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miércoles, 3 de octubre de 2012

CAPÍTULO 23

¿Qué le estaba haciendo? Había algunos aspectos de Peter que no parecían propios del marido que ella recordaba, que liberaban partes de Lali que Thiago jamás había poseído. Igual que él revelaba partes de sí mismo que la joven no había conocido durante su matrimonio.
 Lali se arqueó cuando las manos de Peter le amasaron los senos con la dureza suficiente para despertar en ella una pequeña alarma ante el peligro y un deseo abrumadores.  La barba corta de Peter le raspaba la piel. Sus labios y su lengua la acariciaban y le marcaban los senos. Lali se arqueó, se retorció e intentó acercarse más a aquella lengua diabólica que con cada movimiento provocaba relámpagos de placer que le desgarraban el vientre. Estaba tan mojada. Tan preparada para él. Lo necesitaba tanto que los gemidos que salían de sus labios se convirtieron en súplicas, en gritos de implorante necesidad. 
—Te gusta lo que te hago. —-La confianza y el placer llenaban la ronca voz masculina cuando atrapó entre sus labios un duro pezón. 
—Lo odio —jadeó ella, sabiendo que era mentira.
 Peter se rió entre dientes y, por un momento, ella retrocedió en el tiempo. Aquella risa ahogada, ronca y aterciopelada, era un sonido del pasado y casi la hizo alcanzar el orgasmo.
. —Apuesto lo que quieras a que estás mojada —susurró—. Quiero saborear tu necesidad.
 A pesar de su dureza, su voz estaba impresa de una extraña ternura. . —Cuando llegue ahí abajo, tus rizos van a estar mojados, ¿verdad, Lali? -Ella le brindó una sonrisa.
 —Tendría que tener rizos para eso, Peter. 
El se quedó paralizado y le brillaron los ojos. Su rostro se contrajo con tanto deseo y lujuria, que al verlo Lali sintió un duro estremecimiento en el vientre. Oh, sí. Su Thiago adoraba que estuviera depilada. Le había encantado lamer y morder los aterciopelados y suaves pliegues de su sexo libres de vello, acariciarlos, besarlos.
 La respiración de Peter se hizo más áspera, y apretó los clientes.
 —¿Estás depilada? —Los músculos de su pecho y de los brazos se tensaron e hincharon. 
—Totalmente, Peter. —Lali esbozó una sonrisa lenta y provocativa—. Estoy toda suave y sedosa. Sin rastro de vello.
 Peter dio un respingo, como si le hubieran dado un latigazo. Se llevó una mano a los vaqueros, aflojó el cinturón y se los bajó casi desgarrándolos. El se incorporó de golpe y avanzó sobre el cuerpo de Lali. Enterró la mano en el pelo de la joven y le alzó la cabeza para darle exactamente lo que ella quería. Su grueso miembro se abrió paso entre los labios femeninos y ella lo succionó con ansia. Peter le desabrochó el cierre de la falda, le bajó la cremallera y le deslizó la prenda por los muslos. Lali alzó el trasero para ayudarle a despojarla de la falda, quedándose tan sólo con la ropa interior. El tanga de seda no ocultaba la humedad que surgía incontrolable de su cuerpo. 
—Estás jugando con fuego —musitó sonriendo con aprobación mientras ella seguía jugando con sus labios y su lengua. Lali se retiró y se pasó la lengua por los labios. Al verlo, Peter se estremeció contra ella y emitió un gemido desgarrador. Retiró los dedos de debajo del tanga y la miró con una inquietante promesa en los ojos antes de darle una ligera palmada sensual en el monte de Venus, sobre la mojada seda de la prenda interior. Ella se quedó paralizada. Le pasó la palma por encima del tanga mojado y oyó la rápida inspiración femenina. 
Peter se echó hacia atrás, la alzó y la colocó de tal manera que la cabeza de Lali quedó situada frente al volante. Le abrió las piernas y miró fijamente la seda mojada de color melocotón pálido que le cubría el monte de Venus. Le deslizó el tanga por los muslos, acariciándole las piernas y las rodillas, y lo dejó a un lado. Luego bajó la mirada a los pliegues rosados y a las nalgas. Recorrió con los dedos la provocativa curva del trasero femenino y se lo levantó más para palmearlo ligeramente. Sólo una suave cachetada. La luz de la luna brillaba sobre la pálida piel de Lali cuando Peter le pasó los dedos por la estrecha hendidura, provocándola, sintiendo los jugos que también cubrían la diminuta entrada de su ano.
. —¿Qué necesitas, pequeña? 
—Noah —gimió su nombre con voz desfallecida, clavando las uñas sobre los asientos de piel y marcándolos para siempre. Ver las marcas dejadas en el asiento llenó de satisfacción a Peter. Estaba marcado con su pasión. Igual que lo había marcado a él. Le bajó las piernas y se las abrió de nuevo, clavando los ojos en los hermosos pliegues rosados que protegían la estrecha entrada a su cuerpo. Apretó los dientes. Tenía que verla mejor. Encendió las luces de la cabina, tensó la mandíbula y rechinó los dientes ante la vista de la sedosa humedad que cubría el sexo de Lali. 
—Voy a devorarte —masculló él, apoyando una rodilla en el suelo del vehículo e inclinando la cabeza hacia la carne dulce y tersa que lo esperaba entre los muslos femeninos. Su Lali. Mojada. Caliente. 
—Dios mío. Peter. Sí. —La joven arqueó las caderas hacia él. 
—¿Qué quieres, Lali? —murmuró sobre su carne mojada—. Dímelo, pequeña. Dime lo que quieres. ¿Lo quieres suave y dulce? —Lamió los pliegues hinchados para saborear los jugos que fluían de su frágil cuerpo, y gimió ante el dulce y cálido sabor de su esposa. —¿O duro y profundo? —La alzó hacia él, le metió la lengua bruscamente en la vagina y escuchó que los labios de Lali dejaban escapar un grito agudo y suplicante. 
Peter sintió los delicados músculos femeninos apresándole la lengua, apretándola, y su gruesa erección se estremeció en respuesta. Le latía el engrosado glande, le palpitaba. Demonios. Si no la tocaba, la saboreaba, la poseía, si no la tenía una vez más moriría sin remedio. Lo quería todo de ella. Cada caricia, cada matiz de su sabor. Lali movió las manos y volvió a clavar las uñas en el asiento rasgando la superficie de piel. Otra marca. A ella nunca se le olvidaría. Jamás dejaría de recordar a quién pertenecía. A él. Le acarició la tierna y sensible carne de su sexo con un breve toque de su lengua. Lamió la dulce suavidad que chocó con su paladar, estimuló las terminaciones nerviosas ocultas de la joven.

Cuando Peter se derrumbó sobre Lali, rodeándola con los brazos, envolviéndola en su poderoso abrazo, la joven tuvo que luchar para contener las lágrimas y la necesidad de pedirle explicaciones. Poseía el cuerpo de su marido, poseía aquella oscura pasión que había vislumbrado en él tiempo atrás, pero no poseía su confianza. La confirmación de que no confiaba en ella, y de que sí le había contado lo que ocurría a su hermano, era un duro golpe para su corazón. Apretó los brazos en torno a él y una lágrima solitaria resbaló por su mejilla antes de poder contenerla. Por alguna razón, Peter estaba allí ahora. Lleno de deseo por ella. Todavía duro dentro de ella. Meciéndolos a ambos suavemente e inundando sus sentidos con rápidos jadeos
-¿Estás bien? —murmuró él cuando sintió que la joven volvía a respirar con normalidad. La risita de Lali fue temblorosa, casi llorosa.
. —¿Estar viva cuenta? —Lali habló en voz baja, como él. Como si hablar más alto perturbara de alguna manera la intimidad que los rodeaba. 
—Definitivamente, te quiero viva. —Peter sonrió y le acarició el brazo desnudo mientras ella apoyaba la cabeza en el otro. La joven se sentía relajada y laxa contra él. Como una gatita perezosa. Lo único que faltaba era que ronroneara. 
—Ha sido maravilloso —susurró mirándolo a los ojos y moviéndose sinuosamente contra sus caderas—. Estabas muy duro y excitado, ¿no es cierto, Peter? -El gruñó. 
—¿A eso le llamas estar duro? Pequeña, esto ha sido sólo el aperitivo. Un tentempié. 
Peter sonrió ampliamente al ver que Lali agrandaba los ojos con sorpresa.
 —Entonces no sé si sobreviviré cuando llegue el plato principal. —Frunció los labios al pensarlo—. ¿Tendré que doblar mi ración de vitaminas?
 El le mordisqueó la punta de la nariz, casi riéndose de su expresión cuando le deslizó los dedos por la cadera. 
—Eres una chica mala. —Se movió con suavidad—. Podrías acabar recibiendo una buena zurra. 
—Quizá me guste. —Lo miró de soslayo—. Es toda una amenaza, irl... —Lali se interrumpió.
Dios santo! La joven se pasó la mano por el pelo. Casi lo había llamado «irlandés». Casi había reconocido que sabía quién era.
. —¿Qué? —dijo Peter con una sonrisa. Lali se contuvo y sus labios dibujaron una sonrisa pesarosa.
 —Creo que eres un cuentista. 
El entrecerró los ojos.
 —Te demostraré lo contrario. 
—¿Esta noche? —Lali se rió con un sonido ronco y perezoso—. Antes volvamos a casa. La cama es más cómoda. 
A casa. El guardó silencio y bajó la mirada hacia ella.
 —¿A casa? 
Los ojos de Lali parpadearon como si un pensamiento incómodo hubiera invadido su mente de repente, y la mente de Peter se llenó de inquietantes preguntas. ¿Habría recordado la joven de pronto que él no era Thiago? ¿Que había dejado que otro hombre la abrazara, que la follara, aunque su corazón perteneciese a su marido muerto? Maldición, iba a tener que dejar de pensar en eso. Se volvería loco si no dejaba de sentir celos de... sí mismo. 
—Tenemos que volver a casa —dijo ella encogiéndose de hombros—. Supongo que «casa» es el sitio adonde quieras ir. No temas, no estoy sugiriendo que mi casa sea la tuya. Si prefieres la cama del apartamento, es cosa tuya. 
Se apartó de él, recogió la ropa del suelo del todoterreno y comenzó a vestirse. —Te he ofendido y no era mi intención hacerlo. —Peter le miró la espalda con el ceño fruncido. Maldita sea. Tenía que controlarse.
 —¿Cuánto tiempo vas a quedarte por aquí, Peter?
 La pregunta le sorprendió. Peter entrecerró los ojos, consciente de que ella le daba la espalda a propósito.
 —¿Quieres que me vaya? -Un pequeño sonido de irritación resonó en la cabina. Coqueto y lleno de ira. 
—¿Acaso te he pedido que te vayas? Quizá sólo sienta curiosidad por saber si tienes intención de quedarte aquí o si ya has hecho otros planes. —Había una tensión en la voz de Lali que puso en guardia a Peter. 
—¿Qué tipo de planes? 
—Por ejemplo, largarte. —Ella se encogió de hombros—. Has llegado al pueblo procedente de Dios sabe dónde y has asumido el control de mi vida y de mi cama. Me gustaría saber si me consideras algo más que un revolcón.

lunes, 1 de octubre de 2012

CAPÍTULO 22

Se libró de seguir torturándose con aquello cuando la hija de Sally, Katy, se acercó a tomar nota del pedido. La conversación decayó después de eso. Lali se bebió el vino, luchando contra la necesidad de preguntarle, de exigirle respuestas. Algunas personas entraron al patio para charlar y saludarlos. La mayoría sólo sentían curiosidad, otras, como Gaylen, se metían donde no debían. Aquello convirtió la cena en una experiencia exasperante y Lali deseó haber ido a Odessa. Era allí donde Thiago y ella solían salir a cenar, ya que, en Alpine, el hecho de que su esposo fuera tan popular implicaba que otras parejas se unieran a ellos cuando lo único que querían era disfrutar de una noche a solas. 
—¿Estás lista? —le preguntó Peter después de cenar, observando cómo ella jugueteaba con la copa de vino y fruncía el ceño. 
—Sí, vámonos.- Lali dejó la copa sobre el mantel cuando Peter levantó tras dejar una buena propina en la mesa. A ella le gustó que fuera tan generoso ya que Sally había dicho que la cena corría por cuenta de la casa.
La cogió del codo para guiarla fuera del restaurante y la joven se percató de que él no había mirado ni una sola vez a la mesa de Gaylen, desde la que su padre los había seguido con la vista. Algunas veces, Lali sentía realmente lástima por Grant Bedolla. Durante los años que compartió con Thiago, siempre tuvo la impresión de que aquel hombre quería más a su hijo de lo que demostraba. Thiago creía que su padre no sentía nada por él y que lo único que le importaba era su rancho. Para su sorpresa, después de la «muerte» de hijo, Grant intentó por todos los medios hacerse con el taller, aunque Lali jamás había sabido por qué. Había estado tan resuelto a conseguirlo como Gaylen Patrick o Mike Conrad. Como si fuera alguna clase de trofeo. Ella jamás entendió aquella postura y tampoco sabía si quería hacerlo. Lali se había preguntado muchas veces a lo largo de los últimos años por qué demonios se había quedado allí. Por qué seguir luchando, por qué intentar continuar sin Thiago. Ahora sabía por qué, y aquella seguridad tenía el poder de estremecerle el corazón. Se había quedado porque sabía que su esposo regresaría. El todoterreno estaba aparcado cerca de la entrada del restaurante. Peter la ayudó a subir sin decir una sola palabra y luego se dirigió al lado del conductor. Una vez tras el volante, Peter arrancó el motor y se quedó observando el restaurante en silencio. Al cabo de unos pocos segundos, Lali se dio cuenta de qué era lo que estaba mirando. Grant Bedolla los había seguido. Estaba en el porche del local con las manos en las caderas y los ojos azules entrecerrados y clavados en el todoterreno. 
—¿Es tu suegro? —le preguntó Peter con suavidad. Lali asintió y sostuvo la mirada a Grant durante un buen rato. Lo que vio en sus ojos la confundió. Hubiera podido jurar que era pena. Peter dio marcha atrás antes de maniobrar y salir del aparcamiento. No dijo nada, ni miró atrás. No parecía haber ni un rastro de pesar en su expresión ni en su actitud. Pero ella lo percibió. Sintió cómo lo inundaba. Grant era su padre, y ella sabía que Thiago siempre había esperado que llegara el día en que se reconciliaran. 
—¿Por qué te quedaste aquí después de que tu marido muriera? —inquirió al tiempo que se incorporaba a la carretera en dirección a la casa de la colina—. Podrías haberte ido a cualquier parte. 
Ella se encogió de hombros.
 —Mi marido estaba aquí.
. —Tu marido está muerto —sentenció Peter—. Te aferras a él como a un talismán, Lali. Como si todavía estuviera vivo, y no es así. 
—Te equivocas —afirmó la joven sacudiendo la cabeza—. Mientras permanezca aquí, con las cosas que él amaba, seguiré conservando una parte de él. Lo miró, percibiendo claramente cómo fluía el dolor entre ellos. 
—¿Crees que esto es lo que él habría querido para ti? —le espetó Peter con furia—. ¿Que te quedaras aquí, llorando por él? ¿Sufriendo la mezquina condena que he visto en esas personas? ¿Crees que te amaba tan poco? 
—El amor que sentía mi marido por mí no viene al caso —replicó—. Yo le amaba muchísimo. Y en cualquier caso, ¿qué puede importarte a ti, Peter? -Él apretó el volante con las manos. 
—Entonces fuiste una estúpida —gruñó al cabo de unos segundos—. O demasiado joven para saber lo que hacías. ¿Cuántos años tenías cuando murió? ¿Veinte? Se casó con una maldita niñita. 
La joven permaneció en silencio durante largos segundos. Observó la noche, sintiendo cómo la furia crecía en su interior. 
—Me pasé más de un año imaginando de cuántas maneras podía haber muerto mi marido —dijo al fin con frialdad—. Tenía veinte años cuando él se marchó a su última misión. Después de que me comunicaran su muerte, me despertaba cada noche gritando, rezando, viéndolo morir una y otra vez, sintiendo un dolor que me impedía respirar y seguir viviendo. —Lali había visto el infierno de Peter, ahora lo sabía—. No me digas que fui una estúpida. Le amaba. Nunca lo dudes. Puede que duermas algunas noches en su cama, o que conduzcas su todoterreno y te acuestes con su mujer, pero no tienes los papeles que te dan derecho a formarte un juicio sobre ella. 
Lali le estaba presionando y lo sabía. Peter le lanzó una mirada de reojo. 
—¿Qué demonios quieres decir? 
—No tienes ninguna licencia matrimonial, Peter. No eres mi marido, ni mi padre ni mi hermano. No eres quién para decirme nada. 
—Soy tu amante —gruñó él con furia—. Eso me da derecho. Y estoy cansado de oír hablar de Thiago. 
—Por lo que a mí respecta, no tienes ningún derecho —le informó ella—. Y, al fin y al cabo, es mi opinión la que cuenta. Por cierto, te has pasado la casa. 
—Ya lo sé. —Volvió a apretar los dedos en torno al volante—. Ha sido a propósito. - Ella le dirigió una mirada cautelosa. 
—Es bueno saberlo. 
Peter giró la cabeza y la fulminó con la mirada antes de volver a prestar atención a la carretera.
 —Tienes la molesta costumbre de ser algo sarcástica, Lali. -Y no había sido así antes, ella lo sabía. Lali logró contener una sonrisa. 
—¿Sólo algo? Maldición, y yo pensando que era muy sarcástica. Debo practicar más.
 La expresión de Peter era tensa y furiosa mientras miraba ominosamente la carretera que se extendía ante ellos. 
—Son unos bastardos —maldijo finalmente—. No soporto ver que te tratan como si no tuvieras cerebro. -Ella se rió. 
—Mi marido pensaba que no era más que una muñequita. La típica  tonta. El era alto y musculoso, y le encantaba que pareciera indefensa. 
Era la verdad y a Peter no le gustaba que fuera así. Lo odiaba. Le mostraba una faceta del hombre que había sido que no le gustaba en absoluto. Había querido que Lali dependiera de él y jamás se había dado cuenta de que había sido al contrario. De que había sido él quien había dependido de ella. Dependía por completo del amor de Lali para seguir siendo humano, para recuperar la risa y el humor al volver de una misión. 
—¿Y se lo consentiste? —le preguntó. 
—Me encantaba parecer indefensa ante él. Pero he madurado, Peter. No soy una muñequita ni tampoco una estúpida. Puedo sobrevivir sin tener un hombretón grande y fuerte en quien apoyarme. Me lo he demostrado a mí misma y también a cualquiera que pensara que no era más que la tonta que parecía. Sólo tenía dieciocho años cuando me casé con Thiago. Veinte, cuando él desapareció en aquella última misión. Lo amaba con toda mi alma; sin embargo, ahora soy una mujer y todos esos juegos no forman parte de la persona que soy ahora. Acostúmbrate a ello, porque ya no estoy dispuesta a fingir que no tengo cerebro. 
—Tu marido no te merecía. —Peter tenía la mandíbula tan tensa que parecía a punto de desencajarse. 
—Él lo era todo para mí —susurró Lali—. El hecho de que no me conociera por completo fue culpa mía. Mía y de mi juventud. Pero habríamos madurado el uno junto al otro. Estoy segura. Habríamos aprendido a conocernos con el tiempo.
 Observó con curiosidad cómo él tomaba un camino de tierra en vez de continuar hacia Odessa como pensaba que estaba haciendo. Las luces del todoterreno atravesaron la oscuridad como una lanza, iluminando los pinos y el camino hasta que se detuvieron frente a pequeño cañón.
-¿Para qué hemos venido aquí? —Lali miró la oscuridad que les rodeaba mientras él apagaba el motor. 
—Para esto. —Se giró hacia ella, le desabrochó el cinturón de seguridad y un segundo después el respaldo del asiento del copiloto cayó sobre el asiento trasero, formando una especie de cama.
 —No sabía que se podía hacer eso —comentó ella nerviosismo. Él la empujó sobre el asiento hasta que la cabeza de la joven descansó sobre el respaldo y luego la agarró por la cintura. Peter respiraba entre jadeos. Lali vio un brillo salvaje en sus ojos y el deseo reflejado en su rostro. 
—No deberías haberte quedado aquí. No soporto ver cómo esos bastardos te miran imaginándote en sus camas. Como si tú no fueras más que un juguete. Los celos lo atravesaban. Brillaban en sus ojos y despertaban un impulso de independencia que Lali no sabía que poseía. 
—¿Es eso lo que soy para ti? —La joven colocó las manos por encima de la cabeza. No lo apartó. No luchó contra el deseo que crecía en su interior—. Te quejas de algo que quieres para ti mismo, Peter. Poseerme.
 El abrió la boca como si fuera a hablar. A responderle. Un instante más tarde bajó la cabeza y le capturó los labios con fiereza. Como si hubieran acercado una cerilla a la gasolina, el deseo y la necesidad estallaron entre ellos con rapidez. Peter no podía explicar por completo la necesidad de hacerla suya en el todoterreno. El hecho de que le hubiera permitido conducirlo pensando que él era otro hombre, que se hubiera sentado junto a él, hacía que sintiera unos celos irracionales que lo devoraban vivo. Quería dejar su marca en el todoterreno y en la mujer. Quería estar condenadamente seguro de que ningún otro hombre conducía aquel vehículo ni se acostaba con aquella mujer. Los dos eran suyos. El instinto de poseerla se clavó en sus entrañas con crueles garras. La injusticia que estaba cometiendo con ella le preocupaba más que cualquier otra cosa, pero la necesidad dominaba su cuerpo y le dejaba incapacitado para luchar contra ello. Había sabido, ya antes de dejarla, durante su captura y después de ella, que había muchos hombres dispuestos a ocupar la cama de Lali. A veces, a lo largo de los años, había llegado a pensar que si la joven hubiera tenido un amante después de su supuesta muerte, él habría podido continuar su camino sin más, sin volver a la vista atrás. Pero al sentir la intensidad con que lo besaba, la desesperación con que lo aceptaba en su cuerpo, con un hambre que no hacía más que crecer en su interior, sabía que eso no habría importado. Habrían acabado juntos, de una manera u otra. Todo lo habría conducido hacia ella, cada segundo transcurrido. Su deseo por su esposa habría resultado, finalmente, demasiado poderoso. Sin embargo, esa noche había ido demasiado lejos. Sólo Rory sabía que Thiago había reajustado la palanca de los asientos del todoterreno de tal manera que permitiera crear una pequeña cama doble dentro del vehículo. Había reducido la altura de los asientos delanteros para que se encontraran al mismo nivel que los de atrás. Los respaldos se replegaban una vez que el asiento se bajaba automáticamente, creando una cuña entre ambos asientos y el suelo para sostenerlos. Había hecho esos ajustes con la intención de terminar haciendo aquello. De poseer a Lali en el todoterreno. Jamás había tenido la oportunidad de probarlo antes. Salvo ahora, cuando la obsesión por su esposa, contra la que siempre había luchado, crecía en su interior sin frenos, inundando su mente por completo. Ella pensaba que su marido había desaparecido. Que estaba muerto. Y ahora estaba permitiendo que otro hombre la tocara, la abrazara, condujera su maldito todoterreno.
Tras esa noche, no importaba lo que le deparara el futuro, ningún otro hombre tendría lo que era suyo. Le aferró las caderas con las manos y emitió un gruñido casi animal contra sus labios. Le acarició el interior de la boca con la lengua, devorándola, y se estremeció ante la necesidad que fluía a través de sus cuerpos, tensándolos. No sintió rigidez ni dolor en sus heridas. Tampoco le hubiera importado. Todo lo que sentía era a Lali, sus manos agarrándose al cuero del asiento trasero mientras lo besaba, deseándolo ardientemente. Echó la cabeza hacia atrás y se la quedó mirando fijamente. La luz de la luna entraba en la cabina del todoterreno, iluminándole el bello rostro, los ojos grises y los labios hinchados. Debajo de la fina blusa de seda, los pechos de la joven subían y bajaban cuando tomaba aire. Peter tuvo que apretar los dientes para contenerse y no arrancarle las ropas. Alzándose sobre ella, bajó la mirada por el cuerpo de Lali. La falda se le había subido por los muslos, casi por encima de las bragas, provocando una punzante reacción en el vientre de Peter que lo dejó sin aliento. Los muslos femeninos brillaban tenuemente bajo la luz de la luna, como si su piel fuera del más fino satén, como magia dulce y suave. Lali siempre había sido pura magia para él. Amarla había sido su salvación y su máximo tormento. Su más fiero deseo.
 —Eres perfecta. —Peter le puso la mano sobre el muslo y sintió bajo la palma cómo vibraban los músculos de la joven respondiendo a su caricia. 
—No es cierto —murmuró ella con un sonido ronco que penetró en los sentidos de Peter con una oleada de lujuria que apenas pudo contener. Peter le deslizó la mano por el muslo en una ardiente caricia que fue para él más potente que cualquier droga.
 —Quiero desnudarte. —No quería llenarse la cabeza con otra cosa que no fuera la visión y el tacto de su esposa—. Mantén los brazos por encima de la cabeza. —Le subió las manos hasta la parte superior del asiento, observando cómo curvaba los dedos en la unión entre el asiento y el reposacabezas—. Muy bien, buena chica. Ahora déjame tocarte. 
—Pero yo también quiero tocarte. —Lali se arqueó cuando los dedos de Peter se dirigieron a los pequeños botones de la blusa. Eran demasiado diminutos para aquellos dedos casi torpes. Dios, la deseaba tanto que temblaba de anticipación. La adrenalina lo atravesaba. Podía sentirla. Podía sentir cómo la lujuria crecía en su interior sólo ante el pensamiento de verla desnuda. No le ocurría con ninguna otra mujer. Sólo Lali tenía el poder de provocarle de esa manera. Incluso durante su estancia en el infierno, cuando la lujuria latía entre sus muslos en un estado de pura agonía, no podía soportar la idea de tocar a otra mujer. Siempre lo había sabido. No importaba cuan ciego de lujuria y aturdido por la droga estuviera. Ninguna de las mujeres con las que le habían tentado era Lali, lo sabía en cuanto las tocaba. Sabía que no eran su esposa, su vida, en el instante que las rozaba. 
—Sueño contigo —murmuró Peter cuando la blusa se abrió, revelando la piel pálida—. Sueño —tenía que estar soñando ahora— con tocarte. Con saborearte. 
—¿Por qué soñar? —Lali observó los oscurecidos ojos del hombre que amaba, con la pestañas sombreándole las mejillas—. No tienes por qué soñar, Peter. Estoy aquí. 
El le abrió la blusa por completo y se quedó mirando los senos de la joven, cubiertos por el fino encaje del sujetador. Sus pezones, duros y erizados, se erguían orgullosamente. Conocía su forma. Su color. Su exquisito sabor bajo su lengua, en su boca. Lo sabía y quería más. Ninguna mujer debería tener tanto poder sobre un hombre. Pero Peter lo había aceptado y amado hacía mucho tiempo. Era tan sólo una parte más de la necesidad y la pasión que fluían entre ellos.

Cogió las manos de Lali para levantarla y quitarle la camisa por los hombros, y luego le acarició la piel. Tuvo que apretar los dientes cuando los labios de la joven encontraron su cuello. Le atormentó con su lengua y le rozó con los labios. Peter quiso aullar ante el deseo que sentía en lo más profundo de los testículos. Apartó la blusa a un lado y le quitó el sujetador. Dios, sus pechos. ¿Qué teman los senos de una mujer para fascinar a los hombres hasta volverlos locos? Lali tenía los pezones duros y tensos. La respuesta de una mujer se mostraba en sus pechos. Se hinchaban, enrojecían. Los pezones se oscurecían, se erguían y sabían como el deseo, puros y dulces. Le pasó las manos por la espalda, medio incorporándola para poder bajar la cabeza hacia las anhelantes cimas de los pezones. Curvó la lengua en torno a uno de ellos y el gemido de Lali atravesó los sentidos de Peter como una caricia. 
—Adoro tus pezones —susurró, atrapando entre sus labios aquel punto tenso con un suave movimiento de succión—. Son tan dulces y tersos. Tan duros y calientes.
 Lali se puso rígida y se arqueó. Peter la deslizó al medio del asiento, se montó a horcajadas sobre sus piernas para inmovilizarla e inclinó la cabeza otra vez. —Voy a chuparte los pezones, Lali. Voy a chupártelos tan dulce y profundamente que te vas a correr sólo con eso. 
Lo había hecho antes, una vez. Hacía ya mucho tiempo. Unos meses antes de casarse. La había puesto tan caliente, tan mojada, había jugado con aquel cuerpo perfecto de una forma tan despiadada que la dulce succión de uno de sus pezones la había hecho correrse. Peter quería que ocurriese de nuevo. Quería sentir la salvaje excitación de Lali en los labios al lamer su clítoris. Quería saborear los jugos espesos y resbaladizos de su esposa. Quería que estuviese tan húmeda, tan excitada, que la huella de su lujuria quedara grabada en el interior de ese vehículo de tal manera que jamás permitiera que otro hombre estuviera allí dentro con ella. Lali se movió sensualmente bajo él cuando Peter inclinó la cabeza de nuevo. Le lamió el pezón y lo besó. Le rozó con los dientes la carne que circundaba el pezón. Le mordisqueó la piel cremosa y le dejó una marca suave y enrojecida mientras la atraía hasta su boca. El pequeño mordisco de amor se oscurecería, marcándola como suya. 
—Tan dulce y excitada. —Peter se quitó la camiseta por la cabeza sin dejar de mirarla y la dejó a un lado. 
—Quiero tocarte. —La voz femenina estaba ahora ronca de deseo, ávida, hambrienta—. Déjame tocarte, Peter. 
—Todavía no. —Le acarició los brazos con las palmas y le apretó las manos duramente entre el asiento y el respaldo—. Agárrate ahí. No muevas las manos o me detendré. 
Maldición, claro que lo haría. Si ella lo tocaba, estallaría en llamas y la penetraría con tal rapidez y dureza que ninguno de los dos sabría qué había pasado.
. —Quédate quieta, Lali. Quédate quieta y deja que te ame.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 21

Ella le brindó una amplia sonrisa. 
—Ya te has acostado con su esposa, ¿por qué no conducir su cuatro por cuatro? Kira y yo nos hemos bebido hoy una de sus botellas. Un fantástico Cháteau Feytit Clinet de 1925.
 ¿Se le vería pálido? Peter podría jurar que había palidecido. ¿Un Cháteau Feytit Clinet de 1925? No. No podía habérselo bebido con Kira Richards. ¿Era él la única persona en el mundo que podía horrorizarse de esa manera al oír que Lali había desperdiciado un tesoro? 
—¿Tu marido tenía un Cháteau Feytit Clinet de 1925? —resolló él. Cómo logró conservar la voz calmada y controlada era un misterio. Demonios, todo su entrenamiento no le servía de nada en aquella situación—. ¿Y te la has bebido con la mujer de Ian Richards? 
—Tengo montones de botellas de vino. —Lali se giró y le miró por encima del hombro—. Quizá una de estas noches comparta otra contigo. ¿Qué hay del coche? ¿Te apetece llevarme con él a cenar?
 ¿Iba a dejarle conducir su propio todoterreno? ¿Acaso había perdido el juicio?
-Dejaré aquí la Harley. —La señaló con la cabeza mientras subía al porche
—. Te ayudaré a cerrar. 
—De acuerdo. —El balanceo de las caderas de Lali casi le hizo jadear. Y casi, sólo casi, se olvidó del vino y del todoterreno. 
¿Se había bebido su vino? ¿Conducido su todoterreno? ¿Y Rory no se lo había dicho? Cerró la puerta trasera y comprobó la casa aprovechando que ella estaba cogiendo el bolso y una cazadora vaquera del dormitorio. Se reunieron al pie de las escaleras donde ella sostenía en alto las llaves del todoterreno. Peter estuvo a punto de lanzar un suspiro de placer cuando las cogió y siguió a Lali al garaje. En cuanto vio el Ford cuatro por cuatro negro y cromado, supo que ella no lo había conducido desde el día que lo había llevado de vuelta al garaje, tras haberle empotrado su pequeño BMW y haberle dicho que la culpa era suya porque estaba cortando el césped sin camisa y la había distraído. Aquél había sido el día en que se había dado cuenta de cuánto amaba a su pequeña y vivaz esposa. En lugar de enfurecerse, en lugar de preocuparse por su todoterreno, cogió en brazos a Lali, la llevó a casa y le hizo el amor en las escaleras porque fue incapaz de llegar al dormitorio. 
—Qué maravilla. —Palmeó el lateral del capó y deslizó la mano por el armazón curvado.
 —Sí. Era el orgullo de Thiago. —Había un tono de divertida indulgencia en su voz. 
—¿Y tú? —La observó por encima del capó. Ella había sido su vida. Todavía era su vida. ¿Acaso no le había demostrado lo suficiente su amor? ¿Acaso Lali no sabía que ella era lo más importante para él?
 —Yo era su esposa. —Lali se acercó a la puerta del acompañante y la abrió antes de subirse al estribo y sentarse en el asiento del pasajero. Peter abrió la puerta del conductor y se sentó tras el volante, consciente de que la respuesta de Lali no le había satisfecho. Sí, había sido su esposa, pero también mucho más. Había sido su corazón, su alma. Y durante el tiempo de su cautiverio, su cordura. 
—¿Cuánto tiempo hace que no lo enciendes?- Ella se quedó mirando el parabrisas. 
—Un poco.- El extraño tono de la voz de la joven hizo que Peter se detuviera cuando estaba a punto de meter la llave de contacto. —Arranco el motor cada pocas semanas —le explicó Lali encogiéndose de hombros. Inclinó la cabeza y la sacudió pesarosa sobre los dedos que retorcía en el regazo. Pasados unos segundos, se incorporó y se abrochó el cinturón de seguridad, apoyó el codo en la ventanilla y lo miró. —Solía pasar la noche en el todoterreno cuando no podía dormir. 
—Le echabas de menos. —Peter agradeció la oscuridad del garaje, las sombras que había entre ellos.
 —Le echaba de menos —convino ella antes de levantar la mano y apretar un botón del salpicadero—. Es para abrir la puerta del garaje. Hice que lo instalaran durante su última misión. Se suponía que debía ser una sorpresa. 
La puerta del garaje se abrió deslizándose hacia arriba y revelando las alargadas sombras del exterior. 
—Ven aquí. —Peter le desató el cinturón de seguridad, le cogió la muñeca y la acercó a su lado. Le aseguró el cinturón del asiento de en medio antes de colocarse el suyo y después puso el vehículo en marcha. Salió del garaje y apretó el botón para cerrar la puerta, observando que se cerraba con la misma facilidad con que se había abierto. Había querido instalarlo él mismo antes de partir a la última misión. Pero había estado ahorrando para comprar otra cosa. Un regalo para Lali. Y al final lo había hecho instalar ella. Sintió una opresión en el pecho que le desgarró el corazón. Cada minuto que pasaba con Lali, veía más y más cosas en ella que no se había tomado el tiempo de descubrir cuando había estado «vivo». Cosas que deseaba haber descubierto antes. 
—¿Estás segura de que quieres que conduzca el todoterreno de tu marido? —La estaba presionando y no sabía por qué. Había llorado por él durante seis años y, en sólo unas semanas, se había convertido en su amante, había dejado que la follara, que pasara la noche en su cama y ahora dejaba que condujera el vehículo de su marido. El hecho de que él fuera su marido no importaba en absoluto. Estaba celoso. 
—Sí. —Lali asintió lentamente—. Creo que ha llegado el momento. 
—¿El momento de qué?
 La joven giró la cabeza y le miró de frente con expresión calmada. Casi fría. —Creo que ha llegado el momento de olvidar a mi marido. ¿No crees, Peter? ¿Qué demonios se suponía que quería decir con eso? Apretó los dientes, aceleró y se alejó de la casa. Olvidar a su marido, ¡ja! Era ella quien estaba presionándolo de tal manera que no sabía si iba o venía, y la oportunidad de decirle la verdad hacia mucho tiempo que había pasado. No había manera de que ella comprendiera ahora, después de que hubieran pasado tantos años de su rescate, por qué no había enviado a buscarla. Por qué no había querido que estuviera con él. Lali jamás conocería los demonios que habían devastado su mente entonces, y daba gracias a Dios de que ella no supiera cuántas noches había pasado anhelando hacerla suya de nuevo, deseándola a su lado. Nunca sabría lo duro que había sido para él no haber vuelto con ella, no haberla tomado y amado como estaba haciendo ahora. Y aun así, seguía conteniendo parte de las necesidades sexuales que lo poseían, que le inundaban la mente llenándolo de oscuras fantasías. Necesidades que temía que Lali no pudiera entender si sospechaba quién era realmente, quién había sido para ella. El silencio inundó la cabina mientras se acercaban al pueblo. Ahora se daba cuenta de los terribles errores que había cometido tanto en su matrimonio como más tarde, después del rescate. Lali se había aferrado a cada aspecto de su vida juntos. Y aunque ella no sabía quién era él, había regresado a sus brazos, a sus sueños, a su vida, como si hubiera nacido para estar allí. 
—Tu marido era un estúpido —afirmó finalmente. La joven no dijo nada durante un buen rato. Luego lo miró con unos ojos tristes y sombríos. 
—¿Por qué dices eso? 
—Porque sólo un estúpido se hubiera arriesgado a perder la vida, a perderte a ti, como él lo hizo. —Por aquel entonces, había estado seguro de que aquella misión sería fácil de llevar a cabo, aunque su instinto le había dicho lo contrario. Ahora sí hacía caso a su instinto. Lali giró la cabeza y miró a través del parabrisas sin responderle. Y después de unos tensos segundos, se estudió los dedos en un gesto que él sabía que expresaba tristeza y soledad. Pero fueran las que fuesen las emociones que bullían en su interior, se las guardó para sí misma. Y quizá fuera mejor de esa manera. Aquello era lo mejor para Lali. Olvidarle, rehacer su vida, tener un amante, olvidarse del pasado. Cuando se les acabara el tiempo... cuando aquella misión finalizara. .. Ni siquiera podía pensar en perderla otra vez. Peter no tenía que morir. Peter podía reclamar a Lali. Podía abrazarla, protegerla, casarse con ella y mudarse a aquella casa en la colina. Sacudió la cabeza e hizo a un lado esos pensamientos. Peter no se pertenecía a sí mismo. Pertenecía al cuerpo de Operaciones Especiales. Había firmado aquellos documentos y les había entregado lo que debería haber entregado a su esposa. Su futuro. Tal y como le habían advertido, una vez firmados aquellos papeles, era propiedad de aquella oscura organización que había pagado por su renacimiento, que había asumido el costo de la cirugía avanzada, de la reconstrucción de sus huesos y sus músculos. Una cantidad que él jamás hubiera podido pagar de ninguna otra manera. Si hubiera regresado con Lali, habría vivido a medias. No habría sido un SEAL, sino la sombra del hombre que fue. Había renunciado a su vida como Thiago y recuperar a su esposa no era una opción. La única cuestión ahora era si Peter  podría tener una vida propia.

Peter eligió un restaurante nuevo. Los propietarios de El Asador, Sally Bruckmeyer y su marido Tom, habían sido compañeros de Thiago del colegio. Sus cinco hijos les echaban una mano. Sally, dos de las chicas y el mayor de los chicos trabajaban en el comedor, mientras que Tom y los dos hijos menores, un chico y una chica, lo hacían en la cocina junto con un par de primos que Lali conocía. Cuando entraron en el restaurante, pareció que todas las miradas se volvían hacia ellos. Lali había tratado de pasar desapercibida durante los seis años que llevaba viuda, mientras que ahora se paseaba por el pueblo con un hombre de aspecto amenazador que tenía una Harley y que conducía el todoterreno de Thiago. Sabía que había rumores, pero no le importaba en absoluto. Jamás se había preocupado por las habladurías y estar con Peter la hacía sentir bien. Compartían un secreto y a la vez no lo hacían. Y aquello hacía que la noche pareciera más íntima. 
—Lali, apenas puedo creer que seas tú. —Sally Bruckmeyer era alta y corpulenta, y lucía una enorme sonrisa cuando rodeó la caja y la envolvió en un abrazo—. ¿Quién es este demonio tan atractivo que viene contigo? 
Lali era agudamente consciente de la mano de Peter en la espalda, de sus dedos extendidos. 
—Sally, te presento a un amigo de Rory y mío, Peter. Peter, te presento a mi amiga, Sally Bruckmeyer. Su marido y ella son los propietarios del restaurante. —Como si Sally no conociera ya su nombre. Lali apostaría lo que fuera a que todos en el pueblo sabían quién era exactamente su acompañante y que Rory lo había conocido en un bar de Odessa. Ja! 
—Señora Bruckmeyer. —Peter extendió la mano y los ojos castaños de Sally brillaron en su rostro moreno cuando se la estrechó.
. —Es un hombre peligroso, Lali. —Sally se volvió hacia ella y agitó un dedo en su dirección—. Será mejor que tengas cuidado con él si no quieres que te robe el corazón. 
—Lo sé, Sally —se rió Lali echando un vistazo al comedor casi lleno—. ¿Tienes mesa para nosotros? 
—Si estás dispuesta a cenar al aire libre bajo la luz de las velas, hemos colocado algunas mesas en el patio. —Se inclinó hacia ella y murmuró—: Así habrá menos ojos que se fijen en lo que hagáis. 
La sonrisa de Lali se amplió. 
—Me parece perfecto. 
—Vamos entonces. —Sally cogió dos menús y los cubiertos, y los guió por la estancia—. Tengo la mesa perfecta para vosotros. 
Lali sentía las miradas de la gente fijas en ellos. Observaban a Peter; su pelo, enmarcando una cara feroz y, su cuerpo duro y musculoso, cubierto con una camiseta, vaqueros y zahones. Parecía peligroso. De hecho, exudaba peligro. Todo en él lo proclamaba. Y a ella le encantaba. No había ninguna persona en aquella estancia que pudiera confundirlo con su marido. Si era aquella seguridad lo que él necesitaba, estaba a salvo. Sally los condujo por las puertas acristaladas que conducían al patio. Allí la luz era tenue. Las mesas tenían parasoles y estaban iluminadas con velas. Era romántico y encantador. La música estaba más baja y se disfrutaba de una mayor intimidad, mientras que dentro había una sensación de aglomeración. 
—Aquí tenéis los menús. Enviaré a Katy para que os tome nota del pedido. Disfrutad de la cena. —Sally se inclinó hacia Lali—. Será por cuenta de la casa, cariño. Un regalo de bienvenida, ¿de acuerdo?
Lali parpadeó ante la invitación. 
—No me había ido, Sally —bromeó, aunque tenía los ojos húmedos. —Bueno, cariño, nos dejaste después de lo que le ocurrió a Thiago. Lo de salir con aquel joven de los Sykes no cuenta. —Sally la abrazó con fuerza—. Por lo menos ahora estás con nosotros y nos traes a alguien para que nos recreemos la vista. 
Le guiñó un ojo a Peter y se fue sin más. Lali se quedó mirando el mantel y tragó saliva. No se había dado cuenta de que la habían echado de menos. Había estado allí, en Alpine, pero no en cuerpo y alma. Se había sumido en el pasado, en su pérdida, en reconstruir el negocio del que su marido había estado tan orgulloso. Era como si no hubiera vivido desde que él desapareció, y aquello la asustaba. 
—Lamento todo esto —susurró. Abrió el menú y miró hacia las puertas que daban al patio—. Sally y su marido, Tom, eran buenos amigos de mi marido.
 —No importa. —Peter se reclinó en la silla y observó el patio mientras ella lo miraba a él. 
—Lali . Estaba seguro de que eras tú. —Una ronca voz masculina hizo que la joven se tensara antes de levantar la mirada. Gaylen Patrick, el propietario de uno de los ranchos más grandes de Alpine, se dirigía tambaleándose hacia ellos desde las puertas. A los cuarenta y cinco años, Gaylen era todavía un hombre fornido, aunque mucha de su corpulencia estaba en la barriga y los muslos. Caminaba con torpeza, pero Lali lo había visto forcejeando con novillos y sabía que aquellos brazos eran fuertes a pesar de las arrugas que comenzaban a surcarle el rostro. Estaba calvo, tenía los ojos color avellana y poseía unas espesas cejas oscuras. Hablaba en voz muy alta y reía escandalosamente. Y por alguna razón, había creído que Lali debería haber estado dispuesta a acostarse con él unas semanas después de la muerte de Thiago. 
—Sí, parece que soy yo —replicó ella cuando el ranchero se detuvo en la mesa, lanzando a Peter una dura mirada. 
—¿Y quién es tu amigo? Es nuevo en el pueblo, ¿verdad? —Le tendió la mano a Peter—. Soy Gaylen Patrick. He oído que estás sacando a flote el taller de los Bedolla. Eso está muy bien, hijo. 
—Peter Lanzani. —Peter le estrechó la mano, pero su expresión era neutra y fría—. No había nada que sacar a flote. Lali lo tenía todo bajo control.
 —Gracias a Rory, que le echó una mano. —Gaylen inclinó la cabeza—. Pobre pequeña. Hemos estado muy preocupados por ella desde que se quedó viuda. Lali se mordió la lengua para no lanzarle una dura réplica. Se preocuparon tanto de ella que había tenido que echar de su casa a aquel hijo de perra después de que le hiciera una oferta ridícula por la gasolinera y el taller. El ranchero había querido hacerse con su negocio y, tal y como le había hecho saber, no le importaba tener que casarse con ella para conseguirlo. Creía que el dinero lo compraba todo y no entendía por qué la joven ni siquiera había estado dispuesta a considerar su oferta. 
—Lali lo estaba haciendo bien —afirmó Peter—. Sólo necesitaba contratar a unos pocos mecánicos dispuestos a cumplir con su trabajo.

-¿Cuánto tiempo ha dicho que pensaba quedarse por aquí? —Gaylen enganchó los dedos en el cinturón de los vaqueros y miró a Peter con falsa cordialidad.
 —No lo he dicho. —Peter sonrió—. Aún no lo he decidido. —Deslizó la mirada por Lali—. Irme no es algo que tenga en mente en este momento. 
—Por supuesto que no. —El ranchero se rió de nuevo, pero el sonido pareció forzado—. Supongo que debo regresar a mi mesa. —Se limpió la mano en los muslos y miró a la joven—. Tu suegro cenará esta noche con nosotros, Lali. Deberías acercarte a saludarlo. 
Lali apretó los puños en el regazo. Levantó la mirada hacia Gaylen y no se contuvo en expresar lo que sentía.
 —Creo que Grant Bedolla puede prescindir de mis saludos por esta noche —dijo con firmeza. 
—-La familia es la familia, Lali. —Gaylen negó con la cabeza—. Está bien enmendar las cosas. 
—En este caso, no hay nada que enmendar —le aseguró con una sonrisa tensa—. Ha sido un placer hablar contigo de nuevo, Gaylen. Gracias por pasarte a saludar. —Pero, por favor, lárgate ya. 
—Pasa a verme en algún momento, niña —ladró con aquella risa tan falsa que hacía rechinar los dientes de Lali 
—. Cuídela bien, joven. —La mirada que le dirigió a Peter estaba llena de aversión. 
—Por supuesto que lo haré. —Peter le dirigió una amplia sonrisa—. Ella es lo primero para mí.

sábado, 22 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 20

¿Se lo había contado a su hermano, pero no a ella? Se giró y cogió un trapo del mostrador para limpiarse las manos. 
—Rory, tengo una cita —le gritó—. Regresaré a eso de las cinco.
 Tanto Rory como Peter la miraron, con sendas expresiones neutras. Bastardos. 
—Tenemos mucho trabajo atrasado,Lali. —Rory se aclaró la garganta mientras Peter cruzaba los brazos sobre el pecho y le dirigía una mirada ominosa.
 —No puedo quedarme. —Se encogió de hombros—. Tengo que ir corriendo a casa a ducharme y luego me reuniré con Sienna y Kira. 
Lali dejó el paño en el mostrador, sacó las llaves del coche del bolsillo trasero y les dirigió una mirada tensa y una dura sonrisa. 
—Estoy segura de que sobreviviréis sin mí. 
Kira se había quedado sorprendida cuando Lali la había llamado esa mañana para preguntarle si quería ir con Sienna y con ella al balneario. La otra mujer se había mostrado cautelosa pero, aun así, había accedido. Era una de las cosas que le gustaban de ella. Kira no era ninguna estúpida, pero pecaba de ser tan curiosa como el demonio. Lali se dirigió a su coche, consciente de que Peter la seguía. La alcanzó antes de que ella llegara al pequeño BMW Z8 rojo que su esposo había reconstruido para ella poco antes de salir para su última misión. Aún tenía el guardabarros abollado tras haber chocado contra la parte trasera del todoterreno de Thiago. El cuatro por cuatro todavía seguía guardado en el garaje, sin usar, y Lali se preguntó si él habría echado un vistazo a aquel vehículo del que se había sentido tan orgulloso. Podría haberlo hecho con facilidad sin que ella se enterara. 
Acababa de llegar junto al coche cuando sintió que Peter la cogía del brazo, obligándola a detenerse  Lali se quedó sin aliento y cerró los ojos, sintiéndose abrumada por las emociones. Alegría, cólera, pesar y esperanzas. Tantas esperanzas que casi cayó de rodillas. Pero también sentía miedo. ¿Acaso deseaba tanto aquello que estaba viendo sólo lo que quería ver? ¿Una ilusión? No. No aquello no era una ilusión. Era su irlandés. 
—¿Por qué te vas? —La voz masculina era áspera y ronca. Le había ocurrido algo en aquella voz con la que le había cantado baladas irlandesas, con la que había susurrado tan suavemente su nombre. Pero no era la voz la que reclamaba el alma de Lali, era al hombre. Ella se aclaró la garganta y se giró hacia él, clavando los ojos en su barbilla.
 —Ya lo he dicho, tengo cita en el Spa. —Arrancó el brazo de la mano de Peter antes de mirarle a los ojos, luchando por disimular el asombro que sentía al volver a tener el hombre que amaba de nuevo a su lado. Su irlandés. Quería rodearlo con los brazos y decir su nombre, pero no podía hacerlo. Sabía lo peligroso que podía ser para él, para todos. Pero sobre todo para él. Tenía que existir una razón sólida para que hubiera regresado a ella con otro nombre. Su marido siempre había sido muy protector, y seguía siéndolo sin importar cómo se llamara. Luchaba por mantener a salvo a sus seres queridos sin importarle el riesgo.
 —¿Por qué hoy? —inquirió Peter con voz dura. No quería que se fuera. Quería que se quedara allí, donde podía vigilarla.
 —¿Importa? ¿Hay alguna razón por la que no deba ir?
 —Bueno, debería bastarte con saber que ayer intentaron matar a uno de tus empleados. — Tenía los labios apretados y sus ojos brillaron al mirarla con una mezcla de preocupación e ira. 
—Lo que le ocurrió a Toby está relacionado con lo que te pasó a ti la noche anterior, Peter. No conmigo. Además, mi marido me enseñó a que tuviera cuidado —le recordó—. No soy una florecilla indefensa.
 Lali lo vio estremecerse. 
—No, pero sí eres una mujer terca decidida a hacer las cosas a su manera —gruñó Peter. La joven abrió la puerta del coche antes de volverse hacia él. 
—He quedado con Sienna para almorzar y luego tenemos una cita en el Spa. Ahora que tú estás aquí y que el taller va sobre ruedas, creo que puedo tomarme una tarde libre y tener tiempo para mí en vez de andar entre motores y aceite. ¿Te supone algún problema?
 Aquellos ojos azul brumoso brillaron con el deseo que ardía en su interior. 
—¿Vas a hacerte la manicura? —-Peter curvó los labios ligeramente. 
—Pagar por una manicura es un desperdicio dedicándome a lo que me dedico. —Señaló el taller con la mano—. Y no puedo negar que prefiero andar entre motores que hacerme las uñas. Pero espero disfrutar de un masaje. Quiero cortarme el pelo. —Lo sacudió ante él—. Y quizá hacerme una limpieza de cutis. —Y puede que también se depilara. Lali fue muy consciente de los pensamientos que se cruzaron entre ellos. Quizá se depilara el pubis de nuevo para poder sentir la barba de Peter contra la sensible piel desnuda, para sentir la lengua masculina en sus pliegues desprotegidos. Le gustaba que su marido hubiera regresado, pero no estaba dispuesta a perder la independencia otra vez. Había algunas cosas de las que quería disfrutar en «el área de belleza», como Sienna y ella llamaban al Spa. 
Peter la observó y ella supo qué iba a decir. El cerró los ojos lentamente y cuando los abrió, su expresión era dominante y resuelta. Ser dominante era una nueva faceta de su carácter, o quizá algo que le había ocultado en el pasado.
. —Preferiría que esperaras —dijo finalmente—. O que me dejaras acompañarte. 
—No necesito ninguna niñera, Peter. —Lali negó con la cabeza. Necesitaba alejarse de él un buen rato—. Evita las peleas de cuchillos por la noche, y quizá no tengas que preocuparte tanto.
Le había revisado las heridas esa mañana cuando despertaron. Al volver a vendárselas se sintió sorprendida de que no hubiera muerto desangrado mientras la poseía. 
—Tengo que irme. —Se metió en el BMW—. No olvides que el coche de Becca Jean debe estar listo para esta tarde. Tiene que utilizarlo mucho durante los próximos meses y quiero estar segura de que no la deje tirada. 
—Me encargaré de ello —masculló—. Maldición, Lali. Por lo menos, prométeme que tendrás cuidado.
 —Siempre lo tengo. —Agarró el volante y giró la cabeza hacia él, enfurecida—. Eres tú quien no sabe mantenerse alejado de los problemas. Cerró la puerta, consciente de que podía hacerlo sólo porque él se lo permitía, y luego puso el coche en marcha. Un segundo después salía del aparcamiento. Miró por el retrovisor y vio que Peter se llevaba el móvil al oído. Lali se preguntó quién sería su niñera aquel día. 
Peter observó cómo el pequeño BMW aparcaba delante de la casa de ladrillo de dos pisos y cómo su esposa entraba en ella. Micah Sloane y John Vincent se turnaban para vigilarla cuando no estaba con él. A Peter no le gustaba en absoluto que estuviera fuera de su vista mucho rato. Y tampoco le gustaba que fuera al pueblo sin él. Había demasiadas incógnitas en esa misión y muy poca información todavía. 
Noah volvió a revisar la parte inferior del todoterreno, buscando más pruebas, y las descubrió en distintas partes del motor que Delbert había pasado por alto.
Estúpido bastardo. 
Recogió las pruebas y salió de debajo del vehículo. Ya le encargaría a otro empleado que averiguara si el problema estaba en la potencia o en el control de tracción. Si Delbert creía que los del taller se habían limitado a hacerle una prueba global a su vehículo, cuando lo arrestaran no podría culpar ni a Lali, ni a Peter. Ocultando una sonrisa de satisfacción, llamó al mecánico que estaba bajo sospecha y lo puso a trabajar en el todoterreno. Peter sabía que había encontrado lo suficiente para incriminar al propietario del vehículo, como también sabía que el pequeño mecánico de piel cetrina que ahora trabajaba en él no encontraría el resto de las pruebas que había dejado, pues estaban muy escondidas. Había dejado lo justo para acusar a Delbert cuando lo detuvieran. Subió al apartamento y clasificó las pruebas antes de envolver los frasquitos en papel y asegurarlos con una goma elástica. Se los volvió a guardar en el bolsillo y regresó al taller. Aún faltaba algunas horas para que Nik pudiera salir sin ser visto y dirigirse al bunker. Se acercó al coche de la amiga de Lali y lo examinó con atención, sin quitar ojo al mecánico que trabajaba en el otro vehículo. Si encontraba algo, Delbert acudiría con rapidez a recoger el todoterreno. Si no lo hacía, el mecánico continuaría realizando su trabajo como hasta ahora, rascándose la cabeza y comprobando la inyección de combustible. Pero las pruebas no estaban cerca de la inyección. Vio que Lali salía de la casa. Unos segundos después, el coche de Micah salía de una calle cercana y la seguía. Ella estaba a salvo, pero le irritaba sobremanera no ser él quien la vigilara y protegiera. Negando con la cabeza, volvió a su tarea y devolvió la sonrisa que le dirigía Chuck Leon, el mecánico que estaba arreglando el todoterreno de Delbert. El hombre sacudía la cabeza sin dejar de sonreír, con gesto de compañerismo. —
Es toda una mujer —dijo el mecánico con una risita, tirándose de la sucia perilla que sobresalía en su barbilla—. Aunque no tienes nada que hacer con ella. 
—Es posible —gruñó Peter—. Pero puedo hacer que contrate a otro mecánico si tú no dejas de perder el tiempo.
 Algo brilló en los oscuros ojos de Chuck. Pero asintió con la cabeza lentamente antes de inclinarse sobre el motor y ponerse a trabajar. 
 Thiago jamás podría volver a Alpine con su familia y su esposa. Pero alejarse de ella otra vez iba a resultar imposible.

-Esto es justo lo que necesitamos. Una noche sólo de chicas. —Sienna Richards se estiró sobre la camilla dejando que unas manos expertas masajearan su cuerpo. 
—Una noche sólo de chicas —gruñó Lali—. Las recuerdo muy bien. Eran un infierno. Siempre acababa con una horrible resaca después de quedar contigo, Sienna.
Lali consideró la idea durante un instante. 
—Mi nuevo mecánico necesita supervisión —dijo finalmente con sorna—. Y, por supuesto, pienso supervisarlo personalmente. 
Kira resopló y Sienna lanzó un gritito. 
—Todavía no puedo creer que estés pensando en tener una relación con ese hombre. A Thiago le habría dado un ataque, Lali. 
El comentario de Sienna fue seguido por un tenso silencio. Sienna había sido amiga suya y de Thiago, pero había tenido más de un encontronazo con su marido. 
—Thiago habría querido que fuera feliz —afirmó Lalu con voz queda. 
—¿Con un hombre como ése? —se burló Sienna—. Vamos, estás con él sólo porque tiene unos ojos que te recuerdan a tu marido y la misma actitud dictatorial. A un hombre así no le gusta saber que sólo es la segunda opción. Pronto tendrás problemas. 
—Los tendré de todas maneras. —Lali se encogió de hombros como si aquello no tuviera importancia. ¿Por qué no quería hablar con Sienna? ¿Por qué no quería compartir con ella la certeza que sentía en su interior? Siempre le había contado todo a Sienna y tenía que reconocer que la había ayudado mucho cuando Tiago «murió». Sin embargo, ahora no quería compartir su alegría con nadie, aunque tenía que reconocer que tenía que morderse los labios para no acribillar a Kira a preguntas, porque sabía, en el fondo de su alma, que tanto su amiga como Ian eran partícipes de lo que estaba ocurriendo.
 —Te lo dije, libérate de la tensión sexual —masculló Kira desde su camilla al lado de Lali—. Déjala disfrutar, Sienna. Estoy segura de que se sentirá mucho mejor.
 El deje divertido en la voz de Kira podría significar cualquier cosa. 
—Un día de estos voy a hacerte pagar ese consejo —le advirtió Lali—. Ese hombre es tan posesivo que conseguirá volverme loca. Sí, de hecho, ya lo estaba haciendo. 
—Thiago era una persona de trato fácil. —Sienna suspiró—. Jamás se ponía celoso.
 Oh, eso no era del todo cierto, se dijo Lali para sus adentros. Thiago había sido celoso, pero lo había ocultado muy bien, incluso ante ella. Había sido cordial, alegre y educado, pero por dentro era un hervidero de emociones. Y los celos habían sido una de ellas. Ella supo durante años que Thiago ocultaba aquella emoción en particular. Se había controlado porque confiaba en ella. Porque sabía que no había manera de que Lali se quedara encerrada en casa estuviera él o no en una misión. Pero ella había sentido claramente el eco de sus celos.
 —No. El jamás se puso celoso —convino Lali, sin querer compartir ninguna información con Sienna. Peter se ocultaba, obviamente, por alguna razón, y Lali no podía arriesgarse a poner en peligro cualquiera que fuera su misión. Se negaba a arriesgar su vida.

-Lali piensa que deberíamos ampliar el horario de la tienda de suministros y de la gasolinera ahora que tenemos ayuda —le dijo Rory al entrar en el taller unos minutos más tarde—. ¿Vas a trabajar esta noche? —Había un tono divertido en su voz.
 —Sólo si estás muerto. —Se giró hacia su hermano lentamente—. Y me parece que aún respiras. ¿Vas a darme alguna excusa para no sustituirme? Te advierto que tu muerte sería lo único aceptable.
 Rory hizo una mueca mientras se metía las manos en el mono de trabajo y le dirigía a Peter una mirada furiosa.
 —Tengo una cita.
. —Yo también —le informó Peter. 
—Mi cita es más importante —gruñó Rory—. Llevo meses detrás de esa mujer. Deberías verla, Peter. —Suspiró—. Es realmente espectacular. 
—Pues va a sentirse muy decepcionada esta noche, a menos que ignores la orden de Lali y cierres ya. -Rory miró hacia la casa. 
—¿Crees que se dará cuenta?
 —Probablemente.
Tras decir aquello, se dirigió al apartamento que estaba sobre la oficina. Subió las escaleras de dos en dos y, al llegar a la puerta, cogió el estrecho palillo que había dejado en la cerradura. Al entrar, pudo ver el trozo de cinta Scoth en la puerta que daba al exterior. Todavía estaba en su lugar. Nadie había abierto esa puerta. Aun así se movió con cautela por el apartamento y cerró la puerta del baño tras de sí. Lali había ido al Spa y él apenas podía contener su impaciencia. Estaba condenadamente excitado ante lo que sabía que le esperaba esa noche.
Lali se giró al oír el ronroneo de la Harley de Petrr detrás del taller. Dios. Peter llevaba unos vaqueros y zahones negros. Una camiseta oscura y ceñida le cubría el torso. Y se dirigía hacia allí.
. —¿Hay algo más sexy que un hombre con zahones sobre una Harley? —preguntó Kira a su espalda—. Ninguna mujer podría resistirse. 
Desde luego, no Lali. La joven observó cómo rodeaba el taller y tomaba el camino de gravilla que conducía a la parte posterior de la casa. El sonido ronroneante de la Harley estaba cada vez más cerca, haciéndola temblar de excitación.
. —Creo que ha llegado el momento de que me vaya —comentó Kira con una risita—. No te molestes en acompañarme a la puerta. 
Lali no lo hizo. Escuchó cómo la Harley se detenía detrás de la casa y se aproximó a la puerta trasera. La abrió y salió al porche en el momento en que él se bajaba de la moto. Aquellas largas piernas que caminaban hacia ella con aire despreocupado hicieron que se estremeciera de anticipación. Le hizo sentir el latido del corazón en la garganta mientras el deseo iniciaba un ardiente recorrido por su cuerpo. 
—Te ha sentado bien ir al Spa —dijo él, deteniéndose al pie de los escalones del porche y mirándola fijamente—. ¿Te apetece lucir el corte de pelo nuevo y salir esta noche? Podríamos cenar en el pueblo. Iríamos en la moto. 
Lali no había vuelto a montar en moto desde que era una adolescente. Miró a la Harley y luego a Peter. 
—Tendría que cambiarme de ropa.
-Sería una verdadera pena —afirmó él, deslizando la mirada por la corta minifalda vaquera y la camiseta—. Debo decirle, señora Esposito, que tiene unas piernas increíbles. 
Nadie había sido nunca tan encantador como Thiago. Lali recordó sus citas, la manera en que la miraba con aquellos ojos azules, y cómo le sonreía cuando iba a recogerla. Había sido el epítome del chico malo, y había sido todo suyo. Y todavía lo era. 
—Las faldas cortas y las motos no son buena combinación —señaló ella. Peter asintió con seriedad y sus ojos brillaron de forma inquietante.
 —Es cierto. Y con unas piernas tan bonitas como las tuyas, será mejor no arriesgarnos. 
Lali se apoyó contra un poste del porche y volvió a mirarlo.
. —¿Sabías que tengo un todoterreno? —Se puso una mano en la cadera mientras observaba su reacción. 
—¿De veras? ¿Había sido interés lo que Lali vio destellar en sus ojos, o sólo alegría ante la mención de aquel condenado todoterreno? Él miró a su alrededor.
. —No he visto ninguno por aquí.
 —Está en el garaje —comentó a la ligera-—-. Un enorme monstruo negro con asientos abatibles. Un cuatro por cuatro de cromo y acero que consume más gasolina de lo que puedas imaginar. 
Peter sonrió ampliamente. Siempre se había sentido muy orgulloso de aquel maldito todoterreno.
. —¿Y qué hace alguien como tú con un trasto tan grande? —bromeó. Ella se encogió de hombros.
 —Pertenecía a mi marido y ahora es mío. —Esa declaración provocó que la dura mirada masculina se agudizara.
. —¿Y lo conduces?
 —Todo el tiempo —mintió, atormentándole—. No tengo que preocuparme de que se estropee ahora que mi marido no está. No le gustaba nada que lo condujera. -El tragó saliva. 
—¿Está en buenas condiciones ahora?- Lali resopló.
. —Sí. ¿Quieres conducirlo o prefieres seguir preguntándome? También puedo ponerme unos vaqueros e ir en la moto. Elige.
. ¿Elegir? Peter la miró, casi incapaz de contener la sorpresa de que ella hubiera conservado el todoterreno. Sabía que durante los primeros meses tras su «muerte», Lali no había podido pagar los recibos de la casa y el taller, ya que su pensión de viudedad era ridicula. Pero incluso exponiéndose a perder ambas cosas, Lali había conservado aquel condenado todoterreno. Saberlo lo complacía más de lo que podía expresar. Sin embargo, el que ella permitiera que otra persona lo condujera lo llenaba de horror. Aquellos contradictorios sentimientos colisionaron en su interior, y se prometió que haría pagar a Lali por eso.
 —Eres muy generosa con las posesiones de tu marido —le reprochó.

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