le soltó las muñecas y se apartó de ella. 
—No vas a despedir a Timmy —le espetó la joven mientras se ceñía aquella maldita camisa como si fuera un escudo. 
—Rory despedirá a Timmy y tú volverás a la oficina que es donde perteneces —gruñó Peter, observando el dolor repentino y abrumador que atravesó el rostro de Lali. 
—No, no lo haré. —Cuadró los hombros, alzó el mentón en actitud desafiante y lo miró con rabia—. Ni tú ni Rory podréis obligarme, Peter. Antes le prendo fuego al taller que permitir que me saques de él.
 La expresión de Lali era desafiante y furiosa, muy parecida a la que tenía la noche que él intentó obligarla a quedarse en casa en vez de salir con sus amigas. 
Peter le devolvió la mirada con el ceño fruncido. 
—Maldita sea,Lali, te estás matando ahí fuera. Es un trabajo duro y condenadamente sucio. No tiene sentido que trabajes así. Podrías irte a un Spa. Hacerte la manicura. ¿Acaso no te gustaría?

jueves, 6 de septiembre de 2012

CAPITULO 9

Peter la ayudó a sentarse mientras ella intentaba controlar sus alborotados sentidos y componer una apariencia tranquila. Observó cómo, sin camisa, Peter cruzaba a zancadas el apartamento y pasaba por la cocina para abrir la puerta que conducía al lateral del taller y la terraza. Las cicatrices de su espalda no presentaban un aspecto aterrador, pero era doloroso verlas. En el omóplato izquierdo tenía un tatuaje, un sol negro atravesado por una espada de color escarlata. Parecía tan rudo y excitante como el resto de él. E igual de peligroso. Lali empezó a sentir que el frío se apoderaba de ella. La helada realidad la atravesó cuando Rick Grayson entró en la cocina, buscándola de inmediato con su mirada color miel al tiempo que mantenía una distancia prudencial entre Peter y él. 
—¿Estás bien, Lali? —Tenía los ojos entrecerrados y la mano apoyada en la culata de su arma mientras observaba cómo Peter cerraba la puerta. 
Lali clavó los ojos en Peter. Sus ojos eran todavía más feroces que antes, más brillantes y aterradores, iluminados por un fuego interior, que conseguía que el corazón de la joven latiera a toda velocidad por la excitación y el pánico.
 —¿Lali? ¿Por qué no vienes conmigo fuera y hablamos un rato? —Rick no había apartado los ojos de Peter.
 Lali negó con la cabeza antes de pasarse los dedos por el pelo y esbozar una sonrisa burlona. Rick había hablado con ella de esa manera en el entierro. «Sólo deja que Sienna y yo te abracemos, Lali». Su esposa y él estuvieron a su lado en todo momento mientras ella se tambaleaba ante el ataúd de Thiago. «Todo irá bien, Lali. Ya verás. Todo irá bien. Estaremos aquí un minuto y luego se acabará todo». Rick era el marido de su mejor amiga. Sienna había llorado y sufrido con ella. Y Rick había tratado de consolarla como si fuera una niña que necesitara una mano que la guiara.
 —Rick, éste es Peter Lanzani. —Señaló a Peter con la mano.
 Estaba apoyado contra la encimera de la cocina con los brazos sobre el pecho desnudo y le daba la espalda para mirar al sheriff 
 -Rory lo contrató.
 El sheriff no le quitó la vista de encima mientras ella se obligaba a ponerse en pie. Lali  no quería moverse. Quería hacerse un ovillo y hacer desaparecer el dolor que crecía en su interior.
 —Lali, cariño, tienes la barbilla magullada —le dijo Rick—. Ven afuera conmigo un minuto, ¿quieres? 
Lali se frotó la barbilla y frunció el ceño antes de acercarse al espejo que colgaba de la pared. Se pasó los dedos por la pequeña magulladura y luego por el cuello, donde estaba apareciendo otra marca. 
—El también tiene sus propias magulladuras —afirmó, dirigiéndose a Rick—. Me hizo un chupetón y yo le hice otro. 
Rick la miró con los ojos entrecerrados y ella sintió que un profundo dolor le desgarraba las entrañas. 
—No tenemos nada de que hablar, Rick. —Recogió el bolso y se dirigió a la puerta.
-Yo creo que sí, Lali. —El sheriff se movió entre ella y Peter. ¿Para protegerla? 
Lali  miró a Peter y vio la advertencia en sus ojos. No, nadie se interpondría entre ellos y sobreviviría a menos que él lo permitiera. Pero, por ahora, Peter se limitaba a observar y esperar. Ella se volvió hacia Rick.
 —Nos interrumpiste cuando estábamos a punto de cometer un error y de veras te lo agradezco. —Su sonrisa era quebradiza y temblorosa—. Pero no fue culpa suya. Creo que fui la primera en morder, aunque puedes preguntarle su opinión si quieres. En lo que a mí respecta, me voy a casa. 
—Lali, alguien llamó para informar que estabas siendo acosada por este hombre. —Rick la cogió del brazo cuando pasó por su lado—. Tengo a mis ayudantes tras esa puerta. Estás protegida, cariño, lo sabes. ¿Quieres que eche a este hombre? 
Ella le miró sorprendida.
 —¿Qué? 
—Ya lo has oído, Lali —dijo Peter con voz áspera—. Cree que te estoy acosando y quiere meterme en la cárcel por ello. ¿Vas a aprovechar la oportunidad de deshacerte de mí? 
—Cállese. —Rick se volvió hacia él con una tensa expresión de cólera—. No le conozco, pero sé que ya ha tenido un encontronazo con un ciudadano de este pueblo. Y no me importa quién sea usted. No permitiré que presione a Lali. —El no ha hecho nada excepto conseguir que pierda la paciencia —intervino la joven—. Por el amor de Dios, Rick, usa los ojos en vez de dejarte guiar por las sospechas. Mírale los hombros. —Agarró el picaporte y le dirigió a Peter una mirada fría y dura.
-Arréstame a mí por los arañazos que le he hecho, pero déjale en paz. -
Eso era entre ellos dos. Peter y ella  lo sabía. No permitiría que nadie más interfiriera en aquel asunto. No ahora. Cuando la puerta se cerró tras ella, Petrr miró al sheriff y contuvo una sonrisa burlona. Rick Grayson era un buen hombre. Había sido marine. Confiaba en la ley. Creía en el condado que había jurado proteger. Pero eso no quería decir que no estuviera en la lista de nombres que Peter pensaba comprobar, ni que confiara en él. Peter había aprendido de la peor manera posible que no se podía confiar en nadie 
—¿Tiene alguna identificación? —Rick estaba fulminándole con la mirada. Peter  bajó la mano, ignorando la manera en que el sheriff sujetaba la culata del arma. Sacó la cartera del bolsillo trasero y la abrió antes de mostrársela. Rick tomó la identificación, la miró y se la devolvió lentamente. 
—Lali es una buena amiga, señor Lanzani. —Era una advertencia—. Y en este pueblo cuidamos de nuestros amigos. 
—¿En serio? —Peter arqueó una ceja con aire burlón. No había notado que se hubieran esmerado mucho en proteger a Lali.
—. Bien, sheriff Grayson, me alegra saberlo. Y estoy seguro de que Lali también se lo agradecerá. 
Rick le sostuvo la mirada con serenidad. 
—No le haga daño se las verá conmigo —le advirtió finalmente antes de encaminarse a la puerta. Una vez allí, se giró y volvió a brindarle una dura mirada—. Ándese con cuidado, señor Lanzani, no es bueno tenerme como enemigo. Y tenga por seguro que si le hace daño a Lali  se convertirá automáticamente en mi enemigo.
 Rick abrió la puerta y salió. La puerta se cerró a sus espaldas con suavidad, pero sus palabras habían cargado el aire de tensión. Peter bajó la mirada a sus manos. Unas manos llenas de cicatrices. Había agarrado a Lali como si ella no fuera frágil ni débil, pero él sabía que lo era. Le había dejado marcas. En toda su relación, jamás le había hecho una sola marca; siempre había tenido cuidado de ello.
Se frotó el hombro y vio una mancha de sangre en los dedos. Le palpitaba el labio y la marca que ella le había dejado en el pecho. Lali  había sido salvaje. Ambos lo habían sido. Como si de repente se hubieran liberado algo y se hubiera desatado la lujuria de ambos. Peter iba a asegurarse de liberarlo de nuevo. 
Lali cerró la puerta de su casa de un portazo. La gruesa madera de roble resonó ante la violencia del acto y atravesó sus nervios con una aplastante oleada de tensión. Podía sentir las sensaciones eléctricas por todo el cuerpo, vibrando en su mente y envolviéndola en una abrumadora marea de pánico. Oh, Dios, ¿qué había hecho? Dejó caer el bolso al suelo y subió a su habitación a toda velocidad. Se arrancó las prendas que la cubrían, las arrojó a la cesta de la ropa sucia, y puso el agua de la ducha tan caliente como pudo antes de colocarse bajo el chorro y frotarse el pelo y la piel. Quería arrancar de su cuerpo las sensaciones que él había provocado. Quería quitarse su olor. Todavía podía olerlo. Todavía podía sentirlo. Apoyó la cabeza contra la pared de la ducha y respiró hondo, conteniendo un sollozo. La había tocado otro hombre.  la necesidad de alcanzar el éxtasis, de sentir las caricias y los besos de otro hombre.
Peter era sólo una sombra cuando la Harley aceleró y se alejó de su vista. No dejó de mirar los faros traseros hasta que ya no pudo verlos. Después bajó de nuevo la mirada al sonriente rostro de Thiago . Una lágrima cayó sobre el cristal. 
—Me dejaste —musitó otra vez—. ¿Qué voy a hacer, Thiago? Dímelo. —Sintió que se quedaba sin respiración y que se le encogía el estómago con el dolor de la pérdida—. Dime, ¿qué voy a hacer ahora?

Peter estacionó la Harley en el aparcamiento oculto donde estaban los demás vehículos de la unidad de Operaciones Especiales. Apagó el motor e inspiró profundamente. Maldición, no deseaba estar allí. Había querido subir la colina hasta la casa y pasarse la noche haciendo el amor con aquella esposa que le hacía sentir más caliente que el fuego en invierno y que le fascinaba más ahora que hacía seis años. Negó con la cabeza. Volver a conocerla otra vez, descubrir todo aquello que le había ocultado su mujer cuando estaban casados, sólo reforzaba el temor de haber cometido el mayor error de su vida al haber creído que Lali no podría soportar el horror al que le habían sometido. Llegaba tarde a la reunión porque había estado dando vueltas en aquel condenado apartamento, jurando que podía sentir a Lali. Lo habría jurado, habría jurado sobre una pila de Biblias que la había oído susurrar su nombre. Y no había sido la primera vez. Había ocurrido en demasiadas ocasiones a lo largo de los últimos años. Durante los terribles meses que pasó en el infierno de Fuentes, había creído muchas veces que su Lali estaba a su lado. Limpiándole la frente, con los ojos llenos de lágrimas, rogándole con voz angustiada que la dejara ayudarlo. Entonces intentaba tocarla, y veía sus propias manos ensangrentadas por los intentos de escapar o por los guardias que había intentado matar. Y ella lloraba. En esas horribles pesadillas ella siempre lloraba.

En cuando llegó a la carretera principal, encendió las luces y tomó el camino de vuelta al taller. La casa en la colina estaba a oscuras. No había luces, nada que indicara que allí hubiera alguien. Pero Lali no dormía. Estaba observando. Podía sentirla. Y el coche de Duncan no estaba allí, lo que quería decir que ella no le había invitado a tomar una copa. Aparcó la Harley, se bajó y se quedó mirando la ventana del dormitorio que había compartido con Lali. Sabía que su esposa todavía dormía en la misma cama. ¿Seguiría abrazándose a la almohada de Thiago o se habría deshecho de ella? Negando con la cabeza, subió las escaleras del apartamento que había encima del taller, sabiendo incluso antes de desconectar la moto qué le esperaba arriba.
 —Te estás buscando problemas —le advirtió Rory cuando puso el pie en la terraza. Su hermano se levantó de la silla de plástico que había junto a la puerta y lo miró fijamente mientras Peter, con el ceño fruncido, abría la puerta y entraba. El apartamento estaba en silencio, vacío. Justo cómo debía estar. La fina cuerda que le servía para detectar la entrada de cualquier intruso permanecía intacta entre el marco y la puerta delantera, y Peter recuperó el palillo que todavía estaba pegado en la cerradura de la puerta trasera. Aun así, entró sin hacer ruido, sintiendo que Rory le seguía en silencio, y revisaron juntos el apartamento antes de entrar en la cocina.
-Maldición, necesito algo más fuerte que una cerveza —suspiró Rory mientras sacaba dos botellines del frigorífico y le ofrecía uno a Peter
—. Me ha llamado Duncan Sykes para echarme una buena bronca por haberte contratado. Afirma que tú eres el responsable de que Lali haya anulado su cita de esta noche. 
Peter se permitió sonreír con satisfacción. 
—Yo me encargaré de ella. —Giró el tapón de la botella y lo lanzó al cubo de la basura antes de tomar un largo trago. 
—Eso es lo que dijiste la otra noche —gruñó Rory con los ojos azules encendidos de ira—. Maldita sea, tuve que verla llorar cada vez que posaba sus ojos sobre mí durante casi dos años. No podía soportar mirarme. Y ahora que parece a punto de recuperar su vida, apareces tú, y en lugar de decirle quién eres, pones su mundo patas arriba. 
—No me cabrees, Rory. —Peter no quería escucharlo
—. ¿Para qué has venido aquí esta noche? Rory soltó un bufido.
 —El abuelo se cansó de verme dar vueltas por la casa. Me dijo que me pegaría un tiro si no me largaba. Peter casi soltó una carcajada. Típico de su abuelo. —Puedes usar el cuarto de invitados. —Petrr se encogió de hombros—. Por cierto, despide a Timmy. Que sea lo primero que hagas por la mañana. 
Rory lo miró cada vez más irritado. 
—Vamos, Peter. Timmy es el único soporte económico de su madre. 
—No, no lo es. Sólo pierde el tiempo fumando detrás del taller cuando nadie mira, y le cuenta a Mike Conrad todo lo que hace Lali. Échalo. 
—Maldita sea. Fue Lali quien lo contrató. Volverá a cabrearse conmigo. 
—No te morderá. —Peter volvió a encogerse de hombros. No, no mordía, pero podía conseguir que cualquier hombre se quedara paralizado ante su furia. Si estaba cabreada, tiraba a matar. Cuando se le llenaban los ojos de lágrimas y comenzaba a tirar cosas, era el momento de retirarse a las colinas hasta que se calmara. No era violenta; sin embargo, sabía cómo hacer que un hombre se sintiera miserable con sólo una mirada. 
—Puede que no muerda, pero sabe muy bien cómo pararle los pies a cualquiera — comentó Rory—. La primera vez que intenté apartarla de los coches y meterla en la oficina, me dio un puñetazo en la mandíbula. 
Peter disimuló su sorpresa. Lali jamás le había pegado. Ni siquiera le había dado un puñetazo a la almohada cuando estaba enfadada.
 —Duerme un poco. —Señaló el dormitorio con la cabeza—. Tengo que salir de nuevo. 
—Puedo ir contigo. —Rory se puso en pie—. Sé cómo cubrirte. Tú me enseñaste. -Bueno, eso era cierto. Hacía toda una vida de ello. 
—Esta noche no. —Peter negó con la cabeza. No quería testigos, ni sombras, ni nadie que le siguiera la pista. Y sin duda alguna, no quería que Rory se viera envuelto en todo aquello—. Duerme un poco. Mañana tendrás que lidiar con Lali. 
—Maldito seas —masculló Rory haciendo una mueca—-. Volverá a darme otro puñetazo.
 —No te acerques a ella cuando se lo digas. Tiene un swing corto. —Peter se dirigió a la puerta, la abrió y se deslizó en la noche. 
Lali no estaba segura de poder mantener alejado a Duncan con la pobre excusa que le había dado. En un principio había pensado que no tendría problemas porque él jamás había protestado cuando había tenido que cancelar una cita, o porque la relación que mantenían era tan platónica que casi era ridícula. Ya era tarde cuando oyó su coche deteniéndose en el camino de entrada. Estaba sentada en la salita terminándose la botella de vino que Duncan había abierto unos días antes. Al mirar hacia la ventana donde se reflejaban las luces del vehículo, Lali se dio cuenta de varias cosas a la vez. Por alguna razón, los hombres creían que era una persona fácil de manejar. Thiago la había visto como a una débil e indefensa mujer a la que tenía que proteger. Duncan se burlaba a menudo sobre su «pasatiempo favorito», el taller. E incluso Rory parecía cuestionar cada movimiento que hacía últimamente. Y ahora, ni siquiera podía cancelar una cita sin que alguien cuestionara su decisión. Se levantó del sofá, se estiró la camiseta que llevaba sobre unos pantalones cortos de seda y se dirigió a la puerta con la copa en la mano. Al abrirla, miró fijamente la expresión de irritación que manifestaba el atractivo rostro de Duncan mientras levantaba los nudillos para golpear la puerta. Estaba vestido con la misma pulcritud de siempre. Una camisa de manga corta blanca, pantalones de pinzas color beige y mocasines negros. Siempre lo había visto arreglado y perfectamente peinado, y esa noche no era una excepción. Duncan observó la copa y el rostro de Lali, antes de reparar en la barbilla y el cuello femenino. Sí, ella sabía que las marcas seguían allí. Una en la mandíbula y otra en el cuello. Eran marcas diminutas, pero pensar en el placer que había recibido a cambio hacía que se le revolviera el estómago por la culpa... y el deseo. 
—¿Puedo pasar? —preguntó él. Su voz suave se contradecía con lo que sentía. Sonaba paciente, afectuoso. No obstante, Lali  podía ver la ira que irradiaban sus ojos. 
—Claro. —La joven dio un paso atrás, tomó un sorbo de vino y permitió que él pasara—. Ya es medianoche. ¿No es un poco tarde para salir de casa? 
—No tengo toque de queda. —Ahora ya no disimulaba su furia. Lali se pasó los dedos por el pelo y regresó a la salita. Ese era su santuario, una habitación en la que Duncan raras veces entraba. Prefería la cocina, y nunca había subido al segundo piso. Sin embargo, la siguió, deteniéndose en el umbral, frente a la chimenea, y clavó los ojos en la repisa de ésta mientras Lali se sentaba en uno de los sillones y doblaba las piernas bajo el cuerpo. Había un indicio de incomodidad en la cara de Duncan, un destello de dolor que hizo que Lali sintiera una opresión en el pecho. El había sido un buen amigo durante años, y habría sido un buen amante o marido, si su cuerpo, su corazón, hubieran estado dispuestos a aceptarle. 
—No has retirado sus fotos —dijo Duncan en voz baja—. Como si pensaras que, cualquier día, volverá a casa. Que entrará por la puerta con los brazos abiertos.
 Lali miró la repisa de la chimenea y luego la larga mesa junto a la ventana donde había más fotos. Quizás debería haberse deshecho de ellas antes, pero no había podido. 
—Dejar de pensar en él no ha sido fácil. —Se encogió de hombros con incomodidad—. Pero estoy segura de que no has venido a estas horas de la noche para hablar conmigo sobre si mi marido volverá o no a casa. 
—Thiago está muerto, Lali —le recordó él con impaciencia—. Tú jamás has aceptado ese hecho. Ésa es la razón por la que nuestra relación no ha avanzado. Porque tú no puedes aceptar que él se ha ido.
A Lali le había llevado tres años aceptar que Thiago no volvería nunca y durante todo ese tiempo había tenido aquellas horribles pesadillas. Al principio habían estado llenas de sangre y, más tarde, de furia y dolor. La joven había estado convencida de que su marido seguía vivo, de que estaba herido, y en esas pesadillas Thiago le rogaba que fuera con él. Luego, una noche, dejó de tenerlas, y Thiago desapareció de su vida para siempre. 
—Sí —dijo ella asintiendo con la cabeza—. Acepté eso hace mucho tiempo, Duncan. Pero te advertí, cuando comenzamos a salir, que no estaba buscando amor. 
El apretó los labios con ira. 
—Ni sexo —escupió—. Apenas me has dejado besarte, aunque, al parecer, los rumores de que te acuestas con el nuevo mecánico son ciertos. —La señaló con el dedo—. Reconozco un chupetón cuando lo veo. 
—No estoy acostándome con Peter. -Lali tuvo que contener la frustración y la ira—. No importa lo que la gente vaya diciendo por ahí.
 —Pues te aseguro que no estás haciéndolo conmigo —replicó Duncan, entrando en la habitación—. Dime, Lali, ¿todas estas fotos te dan calor por la noche? —Levantó el brazo para señalar la repisa de la chimenea y la mesa—. ¿Te darán hijos? ¿Te abrazarán cuando llores por él?
 Iba alzando la voz, a medida que la cólera aumentaba en su interior. Finalmente, Duncan se había dado cuenta de que las advertencias que ella le había hecho los meses pasados habían sido sinceras. No quería más que su amistad.
 —¿Quieres abrazarme mientras lloro por él? —preguntó la joven con frustración. Se levantó del sillón y cogió la botella de vino y el vaso antes de salir de la salita—. ¿Es eso lo que quieres, Duncan? 
Colocó el vaso y la botella sobre la encimera en forma de L de la cocina antes de girarse hacia él. 
—Acaso cuando Peter te marca la cara y el cuello, ¿lloras por Thiago después? —se burló Duncan de una manera odiosa y repulsiva, siguiéndola a la bien iluminada cocina. 
—Detente. —Lali lo miró con cautela por encima del hombro y se movió al otro lado de la encimera, donde se sentía más segura. Jamás había visto a Duncan tan furioso. De hecho, no recordaba siquiera verlo ligeramente enfadado. Pero estaba claro que en ese momento sí lo estaba y mucho. Lo miró tras la pobre protección que le ofrecía la encimera, observando aquella amarga cólera en su cara y también en sus ojos. Tenía los labios apretados y la expresión tensa. —Crees que no sé por qué dejaste que el mecánico llegara tan lejos, ¿verdad? —la acusó con furia—. Te estás engañando, Lali. Lo sabes. 
—Es medianoche, Duncan —dijo la joven—. No me apetece discutir este tema ahora, de lo contrario, te habría invitado a venir. No estas en posición de cuestionar mis actos o mis decisiones. 
—El es como Thiago —afirmó fulminándola con la mirada—. Por eso lo quieres. Por eso has permitido que te marque, porque te recuerda a Thiago. Pero no es él, Lali.
-Vete. —Lali se irguió lentamente y se dirigió al teléfono seguida por la desdeñosa mirada de Duncan—. Quiero que te vayas ahora mismo. —
--¿Porque no puedes soportar la verdad?
-Porque estás fuera de ti —respondió Lali. Cogió el teléfono y fulminó a Duncan con la mirada antes de añadir
—: Vete. -Él miró el teléfono. —Venga, llama a ese hijo de perra —la instó—. Vamos, Lali, hazlo. Estará por ahí con cualquier prostituta porque tú no eres lo suficientemente mujer para retener a un hombre en casa. No a un hombre como Thiago, ni, desde luego, a un desgraciado como Peter Lanzani.
-Entonces no te importará irte, ¿verdad? —le espetó ella fríamente. 
—¡Ni hablar! —Él la sorprendió al acercarse rápidamente, y Lali se dio cuenta de que Duncan estaba mucho más furioso de lo que había creído en un principio. Había marcado ya el primer dígito del 911 cuando el teléfono salió volando de su mano. Reaccionando rápidamente, la joven se echó hacia atrás para evitar la mano que intentaba agarrarle la muñeca. Justo en el momento en que los dedos de Duncan se cerraron sobre ella, se oyó un gruñido furioso. Una mano más grande, más ancha y más morena apresó la muñeca de Duncan y, ante la mirada estupefacta de Lali, la apretó y la retorció hasta poner a aquel bastardo de rodillas obligándole a soltar un grito agudo, casi femenino. Lali  miró alarmada a Peter, tomando nota de la camiseta y del chaleco de cuero, de los vaqueros descoloridos y los zahones negros. De las botas de motorista y la expresión gélida de aquel rostro que parecía cincelado en piedra. Si la joven no intervenía de alguna manera, Duncan sería hombre muerto. La furia helada de Peter  era más profunda esta vez que cuando había apretado entre sus dedos el cuello de Mike Conrad. 
—Estoy cansada de que te dediques a atacar a los hombres que me rodean, Peter —le dijo con firmeza, sin cólera, como si simplemente estuviera haciendo una observación—. Podría haberme encargado de él yo sola, ¿sabes? 
Peter la miró mientras Duncan jadeaba a sus pies.
 —Suéltalo. —Ella arrugó la nariz como había hecho con Thiago  las pocas veces que le había visto enfadado de verdad—. No merece la pena que manches el suelo de sangre. De verdad, eso sólo conseguiría cabrearme.
 —Sé cómo deshacerme de un cuerpo —replicó él, deslizando la mirada por la camiseta y los pantalones cortos que ella vestía—. Sería muy fácil.
 —Oh, estoy segura de ello, pero luego me remordería la conciencia y tendría que contárselo a Rory. —Lali se encogió de hombros con despreocupación—. Aunque, al menos, tendría una buena excusa para hacer que Rory te despidiera. 
—Te aseguro que él me ayudaría —rugió Peter. 
Pero ella empezó a vislumbrar una grieta en su coraza de hielo
—. ¿Por qué no te dejas de rodeos y me dices lo que quieres en realidad, Lali? —Que dejes de comportarte como un matón y que sueltes a Duncan antes de que os eche a los dos a patadas de mi casa y llame al sheriff —le respondió ella a gritos, porque ya estaba cansada de tener que tratar con hombres testarudos. Él arqueó una ceja. —Suéltalo, maldita sea. —Recogió el teléfono que había caído del soporte y lo colgó mientras les dirigía a ambos una mirada indignada. Al menos, Peter  había aflojado los dedos que apresaban la muñeca de Duncan—. Va a acabar vomitando si no lo haces y no quiero tener que pasarme la noche limpiando. 
Duncan, desde luego, parecía a punto de vomitar. La presión en su muñeca tenía que ser muy dolorosa, aunque Peter parecía sujetarlo como si no le costara ningún esfuerzo.
-Lárgate. —Peter lo soltó lentamente y dio un paso atrás permitiendo que Duncan se levantara con dificultad. El que antes había sido un modelo de pulcritud, tenía ahora la camisa arrugada y sus pantalones estaban sospechosamente húmedos en la entrepierna, pero Lali  no se molestó en mirarlo. Se sentía como si ella misma fuera a vomitar cuando Duncan se apresuró a salir de la casa. Peter lo acompañó hasta la puerta, cerró de un portazo y luego regresó a la cocina. Apoyando las manos en la encimera, la joven inclinó la cabeza e intentó controlar la ira y el dolor que la invadían. Maldición. Hasta ahora, siempre le había caído bien Duncan, y juraría que había discutido ampliamente con él sobre todas aquellas cosas irritantes del amor y del sexo, y las razones por las que no estaba preparada para comprometerse. 
—Jamás deberías haberlo dejado entrar en casa. —Peter se detuvo delante de la encimera—. Por el amor de Dios, Lali, creí que a estas alturas sabrías que no era prudente permitir que ese hijo de perra te viera mientras llevas mi marca. 
Ella siguió con la cabeza inclinada. ¿Cuántas veces se había reído de Thiago cuando le había dicho algo parecido? Siempre lo hacía cuando estaba irritado con ella o cuando simplemente se comportaba como un hombre. Tendría que haber sido más prudente la vez que se había marchado sola con Sienna, durante su primer año de casados, porque cuando se emborrachó y se torció el tobillo, él no había estado allí para impedirlo. Debería haber sido más prudente la vez que había intentado arreglar una fuga de agua del sótano ella sola, porque había acabado empapada y el sótano se inundó. Y, como esos, había habido cientos de ejemplos en los que Thiago  siempre le había reprochado su falta de prudencia.
—¿Por qué no te marchas tú también? —le preguntó alzando la cabeza—. Ya deberías saber que no es prudente cabrear a una mujer que ya está cabreada.
Y ella debería haber sido más prudente al permitir que Rory se hiciera cargo de la contratación del personal. 
—Lali, pequeña, mírame —dijo él con voz ronca—. Si te hubiera hecho daño, habría tenido que matarle. Me habría encantado matarle.
 —Y luego yo hubiera tenido que cargar con la culpa. —Lali  ladeó la cabeza con una sonrisa amarga en los labios.
 —No. El único culpable aquí es él, por ser lo suficientemente estúpido como para tocarte. ¿Acaso no sabes que los hombres aún no han aprendido a mantener las manos apartadas de aquello que no les pertenece?- Lali  alzó la cabeza sorprendida. 
—¿Crees que te pertenezco?
 No se sobresaltó cuando Petrr extendió la mano para tocarla. Aunque, durante años, había tenido que contener un estremecimiento cada vez que otro hombre intentaba acariciarla y besarla.
 —No le perteneces a él. —Acarició con la punta del dedo la rozadura que le había provocado su barba en la barbilla—. La testosterona es a veces muy peligrosa. Deberías haber esperado antes de hablar con él.

martes, 4 de septiembre de 2012

CAPITULO 8

¿Cómo te estoy poniendo la vida patas arriba, Sabella? —
Una vez, hacía mucho tiempo, lo habría sabido. Habría conocido a la mujer que tenía delante, y hubiera jurado que podría anticipar cada pensamiento y cada movimiento que ella hiciera. Sin embargo, por muy doloroso que le resultase, debía admitir que realmente había sabido muy poco de ella. La esposa de Thiago jamás habría entrado a la fuerza en la oficina. Demonios, jamás se le habría ocurrido intentar arreglar un coche, ni le habría hecho bajar la vista. La mujer que había pertenecido a Thiago le había ocultado partes de sí misma, igual que Thiago se las había ocultado a ella. Aun así, la mujer que tenía delante iba a pertenecer a Peter. 
—Crees que puedes dominarme ¿verdad? —le preguntó suavemente Lali—. Que puedes entrar aquí y tomar todo lo que quieras. 
Él entrecerró los ojos. Lo había pensado, sí. Aunque ella pronto le había desengañado de esa idea.
 —Yo sólo necesito un trabajo. —Peter forzó una sonrisa y observó cómo la joven escrutaba su rostro. 
—Lo que necesitas es tener el control sobre todo y sobre todos —afirmó alejándose de él y dirigiéndose al escritorio—. Tener a todos metidos en un puño, acatando tus normas. 
Peter se giró y observó cómo se apoyaba contra el escritorio. Llevaba el pelo recogido en una coleta y tenía la cara, el cuello y los vaqueros manchados de aceite. Y era la imagen más bella que él hubiera visto jamás. Toda una mujer, segura de sí misma, poseedora de una feminidad casi abrumadora. De pronto, una oleada de lujuria atravesó el control de Peter e hizo que se estremeciera de pies a cabeza. 
—No voy a negar que te deseo —le dijo. Ella agrandó los ojos. 
—No te lo he preguntado. 
—Estoy cansado de esquivar el tema —gruñó él—. Estamos jugando un juego que comienza a irritarme, Mariana. 
Una sonrisa burlona curvó los labios femeninos. 
—No te necesito, Peter. Por si no te has dado cuenta, tengo una relación estable. No necesito otra.
 —No te acuestas con él —afirmó acercándose a ella. La cólera iluminó las profundidades de los ojos grises. 
—¿Cómo lo sabes? 
—Porque, ahora mismo, tienes los pezones duros —le espetó él, bajando la vista a las pequeñas cimas que se erguían orgullosa-mente contra la tela
—. Porque estás haciendo todo lo que puedes para apartarte y acercarte a mí al mismo tiempo. Porque sientes la química que hay entre nosotros igual que yo. Mariana  respiró hondo y deseó no haberlo hecho, porque debajo del olor a aceite estaba el olor a hombre. A sudor húmedo y lujurioso, poderoso. Aquellos penetrantes ojos, la tensión que llenaba su cuerpo, que la envolvía, le recordaba que hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre. Desde la última vez que Thiago la había tocado, se recordó a sí misma con desesperación.
 —-No quiero hablar de eso. —Se apartó del escritorio y se dirigió a la puerta, sólo para encontrarse con un cuerpo mucho más grande que el suyo bloqueándole el camino.
 —Ignorarlo no va a hacer que desaparezca —le aseguró Peter con suavidad, cogiéndola por los hombros y manteniéndola inmóvil.
 —No tengo que ignorar algo que no va a ocurrir y que ni siquiera existe —replicó ella con aspereza, alzando la cabeza de golpe para enfrentarse a él.
 —Va a ocurrir.
Lali se quedó quieta. Debería luchar contra Peter, correr, gritar o algo por el estilo. Cualquier cosa salvo permanecer allí parada, sintiendo cómo se le aflojaban las piernas mientras él bajaba la cabeza para acercar inexorablemente sus labios a los de ella, sin dejar de sostenerle la mirada un solo instante.
 —No lo hagas —susurró la joven cuando sus labios estaban a un aliento de los de suyos—. No lo conviertas en una guerra.
 —Ya es una guerra —sentenció él con aquella voz ronca y áspera. Extrañamente, ella percibió en ese momento las cicatrices que había bajo la barba
—. Bésame, Mariana. Lo estás deseando. Los dos lo deseamos.- Estaba hablando contra sus labios y ella los separó involuntariamente. Sus manos se aferraron a la cintura masculina, mientras algo en su interior palpitaba con anhelo, con ansia. 
—Ya basta. —Dio un paso atrás, pero él la atrajo hacia sí. Antes de que Lali pudiera reaccionar, antes de que pudiera escapar, la inundó una oleada de placer. Los labios de Peter se posaron sobre los suyos, cubriéndolos y separándolos hasta que ella se sintió perdida. El beso hizo que vibrara en lugares que no sabía que pudieran vibrar y se sintió invadida por una fuerza oscura, dominante y posesiva. Al cabo de unos segundos, Peter la empujó contra la puerta, la alzó hacia su cuerpo y le introdujo la lengua en la boca mientras Lali oía su propio grito, mezcla de miedo y un abrumador placer.
 —Esto es lo que quieres —la acusó levantando la cabeza de golpe, con la lujuria llameando en sus ojos y haciendo que la sangre ardiera en las venas de la joven—. Quieres esto, Mariana. Así de caliente y descontrolado. Ten cuidado, cariño, ten mucho cuidado, o puede que lo consigas antes de que estés preparada para ello. 
La mirada de Lali se clavó en la de él con sorpresa. El placer la atravesaba; el oscuro poder de aquel beso dominante había despertado algo que ella no quería admitir. Algo para lo que no estaba preparada. Se apartó lentamente. 
—Dile a Rory que lo veré a la hora de cerrar. 
—¿Huyes? —gruñó él cuando ella se giró, encaminándose hacia la puerta que daba al aparcamiento.
 Lali se volvió hacia él y lo recorrió con la mirada, percatándose del grueso bulto en los pantalones, de la voracidad que brillaba en sus ojos. 
—Mantente alejado de mí, Peter —le dijo en tono sombrío—. No te necesito. No te deseo. Todo lo que quiero es que te vayas. 
Mentiras. No eran más que mentiras y ella las reconoció mientras salía de la oficina y recorría casi corriendo la distancia entre el taller y la casa de la colina. La casa que había compartido con el único hombre capaz de hacer lo que acababa de hacer Peter. El único hombre que había despertado un deseo que ella no podía controlar, que no podía combatir. Si no se alejaba de él ya, Lali sabía que se expondría de nuevo al dolor y a la pérdida. Peter no era de los que se quedaban. No era de los que amaban para siempre. No era su marido.
Lali logró evitar a Peter al día siguiente, y al siguiente. Podía sentir su mirada sobre ella cuando estaba trabajando en la oficina. Cuando él entraba allí, la joven se escapaba a la tienda de suministros. Si estaba trabajando en el taller, se colocaba lo suficientemente lejos de él como para poder ignorar la áspera voz masculina. Estaba segura de que a Peter le había ocurrido algo en la voz. Surgía de lo más profundo de su garganta y era demasiado áspera y ronca. Las cicatrices de la cara y la fina red de marcas que se adivinaban bajo el vello de los musculosos brazos hacían que la joven se preguntara por aquéllas que había vislumbrado bajo el cuello de la camiseta. ¿Qué le había sucedido? Era difícil marcar a un hombre tan fuerte como él de una manera tan horrible. No importaba dónde estuviera, Lali sentía su mirada sobre ella y recordaba aquel beso que la había hecho arder y que la había dejado débil durante horas. Pudo sentir esa misma tensión creciente la tarde siguiente. Cada vez que él intentaba hablar con ella, cada vez que se movía en su dirección, Lali se dirigía hacia otro lado. No quería tratar con él. Su vida estaba bien así. Estaba bien sola. Una cita de vez en cuando era suficiente. Y aunque Duncan quería más, su relación aún no había llegado al punto donde tendría que romperla. Le gustaba su compañía, su risa. Por el contrario, temía la intensidad de Peter. Logró esquivarlo durante un día más, hasta la hora del cierre. Rory y los demás ya se habían ido, y ella estaba sola en la oficina cuando Peter entró. 
—Tenemos que hablar —le dijo mientras ella metía la cartera en el bolso y sentía cómo se aceleraba el ritmo de su corazón. 
—No tengo tiempo —se excusó ella—. Tengo una cita esta noche y no puedo retrasarme más.
.—Ni hablar. Cerró la puerta de una patada y echó el cerrojo con un chasquido, haciéndola sobresaltarse por la ferocidad que demostraba. Luego, antes de que ella pudiera esquivarle, la agarró por la muñeca y la condujo a las escaleras que llevaban al apartamento del primer piso. 
—¿Qué demonios... ? 
—Deja de huir de mí, Mariana —gruñó Peter, instándola a subir las escaleras—. Vamos a terminar con esto ahora mismo.
 —¿Terminar el qué? —Ella se soltó de su mano en cuanto entraron en el apartamento que una vez había compartido con Thiago. Lali  debería gritar, debería intentar patearle, golpearle. No dejar que la arrastrara hasta aquel apartamento sin oponer la más mínima resistencia. Sobre el sofá reposaba una mochila de cuero y había una caja en la cocina con algunas provisiones. Evidentemente, se había estado instalando. Allí, donde Thiago y ella habían hecho el amor, donde se le había declarado, donde se habían acostado por primera vez. De pronto, pensar en otro hombre en aquel lugar le resultó intolerable.
. —Quiero que te vayas de aquí. —Se volvió hacia él, temblando al ver las posesiones de otro hombre en el espacio de Thiago—. Ahora mismo. ¡Vete! Una neblina de calor la invadía. Era furia. Se dijo a sí misma que sólo era furia y nada más. El soltó un bufido.
. —Rory ha tenido la amabilidad de traerme provisiones mientras yo estaba dejándome el trasero en esos coches de ahí abajo — le dijo—. No me voy a marchar.
 —No quiero que estés aquí. Vete antes de que llame al sheriff. —Lali estaba furiosa. El le sostuvo la mirada como si fuera el dueño del apartamento, del taller y de ella, y lo estuviera presionando demasiado. Pero Lali no pensaba rendirse. Lo quería fuera de su vida ya, antes de que fuera demasiado tarde. ---De verdad crees que voy a dejar que el sheriff me eche? —le preguntó con aquella áspera voz que provocaba escalofríos en la espalda de Lali. 
Ella se quedó quieta y le sostuvo la mirada. Peter parecía peligroso, incluso la tensión que lo envolvía era peligrosa, entonces, ¿por qué no estaba asustada? ¿En qué momento había perdido todo el sentido común que poseía?
 —¿Por qué estás aquí? —Lo miró, sintiendo que la cólera y la incredulidad colisionaban en su interior—. ¿Qué demonios te hace pensar que puedes entrar en mi vida y coger todo lo que te apetezca?
 El le dio la espalda durante un segundo, bien para ocultarle algo, bien para controlar su temperamento. Cuando se giró hacia ella, la joven retrocedió un paso.
 —Estás huyendo de ti misma, Mariana. ¿Por qué? 
De pronto, la joven fue consciente de que él no se iría a ninguna parte. Y sólo tenía que mirar la expresión de su cara para saber que tampoco podía obligarlo. Rory, el propietario de la mitad del negocio, lo había contratado. Tenía tanto derecho a prestarle el apartamento como ella y podía contratar a quien quisiera. Thiago y ella habían llegado a ese acuerdo antes de casarse. Si a él le ocurría algo, entonces la mitad del negocio sería para Rory, porque sabía que su padre jamás le dejaría nada. Tenía que aguantar a Petrt hasta que éste decidiera por sí mismo que había llegado el momento de largarse, y eso no iba a suceder por ahora.
 —No estoy huyendo de nada que no sea un hombre dispuesto a tomar por la fuerza más de lo que quieren darle. No eres un Bedolla, señor Lanzani. Eres un don nadie aquí y siempre lo serás. —Se giró con intención de dirigirse hacia la salida. Dio un paso y al segundo se encontró presionada, firme pero suavemente, contra la puerta por un cuerpo grande y duro que se apretaba contra el suyo. Contuvo el aliento. Se sentía rodeada, repentinamente caliente y débil. El tenía la cabeza junto a la suya, le rozaba la mejilla contra el pelo, inmovilizándola con las manos mientras le hacía ser consciente de su erección. —¿Por qué estás tan asustada? —susurró—. ¿Acaso tienes miedo de volver a sentirte viva?
 —¿Crees que me haces sentir viva? —se burló ella—. No vales ni la décima parte de lo que valía mi marido, y si no lo necesito a él para sentirme viva, te puedo asegurar que tampoco te necesito a ti. 
—¿Acaso Sykes te hace sentir viva? —inquirió—. ¿Te dice lo perfecta que eres? ¿Te acaricia como si fueras a romperte con un simple susurro? —se mofó—. ¿Es eso lo que necesitas, Lali? 
—¡Eres un bastardo!
 Se retorció con violencia y levantó la rodilla para golpearlo sólo para sentir que Peter la alzaba y le separaba los muslos hasta que la dura longitud de su erección se apretó contra ella. Sin piedad, inclinó la cabeza y su boca cubrió bruscamente la de la joven. La aspereza de la barba recortada de Peter sobre su piel le era desconocida. Sus labios, duros y hambrientos, tomaron los de Lali sin pedirle permiso, sin vacilar. Como si supiera que dentro de ella había una necesidad que ni ella misma conocía. No fue un beso suave. Fue voraz. Lleno de un hambre y de una lujuria elemental que encendió una llama a partir de alguna chispa escondida dentro del cuerpo de la joven. De pronto, el cuerpo femenino no tuvo más que una meta. Lali le pasó los brazos por el cuello, enterró los dedos en su espeso pelo, y lo atrajo hacia ella. Hacía tanto tiempo. Tanto tiempo desde que un hombre había tocado su cuerpo, desde que había necesitado unas caricias que no fueran las de Thiago... Ni siquiera había pensado en ello. Y ahora, el deseo estallaba dentro de ella. Un gemido agudo y furioso emergió de su garganta cuando Peter deslizó la lengua por sus labios antes de retirarse. Ella le tiró del pelo con fuerza y después de mordisquearle el labio inferior, hundió los dientes en él. En apenas un latido, se encontró aplastada contra la puerta por el cuerpo de Peter, y se dejó devorar por el hambre y la necesidad que invadía su ser. La enorme mano de Peter se enredó en su cabello y le echó la cabeza hacia atrás. Él no era suave, pero ella no deseaba que lo fuera. Lali  quería fuego y fuerza, y aquel imposible deseo que crecía entre ellos. Apretó las rodillas contra los firmes y esbeltos costados masculinos, movió las caderas, y se contorsionó contra él, apretándose contra su miembro a través de la tela de los vaqueros que los separaba. Lali le oyó soltar un gruñido, un gemido. Peter cerró el puño sobre los cabellos femeninos y le echó la cabeza aún más hacia atrás, pasándole los labios por la barbilla, por la mandíbula, mordisqueándola y lamiéndola. 
—Móntame —le murmuró Peter al oído, rozándole la oreja con la aspereza de su barba mientras ella seguía moviéndose sinuosamente contra él—. Esto es lo que quiero, Lali. Aquí y ahora. —Le acunó el trasero con una mano para acercarla más hacia sí y ella se frotó violentamente contra su erección. La costura de los vaqueros le rozó el clítoris, y las agudas sensaciones que atormentaban a Lali se incrementaron. Estaba cada vez más mojada. Podía sentir cómo se le hinchaba el clítoris, cómo se calentaban las paredes de su vagina y se volvían resbaladizas, llenas de necesidad.
 —Móntame, Sabella —repitió—. Oh, sí, pequeña, frótate contra mí. —El también empujaba las caderas contra ella, presionando con dureza la suave carne que escondía la unión entre sus muslos. Lali bajó las manos y agarró la camiseta de Peter para subírsela por la espalda. Tenía que tocarle. Tenía que sentir su piel bajo las manos. Gimió cuando los labios masculinos cubrieron de nuevo los suyos, mientras ella seguía tirando de la tela hasta que él se apartó el tiempo suficiente para quitarse la camiseta por la cabeza. Apenas un segundo después, regresó junto a ella para besarla de nuevo, acunándole la cabeza con una mano y el trasero con la otra. Sí. Eso era lo que ella necesitaba. El calor del cuerpo de Peter parecía fundirse con el suyo. Le sentía ardiente bajo las palmas de las manos cuando le acarició los hombros. Podía percibir la áspera rugosidad de las cicatrices que marcaban su cuerpo bajo las yemas de los dedos. Se aferró a él clavándole las uñas en la piel y gritó antes de que la besara de nuevo. Se estaban moviendo. El mundo parecía estar del revés, se ondulaba peligrosamente, hasta que oyó el golpe sordo de la mochila cayendo al suelo y sintió el cuero del sofá contra la espalda cuando él la tendió sobre los cojines. Los labios de Peter nunca abandonaron los suyos. No le dio la oportunidad de pensar y ella tampoco quiso hacerlo. Las manos masculinas agarraron la camiseta de Lali para sacársela de los vaqueros, y, antes de que ella pudiera procesar lo que ocurría, él le había subido la prenda de algodón y el sujetador por encima de los pechos. Sintió la áspera barba sobre el pezón. Se la pasó por la sensible punta, haciendo que ella se arqueara un segundo antes de rozárselo con los labios y tomarlo en su boca. Peter empujó las caderas con dureza contra las de Lali. La montó sin piedad, sin importarle las capas de tela que les separaban, llevándola más cerca del éxtasis de lo que ella había estado en años. La joven se arqueó hacia él, rozándose contra su cuerpo, hundiendo la cabeza en los cojines del sofá y clavándole los dedos en los hombros para acercarlo más a ella. Era tan bueno. Como fuego líquido. Pequeñas chispas explotaron ante los ojos de Lali y las sensaciones se expandieron a través de sus terminaciones nerviosas.
 —Ahora. —El se echó hacia atrás, le agarró la cabeza bruscamente y la atrajo contra su pecho—. Tócame, maldita sea. Tócame, Mariana. 
Ella le mordió. Enterró los dientes en los músculos duros y poderosos antes de que la ferocidad del acto tomara el control. Lali  le mordisqueó los planos pezones, los lamió, los succionó. Dejó que sus manos vagaran por la espalda de Peter, reconociendo la red de finas cicatrices que la cubría Peter apretó aún más las caderas contra ella y Lali deseó que los vaqueros desaparecieran. Quería que estuvieran desnudos. Quería sentir contra su piel el grueso y pesado miembro que podía notar frotándose contra ella. Empujándola y conduciéndola a un punto donde no podía distinguir el placer del dolor. La sangre atravesaba el cuerpo de la joven a toda velocidad, palpitándole en la cabeza. Estaba cerca. Tan cerca. Volvió a morderle en el pecho otra vez y Peter lanzó una maldición al tiempo que se tensaba. De pronto, él se apartó y su salvaje mirada se desplazó a la puerta trasera del apartamento al tiempo que le bajaba bruscamente el sujetador y la camiseta para cubrirle los pechos. Fue entonces cuando la joven escuchó los golpes en la puerta. 
—¿Lali?Soy el sheriff Grayson. Lali, abre la puerta o la echaré abajo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

CAPITULO 7

Cuando Tehya salió de la sala de reuniones, Peter se giró para cerrar la puerta con llave mientras su tío se reclinaba en la silla, apoyaba los codos en los reposabrazos y juntaba los dedos delante de él. 
—¿Ocurre algo? —preguntó Jordán. Peter se giró lentamente y clavó una furiosa mirada en él. 
—Sabías que Lali estaba saliendo con alguien —le acusó con violencia. Jordán contuvo una sonrisa y asintió con la cabeza. 
—Estaba en el informe que te doy todos los meses. Ya sabes, el que tiras a la papelera después de preguntarme si está viva y a salvo. -Peter se acercó a él sintiendo que la furia palpitaba en su interior. Parecía estar rodeado por un aura de peligro.
 —Lali está saliendo con alguien —rugió enseñando los dientes furiosamente. Jordán se enderezó y le miró a los ojos sin titubear. 
—¿Acaso es asunto tuyo? Thiago Bedolla está muerto. ¿Recuerdas? -Peter se estremeció. Se echó hacia atrás como si lo hubieran abofeteado y al instante su rostro volvió a adquirir una expresión inescrutable.
 —Abre la puerta —le ordenó Jordán con serenidad—. Tenemos una reunión y una misión que cumplir. —Centró la atención por un momento en los documentos que Tehya le había llevado y luego levantó la cabeza para enfrentarse a aquella furiosa mirada azul—. Su marido la abandonó, Peter. ¿Acaso pensabas que guardaría luto para siempre? 
Quizá una parte de él sí lo había creído así. . 

Empieza la reunión

—Aparte de su asesinato, tenemos una docena de cacerías y muertes —dijo Jordán. De pronto aparecieron otras fotos; . Peter sabía que eran víctimas de cacerías humanas. La marca de la milicia Black Collar estaba grabada en nalgas y espaldas. —Tres agentes del FBI murieron cuando investigaban una información que situaba la base de la milicia en Alpine. Dos hombres y una mujer —siguió Jordán—. . —La milicia Black Collar está dirigida por un grupo de supremacía blanca.
- De hecho, podría ser considerada como una organización terrorista —intervino Ian, adelantándoles más información
—. Todo lo que sabemos está en los dossieres. Black Collar tiene su sede en Tejas, pero también se mueve por los estados limítrofes. 
 —¿Todavía no se ha identificado a ninguno de sus miembros? —preguntó Travis Caine, un antiguo miembro del servicio secreto británico. Sus ojos de color gris azulado se entrecerraron cuando miraron a Ian y luego a Jordán—. ¿No os parece un poco extraño? —Todas las líneas de investigación que conducían a ellos han acabado en un caso cerrado o con los agentes muertos. 

-Esta organización tiene al menos a uno de sus informantes bien situado en el gobierno, quizá a más No tenemos nada salvo esto —masculló Jordán señalando la imagen de los agentes muertos—. Debemos detenerlos. Nuestro trabajo consistirá en identificar e interrogar al comandante del grupo ubicado en Alpine. Todas las pistas nos han conducido hasta aquí.
 —Nuestro grupo cuenta entre sus miembros con un israelí, un inmigrante irlandés y un ruso —dijo Peter—. En teoría, somos un blanco interesante. 
—Este es uno de sus objetivos —dijo Jordán al tiempo que aparecía en la pantalla una imagen por satélite del taller que poseían Lali  y Rory. Peter miró la foto en silencio, consciente de que todas las miradas se centraban en él. 
—Mantendremos a Lali al margen de todo esto —siseó. 
—No es posible, Peter. —Jordán suspiró—. Su nombre está en la lista de Black Collar, lo sabes. El propio taller es un objetivo para ellos. Ha sido un negocio muy rentable durante los últimos meses y podrían utilizarlo como tapadera. En el último informe de los agentes muertos se aseguraba que «Servicios y Reparaciones Malone», propiedad de Rory y Lali  Esposoto, era un objetivo. En el informe se hacía constar que los planes eran o casar a Mariana Esposito con una de las figuras prominentes de la organización o matarlos tanto a ella como a Rory. No podemos ignorar ese informe, igual que no podemos mantener a Lali al margen de todo esto.

Tres días después, Peter entró en el taller y observó cómo Lali salía de debajo de uno de los coches que él había reparado. Estaba inspeccionando el trabajo realizado como si él no hubiera pasado casi toda su vida entre motores. Como propietaria del taller, tenía derecho a revisar de arriba abajo cada vehículo que pasaba por las manos de su nuevo empleado. Peter hizo una mueca mientras se guardaba una llave inglesa en el bolsillo trasero, volvió a mirarla por encima del hombro y abrió la puerta de la oficina. Lo que vio allí hizo que se detuviera en seco. 
—Disculpe —masculló antes de darse la vuelta para marcharse.
 —Ah, usted es Peter Lanzani —dijo el abuelo Bedolla  levantándose del asiento del escritorio donde había tenido acorralado a Rory—. No se vaya tan deprisa, hijo. He oído que tenemos algo en común. -Peter hizo una mueca y apretó los dientes; luego se giró y cerró la puerta tras él antes de enfrentarse al hombre que había sido la base de su existencia. Su abuelo. Tenía más arrugas y no parecía tan alto, pero su cara morena todavía conseguía impresionarlo y sus ojos aún conservaban aquel brillante tono azul zafiro que ya no tenían los de Peter.
 —¿Tenemos algo en común? —le preguntó, mirando de reojo la expresión asombrada de Rory. 
—Somos irlandeses, hijo. —La sonrisa del abuelo dejó paralizado a Peter. Aquel viejo bastardo parecía saber quién era él en realidad
—. Los dos somos irlandeses. -No podía negarlo. Se había preparado para mentir al anciano. Sabía que tarde o temprano se encontraría con él y que tendría que afrontar ese momento. Pero ahora que ese momento había llegado, simplemente no podía hacerlo. No podía mentirle. 
—Eso parece —replicó Peter con cautela. El abuelo volvió a sentarse y cambió de postura en el asiento. Su largo cuerpo estaba más débil que la última vez que Peter lo había visto, que había sabido algo de él. Ahora tenía el pelo completamente gris y apenas quedaba un indicio del negro que había lucido antaño. —Rory, voy a salir un momento —dijo Peter intentando escabullirse. —¿Huye? —La sonrisa del abuelo desapareció—. Los irlandeses no huyen. Peter arqueó las cejas. 
—¿Hay alguna razón por la que deba huir?- El abuelo le dirigió una mirada tan segura y sagaz que Peter volvió a mirar a Rory. Mataría a aquel pequeño gusano si le había dicho algo. Rory negó sutilmente con la cabeza e hizo una mueca. Tal y como le había advertido a Peter, ocultarle todo aquello al abuelo era inútil. 
—Tenía ganas de conocerlo. —El anciano se puso en pie y Rory también se levantó de su asiento—. Quería ver con mis propios ojos al mecánico que había alterado a mi niña. Nadie ha conseguido disgustarla tanto desde que su marido murió. 
—Sí, ya había oído que murió —señaló Peter. El abuelo asintió lentamente. 
—Bueno, eso es lo que nos dijeron —masculló—, pero yo le dije a mi hijo que no podía ser cierto. Mi nieto era un SEAL, ¿sabe? Lo fue durante muchos años. —El abuelo negó con la cabeza y clavó la mirada en Peter—. Yo no me lo creí. Sin embargo... he acabado por cambiar de opinión. -Peter, Thiago. Marido. Nieto. Hermano. Sintió todas aquellas partes de sí mismo ante aquel anciano que sabía la verdad sin que nadie se la hubiera dicho. Lo había decepcionado.
-Mi nieto era un héroe, ¿sabe? —le dijo el abuelo mientras se encaminaba a la puerta.
 —Eso es lo que me ha dicho Rory —replicó él al fin con voz queda. Su abuelo, venerable y entrañable, se detuvo otra vez y se quedó mirándole durante unos tensos segundos.
.—Ese chico siempre hacía lo que tenía que hacer. Lo que era correcto. Lo más responsable. —Parpadeó para contener las lágrimas y Peter sintió una oleada de pena por él—. Murió —continuó el abuelo— antes de que pudiera decirle que sabía por qué dejó de luchar.
 Sin más, salió de la oficina y Rory se apresuró a seguirlo. Peter había captado el mensaje, las palabras intencionadas, lo que había tras ellas. ¡Maldición! No necesitaba aquello.
 —¿Se ha ido el abuelo? ¿Qué le has hecho? —Lali se acercó a él, le dirigió una mirada airada y luego siguió al abuelo y a Rory al aparcamiento. Demonios, tampoco necesitaba eso. 
—¡Abuelo! —lo llamó Lali. El anciano se colocó tras el volante de su todoterreno y observó cómo se acercaba a él—. ¿Va todo bien?
 El anciano le brindó una de sus sonrisas llenas de cariño, de afecto. Lali podía sentir su calidez envolviéndola mientras se acercaba al asiento del conductor y le daba un abrazo rápido.
 —Ni siquiera te has pasado a despedirte. -El abuelo siempre lo hacía antes de irse. 
—Sólo he venido a conocer a tu nuevo hombre —le respondió el anciano—. Los irlandeses debemos mantenernos unidos, ¿sabes? 
—No es mi nuevo hombre —protestó ella—. Lo ha contratado Rory. —Fulminó con la mirada a su cuñado, porque éste se negaba a despedirlo. Tres días antes se había enfrentado a él. Habían discutido agriamente, y ahora incluso hablaba de contratar a otro mecánico. Un rubio enorme que estaba segura que era amigo del arrogante bastardo que pretendía hacerse con el control de su taller. Pero Rory seguía manteniéndose firme, negándose a dar marcha atrás. Era cierto que en los tres últimos días habían tenido más clientes, pero ella sospechaba que era sólo porque todos sentían curiosidad por el nuevo mecánico. El abuelo se limitó a mirarla de aquella manera paciente y sabia, y luego le palmeó el hombro con su nudosa mano. 
—Cualquiera de esos jóvenes irlandeses podrían calentarte la sangre por la noche —le dijo con un guiño travieso. 
—Ya he tenido a un feroz joven irlandés —afirmó—. Nadie podrá reemplazarlo, abuelo.- Thiago había sido su alma y seguía formando parte de su corazón. No podía dejar de comparar a los demás hombres con él. Por desgracia, se olvidaba de hacerlo cuando Peter rondaba por allí.
 —Hazle caso al corazón, no a la cabeza, hija —le aconsejó el abuelo con suavidad. Siempre se lo había dicho—. Y ven a verme pronto, te echo de menos. 
Ella dio un paso atrás cuando él cerró la puerta y permaneció allí unos segundos observando cómo se alejaba en el todoterreno. 
—Rory, ¿qué es lo que te traes entre manos? —le preguntó a su cuñado una vez que el abuelo se incorporó al tráfico. La expresión de Rory era de total inocencia y le recordaba demasiado a la de Thiago  cuando éste le había ocultado algo. La misma expresión, el mismo cuerpo ancho y fuerte.
—Ves demasiados fantasmas, Lali —suspiró.
 —No vas a contratar a ese vikingo —le dijo ella. Rory apretó los dientes con fuerza y sus ojos azules lanzaron chispas. 
—¿Quieres que me vaya, Lali? —la provocó. Ese indicio de cólera en su voz hizo que Lali  entrecerrara los ojos.
-No, no quiero que te vayas —le respondió devolviéndole el ceño—. Sólo quiero que me consultes antes de hacer nada. 
—¿Acaso tú me has consultado a mí alguna vez? —Rory puso los ojos en blanco—. Han pasado tres años, Lali. Decidiste venir y asumir el control tres años después de que Thiago muriera, y te dejé porque no sabía de qué demonios iba esto. Pero ya he aprendido y ha llegado el momento de que haga mi parte. Es evidente que los mecánicos que tenemos contratados no son eficientes. En eso tenía razón, pero odiaba que se lo señalara. 
—No me gusta Peter Lanzani. Despídele y contrata al vikingo. Luego discutiremos lo demás. 
—Vamos, Lali. —Su voz estaba ahora llena de frustración—. Peter no te gusta porque sabe lo que hay que hacer y porque no le importa decírtelo. Nadie lo ha hecho desde Thiago y no lo soportas —la acusó. 
Lali se estremeció, abrumada una vez más por la dolorosa realidad de la muerte de Nathan. Todavía la sentía como una presión afilada y ardiente dentro del pecho. 
—Thiago jamás discutía conmigo —le espetó.
 —No, no lo hacía —le dijo bruscamente—. Porque tú jamás le mostraste cómo eras en realidad ni lo que este maldito taller significaba para ti. Bueno, pues alguien lo sabe ahora. Págalo con él en vez de hacerlo conmigo. 
Sin más, se alejó con las manos metidas en los bolsillos del mono mientras Peter salía por las puertas del taller. Aquellos ojos azul brumoso estaban fijos en ella. Fibroso, voraz y poderoso, su cuerpo captaba la mirada de Lali cada vez que estaba cerca, le gustara a ella o no. Y, maldita sea, no le gustaba. No quería estar cerca de otro hombre peligroso. Pero tampoco quería a un hombre que siempre estuviera de acuerdo con ella. Por primera vez en los tres años desde que se había quitado la alianza su mente admitió lo que su corazón ya sabía. La seguridad no iba con ella. Duncan no era lo que buscaba. Sin embargo, por desgracia, Peter sí. Quería aquella tensión sexual, aquel palpitar del corazón, aquella oleada de excitación. Algo que ella no había sentido con ningún otro hombre, salvo con su marido. Algo que le hacía daño, la encolerizaba, y aumentaba su animosidad contra aquel hombre. Odiaba a Peter  desde lo más profundo de su corazón porque la estaba forzando a sentir cosas que sólo había sentido por su marido. Y para Lali, esa traición a los recuerdos de Thiago era peor que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho. No podía quitárselo de la cabeza. 
Mientras el día seguía su curso, lidió con el ordenador de un vehículo que se negaba a cooperar, y aquel maldito hombre no parecía capaz de hacer otra cosa que atraer su mirada. En un momento determinado, ella alzó la cabeza del interior del capó en que estaba trabajando para observar, fascinada, cómo él examinaba las entrañas de otro vehículo al tiempo que hacía girar lentamente una llave inglesa entre sus dedos. El ceño fruncido de aquel rostro le resultó extrañamente familiar, al igual que la manera que él tenía de clavar la mirada en el motor mientras movía la herramienta entre los dedos, y consideraba lo que fuera que estuviera considerando. Todo en él la excitaba. Con unos pantalones grises de trabajo y una camiseta de manga corta, mostraba una imagen de un hombre rudo y fornido a la que la joven no podía evitar reaccionar.
 —Oye, Peter —le llamó Rory, interrumpiendo los pensamientos de Lali—. Necesito que vengas un momento. 
Peterse giró y miró con el ceño fruncido hacia la oficina. 
—Ya voy —contestó antes de volver a concentrarse en el motor. 
—¡Ahora! —La voz de Rory sonó brusca

 ¿Se habían encerrado en su oficina? Eso era el colmo. Podía sentir cómo la ira le enrojecía la cara cuando sacó bruscamente las llaves del bolsillo. Estaba a punto de meter una en la cerradura cuando la puerta se abrió de golpe. 
—Cosas de hombres. —La amplia sonrisa de Rory era forzada, y en sus ojos brillaba más la preocupación que la cólera. 
—Así que cosas de hombres. —Sonrió tensamente mientras entraba en la oficina para ver a Peter de pie ante el escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho y una dura miraba clavada en Rory—. ¿Qué ha hecho? 
—Lali ¿podrías dejar, por favor, que me encargue yo de esto? —le pidió su cuñado con impaciencia—. De verdad, te lo prometo. Puedo ocuparme de algunas cosas yo solo.- Rory parecía cansado. Vale, puede que ella estuviera siendo un poco territorial con el taller, quizá demasiado. Pero durante años, había sido lo único que la había salvado de la locura. Rory lo sabía. ¿Por qué se comportaba ahora de esa manera? 
—Sólo sentía curiosidad. —Metió las manos en los bolsillos y le dirigió a Peter lo que esperaba fuera una dulce sonrisa—. Sólo dime qué ha hecho y me iré. ¿Vas a despedirlo? ¿Puedo mirar cómo lo haces? 
—Genial. —Rory no parecía feliz, y eso le resultó bastante extraño. La miró con cara de disgusto, cuando él jamás se enfadaba con ella. Y su sonrisa era forzada. Enseñaba todos los dientes. ¿Cuándo se había hecho mayor? Ya no era su hermanito—. ¡Te estaba mirando el culo! Y ahora encárgate tú del asunto.- Se giró y salió de la oficina dando un portazo, dejándola paralizada antes de que se diera la vuelta para enfrentarse a la mirada divertida de Peter. —Está mintiendo —dijo ella. Él sonrió ampliamente. Estaba encantado con la situación. Sin embargo, volvía a preguntarse qué había sucedido con la Lali que había conocido hacía ocho años. Jamás sacaba las uñas y nunca, bajo ningún concepto, se metía entre dos hombres que discutían. 
—Realmente tienes un culo estupendo —le aseguró, sabiendo que la joven no se había tragado la explicación de Rory. Lali entrecerró los ojos. 
—¿No me irás a decir que Rory te ha despedido por eso?- Peter se rió entre dientes. —Tan sólo fue una advertencia. —Había cometido un desliz. Nathan no estaba tan muerto como había creído; todavía tenía algunas costumbres demasiado arraigadas como, por ejemplo, la de girar esa condenada llave inglesa entre los dedos mientras miraba bajo el capó como si tratara descifrar algún enigma. Ella bufó ante su respuesta. 
—Cabréalo demasiado y lograré convencerlo para que te despida. El sonrió en respuesta mientras se dirigía a la puerta. Antes de pasar junto a Ladli, se detuvo, inclinó la cabeza y le murmuró al oído: 
—Yo también te sorprendí mirándome el culo. Quizá debería decírselo a Rory. Lali le cogió del brazo cuando se movía para abrir la puerta, sosteniéndole la mirada con frialdad.
 —Estás poniendo mi vida patas arriba —susurró—. Y no me gusta nada

sábado, 1 de septiembre de 2012

CAPITULO 6

Los hombres que trabajaban para ella acabarían por aceptar sus órdenes o haría lo que había hecho durante los últimos tres años: despedirlos y buscar a otros que necesitaran el salario. Había despedido a tantos que uno más o menos no se notaría demasiado. Toby se demoró todo lo que pudo, hasta que Mariana no tuvo más remedio que sacarle a empujones por la puerta. Después cogió del escritorio la cartera con la recaudación del día, la metió en el bolso que se colgó al hombro y lanzó una mirada airada a Peter. Allá iba. Él podía irse al infierno y ella volver a su monótona vida. 

—Cuando veas a Rory, dile que quiero hablar con él de inmediato —le espetó—. Y si no viene trabajar mañana, que comience a buscarse otro empleo. Lo mismo que tú. No quiero tener a un maniático en mi taller atacando a mis clientes. —Levantó una mano cuando él comenzó a hablar—. Se lo merezcan o no. 

Peter la miró con unos ojos enfurecidos y feroces, y una expresión que podría haber derretido las piedras. La mirada masculina se desplazó por el cuerpo de Lali y ésta se sonrojó al percatarse de que sus pezones empezaban a endurecerse bajo la camisa y el sujetador. Sintió cómo la excitación ardía entre sus muslos, y lo odió. Odió sentir eso y odió a Peter por hacérselo sentir. La joven desvió la mirada hacia el aparcamiento y casi hizo una mueca al ver el vehículo que se detenía en el camino. Se había olvidado de su cita. Duncan Sykes era agradable, seguro y de trato fácil. Tenía el pelo castaño oscuro, los ojos marrones y una sonrisa tranquila. No era peligroso. No tenía el poder de arrebatarle la cordura ni de acabar con su autocontrol. 
—Estaré aquí por la mañana —le aseguró Peter apretando los labios ante el sonido de la puerta del coche de Duncan cerrándose—. Con Rory. 
Lali sonrió ante la idea de tener una conversación con Rory. Oh, su cuñado se había metido en un buen lío. 
—Hazlo —le dijo la joven suavemente mientras Duncan se acercaba a ellos con el ceño fruncido—. Y estate preparado para irte de la misma manera que has llegado. Has hecho que me retrase y no estoy lista para mi cita. Mereces que te despida sólo por eso.
 Lali se forzó a sonreír al ver que Duncan abría la puerta y entraba. Por supuesto, no pudo evitar comparar a los dos hombres, aunque lo cierto era que no había comparación posible. Peter era más duro, más rudo, más excitante, vibrante y turbador de lo que Duncan sería jamás. 
—Veo que no estás lista. —Duncan sonrió ampliamente. La diversión bailaba en sus ojos a pesar de la mirada de curiosidad que le dirigió al otro hombre—. ¿Por qué tenía el presentimiento de que te olvidarías de nuestra cita si algo te mantenía ocupada?

-Porque me conoces. —Ella le devolvió la sonrisa, consciente de que su alegría era más fingida de lo que le habría gustado. La mirada de Duncan cayó de nuevo sobre Peter. 
—¿Un nuevo empleado? —preguntó al tiempo que le tendía la mano como si no fuera un maníaco peligroso—. Me llamo Duncan Sykes. Soy el propietario de la tienda de electrónica del pueblo. Un terrible presentimiento atravesó a Lali al ver la sonrisa de Peter, la mirada fría de sus ojos y el destello de dientes que advertía que no era tan amistoso como fingía ser. 
—Peter Lanzani —se presentó. —Encantado de conocerle. —Duncan inclinó la cabeza y luego se dirigió a Lali.
—. Vamos a llegar tarde si no te arreglas pronto. ¿Quieres que cierre yo? 

-Ya está todo listo, sólo me queda echar el cerrojo a la puerta en cuando salgamos. — Lali se giró hacia Peter con los ojos entrecerrados y observó que él seguía sin apartar la mirada de Duncan—. Peter, tengo que cerrar. 

Un destello de temor le recorrió la espina dorsal cuando él se volvió y centró la atención en ella. Tenía los ojos duros y fríos, los labios apretados y su expresión era demasiado calmada. Demasiado tranquila.
.—Que tenga una buena noche —dijo en voz baja dirigiéndose exclusivamente a ella, antes de abandonar la oficina y dirigirse hacia la Harley negra que estaba aparcada junto al taller. Lali apenas se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento hasta que lo soltó silenciosamente y se volvió hacia Duncan. 
—Tendrás que tomarte una copa de vino y esperar a que me arregle. Hoy no he tenido tiempo para nada. 
—Por ti vale la pena esperar —afirmó Duncan mientras salían de la oficina y ella cerraba las puertas—. Además, ya hemos salido bastantes veces, Lali, sé a qué hora tengo que hacer las reservas para cenar. 
La joven hizo una mueca. Siempre llegaba tarde. Jamás había hecho esperar a nadie hasta la muerte de su marido. Parecía como si a partir de entonces se pasara la vida llegando tarde a todos lados. Como si de alguna manera intentara retroceder en el tiempo en vez de seguir adelante. Al deslizarse en el asiento del copiloto del coche de Duncan para volver a casa, no pudo evitar notar que Petrr aún seguía allí. Estaba agachado al lado de la Harley, manipulando alguna pieza sin importancia, sin duda para curiosear, porque su mirada estaba clavada en ellos.
 —Supongo que fue Rory quien lo contrató —comentó Duncan al rebasar a la Harley. 
—Supones bien —-respondió Lali  dejando escapar un suspiro.
 Rory solía contratar vagabundos, que, por suerte, no duraban demasiado en el trabajo. Sin embargo, esta vez, ella tenía el presentimiento de que iba a tener problemas con Peter. No hablaron nada más hasta que se detuvieron delante de la casa.
 —Vamos. —Lali salió rápidamente del coche con las llaves de la casa en la mano—. Ya sabes dónde está el vino, entra y sírvete una copa, estaré abajo en media hora. 
Abrió la puerta y se dirigió a toda prisa hacia las escaleras. 
—Te voy a cronometrar —dijo él, riéndose—. Veinte dólares a que tardas una hora.
 —Hecho. —Lali  le brindó una rápida sonrisa y agachó la cabeza; estaba segura de que la sonrisa no le llegaba los ojos. No podía evitar la sensación de que, de alguna forma, le estaba siendo infiel a un marido muerto hacía más de seis años. Había estado luchando contra esa sensación desde hacía un año, desde la primera cita con Duncan; la primera vez que se había prometido a sí misma que iba a conseguir superar la muerte de Thiago. Cada vez que Duncan y ella salían de la casa que había compartido con su esposo, se sentía intranquila y con el estómago revuelto. Como si estuviera engañando al hombre que amaba. Al hombre que la había amado.
Era una locura. Tenía que recordarse todos los días que Thiago  hubiera querido que fuera feliz, que no estaba mirándola fijamente desde el cielo, dolido y enojado porque ella le había dado la espalda a todo lo que habían compartido. Y no le había dado la espalda, se dijo a sí misma mientras se metía en la ducha. El había sido un guerrero que no había regresado a casa. Ahora estaba muerto. Se había ido y ella todavía estaba viva, ¿verdad?

 Peter debería estar asistiendo a una reunión informativa del grupo de operaciones. Pero en vez de eso, se encontraba bajo los árboles que bordeaban la propiedad que había compartido con Lali, con unos binoculares militares en las manos y los ojos fijos en la casa. No importaba cuánto se hubiera quejado él cuando estaban casados, Lali aún seguía dejando las persianas y las cortinas abiertas durante la noche. Y ahora también estaban abiertas. Duncan Sykes, maldito fuera, estaba en la cocina abriendo una botella de vino. Peter apretó los labios. Ese seguía siendo su vino, sin importar que oficialmente estuviera muerto. Se había pasado muchos años coleccionando vinos, pero rara vez había abierto una botella; le gustaba observar cómo iba creciendo su pequeña colección en la bodega del sótano. Y ahora, aquel hijo de perra estaba abriendo una de sus mejores botellas y sirviéndose una copa. Por Dios, mataría a ese bastardo si lo atrapaba en su cama con su esposa. Respiró hondo. No era asunto suyo, se recordó a sí mismo. Demonios, claro que lo era. Sintió cómo la rabia le nublaba la mente y cómo el control que había logrado mantener a raya durante los últimos años comenzaba a resquebrajarse. Si veía cómo Duncan la tocaba, no sería capaz de controlar la ira. Petrr era consciente de la presencia de Rory tras él. Lo había acompañado siguiendo la orden que le había dado después de haberlo llamado desde el taller. Su hermano no parecía feliz. Y eso era condenadamente malo, porque Peter también estaba muy lejos de sentirse «feliz». 
—¿Desde cuándo dura toda esta mierda? —escupió sin mirar a Rory, con los ojos aún fijos en la casa.
 —¿Qué mierda? —le preguntó su hermano lanzándole una mirada cautelosa. Peter señaló la casa con la mano. 
—Lo de Sykes.
 —Más o menos un año. —Rory se sentó a los pies de un árbol y bostezó con despreocupación. Peter bajó la mirada hacia él. 
—¿Por qué no lo detuviste? -Rory lo miró con sorpresa antes de rascarse la mejilla con aire reflexivo. 
—Demonios, pues seguramente porque es el único de los hombres con los que Lali salió que me cae bien. - Peter apretó los dientes.
 —¿Con cuántos ha salido? -Otros hombres. No sólo uno. Había otros hombres que habían salido con su esposa. Que habían visto su sonrisa. Que habían sentido deseo por ella. No quería imaginar a ninguno de ellos tocándola, porque si lo hacía los buscaría y los mataría. 
—Algunos. —Rory se encogió de hombros como si aquello no tuviera mayor importancia—. Jamás duran demasiado. Algunas citas aquí y allá. Luego Lali acaba sintiéndose culpable, se vuelve a poner la alianza un tiempo y se encierra en casa cuando no está trabajando antes de obligarse a volver a intentarlo. Sin embargo, lleva más de un año sin utilizar la alianza. Rory cogió una brizna de hierba mientras Peter volvía a observar la casa. Sykes estaba todavía en la cocina, rebuscando en los cajones. El muy bastardo cogió una taza de un gancho y se encaminó a la ventana para observar el taller colina abajo. Había una mirada de orgullo en la cara de Sykes, como si estuviera imaginando de qué manera iba a cambiar la vida de Lali. Bueno, Peter le conocía bastante bien. Duncan ocultaba su voluntad de hierro a la mayoría de la gente, y no era ningún estúpido. Si llevaba un año saliendo con Lali, es que iba en serio. Tenía intención de poseer todo lo que Peter había poseído una vez, cuando era Thiago Bedolla. 
—Tú la abandonaste —le recordó Rory con un atisbo de cólera—. No tendría que importarte que se hubiera acostado con la mitad del pueblo.

Peter no dijo nada porque su hermano tenía razón. La había dejado. Había aceptado aquella maldita misión sabiendo que podía morir. Así había sido y no había regresado. 
—¿Qué ocurrió con Grant? —le preguntó a Rory
—. Intentó hacerse con el taller y la casa en vez de cuidar de ella tal y como me prometió que haría si me pasaba algo.
 -¿Por qué lo hizo? 
—Supongo que por la misma razón que le impulsó a quedarse con las propiedades del abuelo. —Rory soltó un suspiro—. Porque es así. El abuelo todavía lo disculpa. Piensa que Grant hizo lo que creía más conveniente para protegerla. Dice que hay matices. Los matices grises de los que le había hablado hacía casi una vida. Según él nada era lo que parecía. Pero en el caso de Grant, Peter no podía ver otra cosa que no fuera puro egoísmo.
 —¿Y Mike Conrad? -Rory resopló. 
—Es un cerdo. Está furioso porque Lali no quiere acostarse con él ni venderle el taller. Parece que ansia ambas cosas. Estuvo detrás de ella durante más de un año hasta Lali que tuvo que amenazarlo con demandarle por acoso. Luego comenzó a ponerse más violento. Al parecer deseaba más el taller que a ella. Intentó poner al pueblo en su contra, pero no le salió bien. Tú tenías muchos amigos. En cuanto Lali se convenció de que no merecía la pena pasarse la vida llorando por un hombre que nunca regresaría a casa, se entregó por completo al negocio y trató de sacarlo adelante. Ahora es cuando mejor le van las cosas. 
—Deja de provocarme, Rory, o acabarás sin poder andar durante un tiempo.- Su hermano bufó y, después de guardar silencio un buen rato, añadió: —El abuelo ha visitado hoy tu tumba. Por lo general suele acercarse a la de la abuela y habla con ella. Sin embargo, hoy se acercó a tu lápida y se quedó allí de pie, mirándola. -Peter no quería oír aquello. 
Reprimió la furia y el dolor que habitaba en lo más profundo de su alma y continuó observando cómo Duncan se paseaba por la cocina. 
—Siempre noté algo extraño en el abuelo, pero no me había dado cuenta de qué era hasta ahora. 
—Que nunca lloró mi pérdida —terminó Peter por él. Demonios, Jordán y él deberían haber imaginado que no podrían engañar al anciano. El abuelo siempre parecía saber todo lo que ocurría. 
—Exacto —asintió Rory—. Ni una sola vez. No como Mariana. Hubo un tiempo en que solía quedarme a dormir en tu casa. Ella me despertaba por las noches gritando tu nombre, jurando que tenía sangre en las manos, que estabas herido. Rogándome que te salvara. —Se puso en pie de un salto—. A la mierda con todo, me voy a casa. 
—Lali tenía razón. -Sintió que Rory se detenía. 
—¿En qué? —preguntó con cautela su hermano. 
—En todo. Yo estaba herido, Rory. Al borde de la muerte. Cuando me rescataron apenas me quedaba un hálito de vida.- Observó cómo Lali  entraba en la cocina y le sonreía a Duncan. Éste se terminó la copa de vino, la besó en la mejilla y se dirigieron a la puerta. El muy cerdo apoyaba la mano en el hueco de la espalda de Lali para guiarla. Maldición, Peter iba a tener que matarlo. Se apartó los binoculares de la cara y clavó los ojos en la casa durante varios minutos antes de volverse hacia Rory. 
—El abuelo debería haberme llorado —masculló en voz baja—. Porque el hombre que yo era murió en una celda oculta en una maldita selva. El marido de Marian, tu hermano. El hijo y el nieto. Todo eso murió en mi interior, Rory. No soy el hombre que era y jamás volveré a serlo. 
Rory lo miró durante un buen rato. 
—Eso no es cierto —dijo él finalmente—. No todo murió, Peter, créeme. Toda esa estúpida testosterona y ese arrogante orgullo posesivo que siempre le ocultaste Lali todavía siguen ahí, a la espera. —Rory le dirigió una 
mirada desdeñosa—. La parte que sobrevivió es, simplemente, la mejor.

Peter curvó los labios. Quizá, de alguna manera, su hermano tuviera razón. Siempre había ocultado partes de sí mismo a aquellos a quienes amaba, pero Rory era un Malone, y conocía aquella parte de él que Thiago siempre había contenido. Hasta ahora. Aquella oscuridad de su corazón, aquella arrogante necesidad de dominar y aquella voluntad de hierro, ya no podían ser disimuladas. Thiago  había sido civilizado; Peter, no.
 —Síguelos —le ordenó a Rory. 
—¿Qué? —exclamó su hermano con los ojos brillando de indignación—. ¿Qué quieres, que Lali me mate o algo así? 
—¿Prefieres que te mate yo? —Peter se cernió sobre él, hablándole en un tono ronco y exigente—. ¿Quién crees que puede hacerte más daño? -Lo cierto era que nunca le haría daño. Demonios, Rory era su hermano pequeño. Casi no podía contener la sonrisa al ver el hombre en el que se había convertido. Sentía afecto por él. Apego. A pesar de que Peter llevaba años sin sentir ningún tipo de emoción, ahora se sentía embargado por ellas. Emociones que le dejaban sin control, que convertían en polvo los años que había dejado atrás. Rory negó con la cabeza, apoyó las manos en las caderas y levantó la mirada al cielo. 
—Rezo. Voy a misa. Incluso respeto a mis mayores y ayudo a las viejecitas a cruzar la calle. ¿Qué demonios he hecho para merecer esto? -Peter palmeó el hombro del joven. 
—Respiras, Rory. Recuérdalo. Cuando los Bedolla respiran, el mundo tiembla. Siempre ha sido así. Es nuestro destino. 
—Olvídalo. —Rory hizo una mueca—. Lali me mataría. 
—Pero si te mato yo —gruñó Peter—, te dolerá más.- Rory le lanzó una mirada torva.
 —No sabes lo que dices. ¿Estás seguro de que conoces bien a Lali? —Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa. Peter recordaba esa sonrisa. Una sonrisa que él había poseído una vez y que no presagiaba nada bueno.
— Estás a punto de llevarte una gran sorpresa

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